Documento - El Salvador/Guatemala: ¿Dónde están los niños?
especial de news.amnesty
El Salvador/Guatemala: ¿Dónde están los niños?
Fecha: 18/11/2004
Índice AI: AMR 02/001/2004
http://web.amnesty.org/library/Index/ESLAMR020012004
Artículo de Dina Coloma, investigadora de Amnistía Internacional
Imagine que su país está en guerra y usted es un niño. Imagine que su familia se enfrenta a diario a violaciones de derechos humanos. Imagine que, precisamente aquéllos que habían prometido protegerle, lo separan violentamente de sus padres, hermanos y hermanas. Imagine que nunca más vuelve a ver a su familia.
¿Le resulta difícil? Entonces piense en la realidad de varios centenares de esos niños, convertidos ya en jóvenes adultos, de Guatemala y El Salvador.
En Guatemala “desaparecieron” miles de niños entre 1978 y 1984. A muchos se los llevaron a campamentos militares y nunca se volvió a saber de ellos. Otros huyeron a países limítrofes y, en ocasiones, fueron enviados a orfanatos en los que no se hablaba su lengua materna. Les cambiaban el nombre y los reasentaban en otros lugares.
En El Salvador, entre 1980 y 1991, centenares de niños fueron asesinados en matanzas perpetradas por las fuerzas armadas; otros fueron secuestrados al morir asesinados sus padres o se vieron separados de su familia en el curso de un ataque a su poblado. Unos fueron ingresados en orfanatos; a otros los entregaron en adopción tanto dentro de El Salvador como en el extranjero (Estados Unidos, Francia, Alemania y Reino Unido).
Todos ellos siguen necesitando apoyo para curar sus heridas, comprender el pasado y reclamar justicia por el suplicio y las pérdidas sufridas. Y esa labor de apoyo no sólo corresponde a sus familiares, sino también a las autoridades de cada país. De hecho, las familias ya han hecho un gran esfuerzo para llegar hasta aquí; necesitan apoyo para seguir adelante.
Casi dos décadas después he tenido ocasión de conocer a algunos de estos niños —convertidos ya en jóvenes adultos— con un trágico objetivo común: conocer el pasado para poder afrontar el futuro.
“Fue un momento inolvidable de mi vida, un momento que lo cambió todo”afirma Andrea Dubón, entrevistada en San Salvador el 29 de septiembre de 2004.
Andrea Dubón tiene 29 años, está casada y es madre de José Vladimir, nacido en el 2002. Si no estás al corriente de su pasado, cuando la conoces no te imaginas ni por asomo las dificultades por las que ha atravesado. Irradia optimismo, su sonrisa es contagiosa, está llena de energía. Andrea está entre los más de 150 jóvenes adultos que “desaparecieron” cuando eran niños a causa del conflicto armado en El Salvador y que han sido “encontrados” y reunidos con su familia biológica en los últimos años.
A pesar de que tiene empleo y una familia, ha unido sus fuerzas a otros “niños encontrados” y ha formado un comité para organizar actividades. Participan en actos de recaudación de fondos y establecen contacto con otros jóvenes adultos que fueron separados de sus familias durante la infancia y adoptados por personas de otros países. También se dedican a motivar a otros para que participen en las acciones destinadas a continuar con esta importante empresa.
Andrea fue separada de sus padres cuando tenía siete años durante la operación “Guinda de Mayo”, que el ejército llevó a cabo entre finales de mayo y principios de junio de 1982 (la palabra “guinda” significa huida, en alusión a los ataques que obligan a los habitantes a huir de sus casas y lugares de residencia).
La llevaron a un hogar infantil en Santa Tecla junto a un grupo de niños. La impresión causada por las terribles experiencias que había sufrido la habían llevado a olvidar todo su pasado. Sin embargo, conservaba un recordatorio inequívoco del trance por el que habían pasado ella y su familia. Durante un asalto de las fuerzas gubernamentales, la aviación arrojó varias bombas sobre el poblado y una de ellas explotó cerca de su casa. Como consecuencia perdió un brazo y quedó incapacitada para caminar y sostenerse en pie a causa de los fragmentos metálicos que se le quedaron incrustados en la cadera y la pelvis. Finalmente, tras un doloroso proceso de cirugía, rehabilitación y terapia, pudo volver a caminar. También recibió ayuda psicológica para superar la traumática experiencia.
Andrea pasó los 12 años siguientes en las Aldeas Infantiles SOS de Santa Tecla. Como otros niños, a menudo se preguntaba por sus familiares y soñaba con reencontrarse alguna vez con ellos. Por fin su sueño se hizo realidad en 1994, cuando el director del hogar le dio la noticia de que sus padres, hermanos y hermanas estaban vivos y ansiosos por reunirse con ella. El reencuentro tuvo lugar ese mismo año, y ella lo considera un momento inolvidable de su vida, un momento que lo cambió todo.
Andrea reconoce que, si no la hubieran separado de su familia y llevado a las Aldeas, seguramente no habría tenido la oportunidad de recibir una educación. Aun así, piensa que no tener el amor de sus padres y de su familia fue una experiencia muy dura, porque “la familia es lo más importante”.
Cinco “niños encontrados”, entre ellos Andrea, publicaron en el 2002 Historias para tener presente, libro en el que relatan de manera impactante la experiencia de verse atrapados en un conflicto que debido a su corta edad no podían comprender, separados de su familia y sumidos durante años en la incertidumbre sobre sus raíces. Estos relatos de primera mano son una oportunidad inestimable para conocer un periodo aterrador de la historia de El Salvador y el daño causado a tantas personas inocentes, y transmiten la idea de que todo ese horror no tenía que haber sucedido nunca.
Los autores de Historias para tener presente no entienden que el gobierno no asuma la responsabilidad de ayudar a los que han sido encontrados y, sobre todo, que no tome medidas para buscar y encontrar a todos los que continúan “desaparecidos”.
“Estaba realmente triste y abatido. No tenía a quien recurrir” afirma Antonio Imul/Brito Terraza, entrevistado en Guatemala el 11 de octubre de 2004.
Ahora tiene 28 años, pero cuando tenía 6 su vida dio un giro radical. En una de las muchas operaciones emprendidas por el ejército y los grupos de autodefensa civil asociados a él, Antonio fue separado de sus padres. Las familias se vieron obligadas a desplazarse de sus pueblos y a cambiar constantemente de lugar en las montañas del departamento de Quiché.
Antonio recuerda que los soldados llegaron a Chajul, rodearon a la población y la atacaron. Algunas personas fueron conscientes del peligro y escaparon. Su madre lo mandó a ocultarse en las colinas, lejos del asentamiento; se marchó solo y pasó allí la noche. Su madre y sus dos hermanos perdieron la vida a manos de los soldados junto a otras 11 personas.
Al día siguiente lo encontraron los soldados y lo llevaron de vuelta al asentamiento, donde ya sólo quedaban soldados. Le dijeron que lo iban a matar, pero él no entendía lo que le decían. Un “patrullero” —miembro de las Patrullas de Autodefensa Civil (PAC)— intercedió en su favor ante el oficial que estaba al mando y se le permitió quedarse con Antonio. Se llevó al niño a su casa y allí estuvo en torno a un año; posteriormente lo llevaron con el “abuelo”, padre del hombre que lo había salvado, y con él ha vivido hasta hace poco tiempo.
Antonio creció haciéndose preguntas sobre su familia; no sabía si sus padres y hermanos vivían o habían muerto. “Estaba realmente triste y abatido. No tenía a quien recurrir” reflexiona. Entonces oyó hablar de la organización ¿Dónde están los Niños y las Niñas?, dedicada a la búsqueda de niños desaparecidos durante el conflicto armado. Visitó su oficina y facilitó sus datos.
En el 2002 se produjo una afortunada coincidencia: durante un acto para celebrar el reencuentro de varios niños desaparecidos con sus familiares, alguien mencionó el caso de Antonio y surgieron pistas y nuevos datos. Se abrió una investigación y Pedro Brito, padre de Antonio, fue localizado en la comunidad Esfuerzo 2000, ubicada en Ixcan, departamento de El Quiché.
Antonio y su padre se reencontraron el 15 de enero de 2004. “Me sentí muy dichoso, antes me había sentido tan solo” afirmó. Después del reencuentro ha mantenido el contacto con su padre “adoptivo”. Su verdadero padre expresó su gratitud al hombre que había salvado a su hijo y había cuidado de él.
Tal vez usted piense que es mejor no remover el pasado, que no es bueno seguir recordando en vez de mirar hacia delante. Los gobiernos así lo creen. Pero se equivocan, y usted también si está de acuerdo. Lo que más añoraban estos “niños”, que son una pequeña representación de un grupo mucho mayor, siempre fue encontrar a su familia. Ellos lo consiguieron, pero hay centenares que aún no han podido cumplir ese sueño.
Información complementaria
Pueden solicitar ejemplares de Historias para tener presente y de otras publicaciones importantes a la Asociación Pro-Búsqueda: http://www.probusqueda.org.sv.