África

Los derechos humanos región a región

Un hombre observa el vuelo de los aviones militares en Kurchi, Kordofán del Sur (Sudán), agosto de 2011.

© Carsten Stormer


Tal vez este sea el año en que se respete la libertad de expresión y asociación. [...] Tal vez este sea el año en que los etíopes dejen de ser encarcelados por sus convicciones políticas. 

Eskinder Nega, periodista y ex preso de conciencia etíope, en un discurso sobre la libertad de prensa pronunciado la víspera del Año Nuevo etíope, en septiembre de 2011; unos días después fue detenido y acusado formalmente de terrorismo y traición

 

Los movimientos populares del norte de África tuvieron eco en la población del África subsahariana, de manera especial en los países con gobiernos represivos. Sindicalistas, estudiantes y políticos de oposición se animaron a organizar manifestaciones. La gente salió a la calle debido a sus aspiraciones políticas, su búsqueda de una mayor libertad y su profunda frustración con una vida de pobreza. Protestaba contra su desesperada situación social y económica y contra el alza del costo de la vida.

Muchos de los factores subyacentes a los levantamientos del norte de África y de Oriente Medio existían también en otras partes de África. Uno de ellos era la existencia de gobernantes autoritarios, que llevaban decenios en el poder y recurrían al aparato de seguridad para reprimir la disidencia. La pobreza y la corrupción eran fenómenos generalizados, faltaban libertades básicas y era frecuente que hubiera grandes grupos marginados del resto de la sociedad. La brutal represión de las manifestaciones de 2011 ilustró lo poco que aprendieron los dirigentes políticos de la región de lo que les había sucedido a sus homólogos del norte.

Pobreza

En el último decenio, los índices de pobreza de África habían descendido, y se habían registrado avances en la realización de los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Pero millones de personas continuaban viviendo en la pobreza, sin acceso a servicios esenciales como agua no contaminada, saneamiento, atención médica y educación.

La rápida urbanización hacía que muchas personas tuvieran viviendas inadecuadas, a menudo en asentamientos precarios, donde carecían de los servicios más básicos y corrían un riesgo constante de ser desalojadas a la fuerza por las autoridades. En muchos casos, las víctimas de desalojo forzoso perdían sus pertenencias al ser destruidos sus hogares. Muchas perdían también su medio de subsistencia, lo que las hundía aún más en la pobreza. Miles de personas sufrieron los efectos de los desalojos forzosos masivos de al menos cinco asentamientos informales de Nairobi, Kenia. Centenares fueron desalojadas a la fuerza de un asentamiento del Territorio de la Capital Federal de Nigeria. Los desalojos forzosos continuaron también en Yamena, Chad, y en diferentes zonas de Angola. 

La violencia, ejercida también durante las manifestaciones antigubernamentales, tenía en parte su origen en los altos niveles de desempleo y pobreza. Las iniciativas contra la corrupción se vieron malogradas a menudo por la falta de apoyo político. En Nigeria, por ejemplo, el presidente destituyó sin mediar explicaciones a la presidenta de la Comisión de Delitos Económicos y Financieros seis meses antes de la fecha prevista para la conclusión de su mandato.      

Represión política

Animados por los acontecimientos del norte de África, manifestantes antigubernamentales salieron a la calle en Jartum y otras ciudades de Sudán a partir de finales de enero. Fueron recibidos con golpes por las fuerzas de seguridad, que detuvieron arbitrariamente a decenas de activistas y estudiantes. Se denunció que muchos fueron torturados bajo custodia. En Uganda, los políticos de oposición pidieron a la población que imitase las protestas de Egipto y saliera a la calle, pero la violencia frustró las manifestaciones. En febrero, el gobierno ugandés prohibió todas las protestas públicas. La policía y el ejército usaron fuerza excesiva contra manifestantes, y el líder de la oposición Kizza Besigye fue acosado y detenido. En Zimbabue, unos 45 activistas fueron detenidos en febrero por el mero hecho de entablar debates sobre los acontecimientos del norte de África. Aunque luego se retiró el cargo, 6 de ellos fueron acusados formalmente de traición. En abril, las autoridades de Suazilandia reprimieron con fuerza excesiva protestas similares. 

Las fuerzas de seguridad dispararon fuego real contra manifestantes antigubernamentales en Angola, Burkina Faso, Guinea, Liberia, Malawi, Mauritania, Nigeria, Senegal, Sierra Leona y Sudán del Sur, y causaron numerosas víctimas mortales. En general, las autoridades no investigaron el uso excesivo de la fuerza ni nadie rindió cuentas por las muertes causadas.

En la mayoría de los países africanos continuaron las detenciones arbitrarias, las palizas, las amenazas y las intimidaciones contra defensores y defensoras de los derechos humanos, periodistas y opositores políticos. Algunas de estas personas murieron a manos de grupos armados o de las fuerzas de seguridad gubernamentales. Las investigaciones sobre el homicidio en Burundi, en 2009, del defensor de los derechos humanos Ernest Manirumva no registraron avances dignos de mención. En junio, cinco policías fueron declarados culpables del homicidio en 2010 del activista de derechos humanos Floribert Chebeya en la República Democrática del Congo. Sin embargo, continuó la preocupación por que no se hubiera investigado a algunos individuos presuntamente implicados en este crimen.

Los gobiernos intentaron controlar la información pública en Burundi, Etiopía, Gambia, Guinea, Guinea-Bissau, Guinea Ecuatorial, Liberia, Madagascar, República Democrática del Congo, Somalia, Sudán y Uganda. Impusieron restricciones a la información sobre ciertos hechos, cerraron o suspendieron temporalmente emisoras de radio, bloquearon sitios web específicos o prohibieron la publicación de ciertos periódicos. Ruanda acometió un proceso de reformas para mejorar la libertad de los medios de comunicación, pero algunos que habían sido cerrados por las autoridades en 2010 continuaron suspendidos, y también se condenó a dos periodistas a largas penas de prisión.

Las asambleas nacionales de Angola y Sudáfrica debatieron disposiciones legales que podían imponer graves limitaciones a la libertad de expresión y al acceso a la información. Un elemento más positivo fue que el presidente Goodluck Jonathan sancionó finalmente con su firma la Ley de Libertad de la Información en Nigeria.    

Conflictos

La violencia política que había estallado en Costa de Marfil tras las elecciones presidenciales de noviembre de 2010 desembocó en un conflicto armado durante el primer semestre de 2011. Las fuerzas leales a Alassane Ouattara recibieron el apoyo de tropas francesas y de la misión de mantenimiento de la paz de la ONU. Tomaron el control del país a finales de abril y detuvieron al ex presidente Laurent Gbagbo y a decenas de sus partidarios. Cientos de miles de personas se vieron desplazadas a causa del conflicto y muchas huyeron a países vecinos, sobre todo a Liberia. Varios miles de civiles perdieron la vida o resultaron heridos en la capital económica, Abiyán, y en el oeste del país. Ambos bandos dieron muerte ilegítimamente a cientos de civiles en marzo y abril en la zona occidental de Duékoué y en las localidades circundantes. Se atacaba a la gente por su origen étnico o su supuesta afiliación política. La misión de mantenimiento de la paz de la ONU no protegió de manera adecuada a la población civil en Duékoué. Las fuerzas de ambos bandos también cometieron actos de violencia sexual, incluidas violaciones. En octubre, la Corte Penal Internacional (CPI) autorizó una investigación sobre los crímenes de guerra y los crímenes de lesa humanidad cometidos por ambas partes en el conflicto. Tras dictarse una orden de detención contra él, Laurent Gbagbo fue transferido en noviembre a la CPI, en los Países Bajos. Para mantener su credibilidad, la CPI debía asegurarse todavía de que también se investigaran los crímenes cometidos por fuerzas leales al presidente Ouattara y se enjuiciara a los responsables. Asimismo, debía investigar los crímenes de guerra y los crímenes de lesa humanidad cometidos antes de las elecciones presidenciales de noviembre de 2010, ya que el poder judicial de Costa de Marfil no podía o no quería hacerlo.      

La población de Sudán del Sur votó por abrumadora mayoría a favor de la independencia en un referéndum sobre la autodeterminación celebrado en enero. Tras fijarse la independencia de Sudán del Sur para el 9 de julio, las tensiones aumentaron en las denominadas zonas de transición de Abyei, Kordofán del Sur y Nilo Azul. En Abyei no se celebró el referéndum organizado por separado para enero, y en mayo estalló el conflicto. Las Fuerzas Armadas de Sudán, apoyadas por milicias, tomaron el control de Abyei, acción que obligó a decenas de miles de personas de la comunidad étnica dinka ngok a huir a Sudán del Sur. En la ciudad de Abyei se saquearon y destruyeron casas. La misión de mantenimiento de la paz de la ONU, desplegada en Abyei, tampoco tomó en este caso medidas dignas de mención para impedir los ataques y proteger a la población civil. Al terminar el año no se había encontrado una solución para la situación de Abyei.

Como consecuencia de las discrepancias en materia de seguridad y de los resultados de las elecciones estatales, la situación en Kordofán del Sur desembocó en un conflicto armado entre el Movimiento de Liberación Popular de Sudán-Norte y las Fuerzas Armadas de Sudán. Cientos de miles de personas se vieron desplazadas como consecuencia de la inseguridad y el conflicto. Las Fuerzas Armadas de Sudán llevaron a cabo bombardeos aéreos indiscriminados, que causaron numerosas víctimas en la población civil. La ONU y varias organizaciones, incluida Amnistía Internacional, documentaron estos ataques indiscriminados y homicidios ilegítimos. A modo de ejemplo, Angelo al Sir, agricultor, describió cómo su esposa embarazada, dos de los hijos de la pareja y otros dos familiares murieron en un ataque aéreo el 19 de junio en Um Sirdeeba, localidad situada al este de Kadugli.

En septiembre, el conflicto de Kordofán del Sur se extendió al estado de Nilo Azul, causando de nuevo la huida de decenas de miles de personas a Sudán del Sur y Etiopía. El gobierno sudanés dejó básicamente aislados del mundo exterior los estados de Kordofán del Sur y Nilo Azul al impedir el acceso de organizaciones humanitarias independientes, misiones de vigilancia de la situación de los derechos humanos y otros observadores. El Consejo de Paz y Seguridad de la Unión Africana y el Consejo de Seguridad de la ONU no tomaron ninguna medida concreta para abordar la situación; entre otras cosas, no condenaron la falta de acceso humanitario ni las violaciones de derechos humanos que se cometían.      

El conflicto de Darfur, Sudán, también continuó con toda su intensidad y obligó a más familias a abandonar sus hogares. Las que ya vivían en campos para personas internamente desplazadas fueron atacadas por las autoridades sudanesas por su supuesto apoyo a grupos armados de oposición. Siguieron notificándose casos de violación y otras formas de violencia sexual. Continuó la negativa de Sudán a cooperar con la Corte Penal Internacional, cuyo  fiscal solicitó una orden de detención contra el ministro de Defensa, Abdelrahim Mohamed Hussein, por crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad cometidos en Darfur.

Los constantes combates librados en Somalia contra el grupo armado islamista Al Shabaab adquirieron una dimensión regional cuando tropas de Kenia y Etiopía intervinieron directamente en el conflicto. Los ataques indiscriminados de las diversas partes enfrentadas mataron o hirieron a miles de civiles, sobre todo en Mogadiscio. Cientos de miles de personas continuaron desplazadas como consecuencia del conflicto y la inseguridad. La sequía imperante en esta parte de África agravó la ya grave situación humanitaria, y en algunas zonas de Somalia se declaró la hambruna. Las organizaciones humanitarias hicieron frente a inmensas dificultades para acceder a quienes necesitaban ayuda de emergencia.

Tampoco se atisbaba el final del conflicto en el este de la República Democrática del Congo. Las violaciones y otras formas de violencia sexual seguían siendo endémicas, y eran cometidas tanto por fuerzas de seguridad gubernamentales como por grupos armados de oposición. Continuaron también otros abusos contra los derechos humanos, como homicidios ilegítimos, saqueos y secuestros, cometidos sobre todo por grupos armados. El sistema de justicia de la República Democrática del Congo seguía siendo incapaz de abordar las numerosas violaciones de derechos humanos cometidas durante el conflicto. Continuó el reclutamiento y uso de niños y niñas soldados en diversos conflictos, como los de la República Centroafricana, la República Democrática del Congo y Somalia.  

Algunos gobiernos africanos seguían mostrándose reacios a garantizar la rendición de cuentas por delitos de derecho internacional. Senegal continuó negándose a enjuiciar o extraditar al ex presidente de Chad Hissène Habré. Al terminar el año, el gobierno de Burundi debatió una propuesta revisada de establecimiento de una Comisión de la Verdad y la Reconciliación; sin embargo, no parecía tener suficiente voluntad política para crear el Tribunal Especial recomendado por la ONU en 2005.  

Justicia e impunidad

Muchas violaciones de derechos humanos cometidas por las fuerzas de seguridad y encargadas de hacer cumplir la ley siguieron sin abordarse. Las autoridades casi nunca abrían investigaciones independientes e imparciales sobre los casos denunciados de detención arbitraria, tortura y otros malos tratos, homicidio ilegítimo –incluidas ejecuciones extrajudiciales– y desaparición forzada. Sólo en contadas ocasiones se hizo rendir cuentas a algunos individuos por la comisión de violaciones de derechos humanos. En consecuencia, en muchos países de la región la gente había perdido la confianza en los organismos encargados de hacer cumplir la ley y en el sistema judicial. Los elevados costos constituían otro obstáculo para acceder al sistema de justicia formal, incluso en el caso de las víctimas de violaciones de derechos humanos.  

La impunidad por violaciones de derechos humanos cometidas por funcionarios encargados de hacer cumplir la ley era omnipresente en Burundi, Camerún, Eritrea, Etiopía, Gambia, Guinea, Guinea-Bissau, Kenia, Madagascar, Malawi, Mozambique, Nigeria, República del Congo, República Democrática del Congo, Senegal, Sudán, Suazilandia, Tanzania y Zimbabue. Por ejemplo, la comisión establecida por las autoridades de Burundi para investigar las ejecuciones extrajudiciales no hizo públicas sus conclusiones. Las autoridades burundesas tampoco investigaron las denuncias de tortura infligida por el Servicio Nacional de Inteligencia en 2010. Otro ejemplo flagrante de impunidad institucionalizada fue el rechazo de Sudán –tras someterse el país al examen periódico universal del Consejo de Derechos Humanos de la ONU en septiembre– de las recomendaciones relativas a revisar su Ley de Seguridad Nacional de 2010 y reformar el Servicio Nacional de Inteligencia y Seguridad. En consecuencia, los agentes de este organismo siguieron gozando de inmunidad frente al enjuiciamiento o las acciones disciplinarias por violaciones de derechos humanos.

El número de personas en prisión preventiva seguía siendo muy alto, ya que los sistemas de justicia de la mayoría de los países no podían garantizar un juicio justo y sin demoras indebidas. Muchos detenidos no tenían acceso a asistencia letrada. Las condiciones de reclusión seguían siendo terribles en muchos países, debido al hacinamiento; la falta de saneamiento básico, atención médica, agua o alimentos, y la escasez de personal penitenciario. En muchos casos, las condiciones de reclusión incumplían las normas internacionales mínimas y constituían trato o pena cruel, inhumano y degradante. En un incidente especialmente atroz, nueve hombres murieron por asfixia causada por el hacinamiento durante su reclusión en un centro de la Gendarmería Nacional en Léré, Chad, en septiembre.     

Continuó la tendencia a la abolición de la pena de muerte. El Parlamento de Benín votó a favor de ratificar el Segundo Protocolo Facultativo del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, confirmando de este modo su intención de abolir la pena capital. En Ghana, la Comisión de Revisión de la Constitución recomendó la abolición de la pena de muerte. El fiscal general y ministro de Justicia de Nigeria informó a una delegación de Amnistía Internacional en octubre de que el gobierno había aprobado la suspensión oficial de las ejecuciones. El gobierno de Sierra Leona había hecho un anuncio similar en septiembre. En contraste con estas novedades positivas, Somalia, Sudán y Sudán del Sur figuraban entre los últimos países del África subsahariana que seguían ejecutando a personas, en muchos casos después de juicios gravemente injustos.  

Marginación

Las personas refugiadas y migrantes eran especialmente vulnerables a los abusos y violaciones de derechos humanos en muchos países. Hubo personas de ciudadanía congoleña que se vieron expuestas de nuevo a sufrir violencia por motivos de género al ser expulsadas de Angola. Mauritania detuvo arbitrariamente a miles de migrantes antes de expulsarlos a países vecinos. Las personas refugiadas y migrantes también eran sometidas a violaciones de derechos humanos en Mozambique, donde al parecer eran víctimas, entre otras cosas, de homicidios ilegítimos cometidos por funcionarios encargados de hacer cumplir la ley. En Sudáfrica seguían soportando violencia y presenciando la destrucción de sus bienes. En diciembre, el ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados, recomendó que los países de acogida tomaran medidas para la cesación de la condición de refugiado de la mayoría de los ruandeses que hubiera en su territorio. Las organizaciones de refugiados y de derechos humanos expresaron su preocupación, por no estar claro que el ACNUR hubiera expuesto adecuadamente las razones de esta recomendación y porque su implementación por determinados Estados podía poner en peligro de ser devueltas a Ruanda a un gran número de personas que todavía necesitaban protección.

Decenas de miles de personas originarias de Sudán del Sur regresaron allí de Sudán porque corrían el riesgo de perder sus derechos de ciudadanía sudanesa tras la declaración de independencia de Sudán del Sur. Hicieron frente a numerosas dificultades, entre ellas hostigamiento antes del viaje y a lo largo de él y una grave situación de derechos humanos a su llegada.  

La violencia y la discriminación contra las mujeres seguían siendo fenómenos generalizados en muchos países, en ocasiones como consecuencia de normas y tradiciones culturales. La legislación vigente institucionalizaba la discriminación contra las mujeres en algunos países. La discriminación afectaba también a la capacidad de las mujeres para acceder a los servicios de salud.

Las mujeres y las niñas seguían siendo víctimas de violación y otras formas de violencia sexual en varios países en conflicto o en los que había un gran número de personas refugiadas o desplazadas. Entre ellos figuraban el este de Chad, Costa de Marfil, la República Centroafricana, el este de la República Democrática del Congo y Sudán (Darfur). A menudo los responsables eran miembros de las fuerzas de seguridad gubernamentales, y en la mayoría de los casos no se llevaban a cabo investigaciones.   

Discriminación

Se agravó la discriminación basada en la orientación sexual o la identidad de género reales o supuestas de las personas. Los políticos no sólo no protegieron el derecho a no sufrir discriminación, sino que a menudo, con sus declaraciones o acciones, incitaron a la discriminación y la persecución basadas en la supuesta orientación sexual.

En Camerún se perseguía a quienes supuestamente mantenían relaciones con personas del mismo sexo. Decenas de personas fueron detenidas, y algunas, como Jean-Claude Roger Mbede, fueron condenadas a largas penas de prisión. El gobierno camerunés propuso también reformar el Código Penal para aumentar las condenas de cárcel y las multas impuestas por mantener relaciones sexuales con personas del mismo sexo. En Malawi, Mauritania y Zimbabue también se detuvo y enjuició a hombres debido a su supuesta orientación sexual. El gobierno de Malawi promulgó legislación que tipificaba como delito las relaciones sexuales entre mujeres, y el presidente Bingu wa Mutharika dijo durante una concentración política que los gays eran “peores que perros”. En Nigeria, el Senado aprobó un proyecto de ley que penalizaba aún más las relaciones homosexuales. En Ghana, el ministro para la Región Occidental ordenó detener a todos los gays y lesbianas.

En Uganda, el proyecto de ley contra la homosexualidad no se debatió en el Parlamento, pero tampoco se retiró formalmente. En enero mataron en su domicilio a David Kato, destacado defensor de los derechos humanos y activista de los derechos de lesbianas, gays, bisexuales y personas transgénero. Se detuvo a un hombre por el homicidio, y en noviembre se le impuso una condena de 30 años de prisión. En Sudáfrica, la presión de la sociedad civil para que se abordara la violencia contra gays, lesbianas, bisexuales y personas transgénero, en particular contra las mujeres lesbianas, llevó a las autoridades a establecer un equipo de trabajo para prevenir la violencia por motivos de supuesta orientación sexual.

En Eritrea continuó la persecución por motivos religiosos. Decenas de personas fueron detenidas arbitrariamente y sufrieron, al parecer, malos tratos bajo custodia.

 

Seguridad y derechos humanos

África era cada vez más vulnerable a los actos de terrorismo de diversos grupos armados islamistas, entre ellos Al Qaeda en el Magreb Islámico, que actuaba en varios países del Sahel; la secta religiosa Boko Haram, que intensificó sus atentados con bombas en Nigeria durante el año, y Al Shabaab, que estaba activo en Kenia y Somalia. Estos grupos armados fueron responsables de numerosos abusos contra los derechos humanos, tales como ataques indiscriminados, homicidios ilegítimos, secuestros y tortura.

Algunos gobiernos respondieron reforzando su cooperación militar, por ejemplo en el Sahel. Los países vecinos también intervinieron militarmente. Nigeria estableció una fuerza militar especial para hacer frente a Boko Haram en algunos estados. Las fuerzas de seguridad gubernamentales fueron a menudo responsables de violaciones de derechos humanos en el curso de su respuesta a la violencia de los grupos armados. En Mauritania, 14 presos condenados por actividades terroristas fueron objeto de desaparición forzada durante su traslado a un lugar desconocido. En Nigeria, las fuerzas de seguridad respondieron a la intensificación de la violencia en algunos estados deteniendo arbitrariamente y recluyendo a cientos de personas, sometiendo a algunas a desaparición forzada y llevando a cabo ejecuciones extrajudiciales.        

Hora de sumarse al cambio

Al final del año era probable que la mejora del respeto y la protección de los derechos humanos no se desarrollara de manera tan rápida y espectacular en el África subsahariana como en el norte de África. En algunos lugares la situación podía incluso empeorar. Sin embargo, había factores, como el crecimiento económico sostenido, la demanda de una mejor gobernanza, el surgimiento de una clase media, el fortalecimiento de la sociedad civil y la mejora del acceso a las tecnologías de la información y la comunicación, que podían contribuir gradualmente a la mejora de la situación de los derechos humanos. La cuestión era si los líderes políticos de África harían suyos estos cambios o los verían como una amenaza a su control del poder. Con sus reacciones ante las protestas y la disidencia, en 2011 la mayoría de los dirigentes políticos fueron parte del problema, no la solución. 

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