12 noviembre 2010
Malaisia debe dejar de criminalizar a migrantes, refugiados y solicitantes de asilo

El testimonio que se presenta a continuación es el de un joven de 22 años de etnia karen procedente de Myanmar que fue detenido en Malaisia. Lo condenaron a flagelación y a prisión. Posteriormente, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) lo ha reconocido como refugiado, pero el gobierno malaisio, no.

“Me fui de Myanmar para venir a Malaisia a causa del régimen militar. Una vez llegado a Malaisia, trabajé en diferentes lugares: en una fábrica de papel, plantando flores, en un restaurante, en una plantación de aceite de palma y en un túnel de lavado de coches, donde me detuvieron durante una redada del Cuerpo de Voluntarios Populares. Eso ocurrió en mayo de 2008.

Después de que me detuvieran, pasé tres horas en una comisaría de policía. Luego me enviaron al centro de detención de Lenggeng.

Allí, los insectos nos picaban continuamente. Me picaron por todo el cuerpo. No nos daban colchón; dormíamos sobre plataformas de madera. Sólo nos dieron una manta y una taza.

Transcurridos 15 días, comparecí ante el tribunal. No entendía lo que pasaba porque no había traductor. Un myanmaro de etnia chin traducía cuando me interrogaba el juez.

El juez me preguntó de dónde era, y yo le contesté. No me preguntó si me había registrado o no en el ACNUR. Cuando me preguntó por qué había venido a Malaisia, le respondí que era por dinero. Luego me ordenó que volviera a mi país, pero yo le contesté que no tenía pasaporte ni dinero que me permitiesen regresar. Entonces el juez me preguntó si lo que había hecho estaba mal (salah) y yo le dije que sí. Me condenaron a un mes de prisión y a un golpe con una vara (rotan).

El día que me flagelaron, me quitaron toda la ropa excepto una pequeña prenda que me cubría el pene. Era como un calzón pero con la zona de las nalgas recortada. Me ataron y me dieron un golpe muy fuerte con una vara, que me cortó la piel, me dolió mucho y me hizo sangrar. No pude llevar ropa normal durante los siguientes cinco días porque me dolía y porque la ropa se pegaba a la piel. Todavía tengo pesadillas con ese episodio. No puedo soportar pensar en ello. Tengo mucho miedo de que vuelvan a golpearme si me detienen.”

Tras cumplir la condena, este joven fue expulsado a la frontera con Tailandia, donde fue introducido ilegalmente de nuevo en Malaisia tras pagar a los traficantes 2.200 ringgit (600 dólares estadounidenses). En el momento de la entrevista con Amnistía Internacional, el joven trabajaba en Malaisia como migrante indocumentado.

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