07 octubre 2010
Malaisia debe proteger a sus trabajadores migrantes

Atraídos por la promesa de un empleo, miles de hombres y mujeres de Bangladesh, India, Indonesia, Nepal y otros países asiáticos viajan cada año a Malaisia. El país cuenta con unos cuatro millones de trabajadores extranjeros documentados e indocumentados, que representan casi una tercera parte de su mano de obra.

Ésta es la historia de una mujer indonesia de 19 años de edad que viajó a Malaisia para convertirse en empleada doméstica a la edad de 15 años. Maltratada, agredida sexualmente y humillada, no recibió un salario por su trabajo durante más de tres años. 

“Había una pareja que buscaba gente para trabajar en Malaisia. Hablaron conmigo y me preguntaron si quería trabajar en otro país, a lo que respondí que sí. Dijeron que trabajaría como empleada doméstica, limpiando la casa, fregando el suelo, barriendo.

Transcurridos algunos días, me llevaron a una agencia en Yakarta. La agencia hizo algunas gestiones ilegales —si la muchacha es menor de edad, la agencia le aumenta la edad—. En mi pasaporte, no recuerdo exactamente lo que ponía, pero sí que ponía que había nacido en 1983.

La agente me envió al domicilio de mi empleador. Empecé a ocuparme de las tareas domésticas. Me levantaba a las cinco de la mañana, hacía la comida, y antes de las seis comenzaba a hacer las tareas domésticas. Barría, fregaba el suelo, limpiaba los muebles, hacía la colada y cocinaba. Trabajaba hasta las nueve de la noche. Tras cuatro meses y medio, mis empleadores me devolvieron a la agencia diciendo que no sabía hacer el trabajo. 

Permanecí con la agente durante seis meses. La agente me golpeaba. Me obligaba a desnudarme y a ponerme en cuclillas en el suelo delante de otros trabajadores y de su esposo. Me metió la cabeza en un balde lleno de agua y por poco me ahogo. No podía respirar. Entonces, me obligó a lamer el agua del suelo. Me dijo que tenía que limpiar el suelo con la lengua. 

En otra ocasión, me obligó a comer cinco cucarachas mientras aún estaban vivas. También me obligó a beber orina de otros trabajadores, incluida la de una que en aquel momento tenía el periodo.

Me quemó un pezón con un cigarrillo. Fue muy doloroso. Me puso el cigarrillo sobre el pezón cuando dormía. Después me pisó el estómago y me dio patadas por todo el cuerpo.

En otra ocasión obligó a otra trabajadora a coger un bote de desodorante e introducírmelo por la fuerza en la vagina.

En ocasiones obligaba a los demás trabajadores a hacerlo en su lugar. Otras personas de la agencia recibían el mismo trato. 

Tras seis meses, me envió a un nuevo empleador. Me trasladaba cada dos o tres meses. Después de eso, me envió a trabajar a tiempo parcial, de manera que en un día limpiaba tres o cuatro viviendas.

Nunca recibí un solo céntimo en pago por mi trabajo. 

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