Documento - Destino desconocido: "Desaparecidos" en la antigua Yugoslavia
(Solapa de la portada)
Índice AI: EUR/05/02/95/s
ISBN: 0 86210 248 0
Una lucha muy desigual
Yugoslavia era una federación de seis repúblicas y dos provincias autónomas, un país con muchas naciones e idiomas y una constitución que garantizaba los mismos derechos para todas las nacionalidades.
La crisis en la que se encuentra la antigua Yugoslavia comenzó a fines de los años ochenta, cuando los políticos comunistas de Serbia empezaron a utilizar retórica nacionalista para explotar las tensiones nacionalistas y étnicas latentes en el estado. Partidos de oposición recién creados adoptaron programas nacionalistas y exigieron la independencia, especialmente en Croacia y Eslovenia. Las declaraciones de independencia de Eslovenia y Croacia en junio de 1991 y de Bosnia-Herzegovina en abril de 1992 ocasionaron un sangriento conflicto armado con graves abusos contra los derechos humanos, a menudo cometidos lejos del campo de batalla.
Las fuerzas responsables de abusos contra los derechos humanos en el conflicto van desde las tropas regulares como el Ejército Nacional Yugoslavo (ENY), el Ejército Croata y el Ejército de Bosnia-Herzegovina (EBH), hasta los grupos paramilitares aliados de las fuerzas armadas, que se dedican a aterrorizar y saquear además de realizar operaciones bélicas convencionales. Todos los bandos han cometido abusos, pero las fuerzas serbias con diferencia. A menudo el círculo vicioso de la violencia ha estado alimentado por la venganza.
El coste humano de este conflicto no sólo se mide por las bajas producidas en la guerra, sino también por las masacres, las «desapariciones», las expulsiones por la fuerza, las detenciones masivas sin cargos ni juicio, la tortura, las violaciones, la toma de rehenes, los juicios sin garantías básicas, la encarcelación de objetores de conciencia y la destrucción de viviendas y propiedades. Se ha hecho caso omiso de las normas internacionales para la protección de los derechos humanos.
Vivimos en un mundo atormentado por la guerra y las situaciones de crisis. Los abusos contra los derechos humanos perpetrados en la antigua Yugoslavia que aún no se han resuelto van cayendo en el olvido a medida que se producen nuevas tragedias en otros lugares. Con cada nueva crisis, las víctimas de anteriores violaciones desaparecen de la memoria de los medios de comunicación y las instituciones estatales de todo el mundo. Y una vez fuera del centro de atención, tienden a olvidarse.
Pero hay miles de personas que en un tiempo fueron ciudadanos de Yugoslavia y no olvidan. Se enfrentan a grandes riesgos y sufren muchas penalidades en busca de familiares que han «desaparecido» o cuyo rastro se ha perdido durante la guerra. Se trata de una tarea extenuante y desmoralizadora en la que se topan con inmensos obstáculos.
La guerra ha causado un increíble trastorno humano. Sólo en Croacia hay 200.000 personas desplazadas por el conflicto de 1991 y otros 180.000 refugiados de Bosnia-Herzegovina. Cuando se producen movimientos de millones de personas, la tarea de conseguir información sobre individuos que pueden haber «desaparecido» resulta extremadamente difícil.
Las autoridades políticas y militares han demostrado escaso entusiasmo en esta tarea. En mayor o menor grado, todas las partes en conflicto han hecho caso omiso de las peticiones de información de los familiares y han obstaculizado los intentos del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) de elaborar un registro de prisioneros de guerra. Asimismo, los intentos de las Naciones Unidas (ONU) de exhumar fosas comunes en Croacia han sido obstruidos por las autoridades locales serbias de facto. Las autoridades croatas también han impuesto restricciones similares a las exhumaciones.
Se considera que una persona está «desaparecida» y no simplemente en paradero desconocido cuando ha sido detenida por agentes del Estado o de las autoridades de facto, se oculta su paradero y su suerte y se niega haberlo puesto bajo custodia.
Con frecuencia se conoce la identidad de los responsables de las «desapariciones», aunque raras veces se investigan los casos o se toman medidas disciplinarias contra los autores y todavía menos se los procesa.
La guerra en la antigua Yugoslavia estuvo alimentada en un principio por un nacionalismo feroz y destructivo, alentado y utilizado por poderosas minorías en su propio beneficio y adoptado por otras personas que estaban atemorizadas por la propaganda o intentaban sacar algún provecho.
Antes de la guerra, en Bosnia-Herzegovina la mayoría de la población vivía en relativa armonía. Personas de todas las nacionalidades compartían el barrio y el lugar de trabajo, hacían amistad y se casaban, especialmente en las ciudades.
Actualmente, musulmanes y croatas afirman que se está librando una guerra ofensiva contra ellos. Los nacionalistas serbios justifican sus actos haciendo propaganda sobre la amenaza de que se repitan las matanzas de serbios de la II Guerra Mundial. La realidad es que personas de todos los bandos en conflicto han sufrido abusos contra sus derechos humanos a causa de su nacionalidad.
La auténtica tragedia de la antigua Yugoslavia es la de los individuos, y entre los individuos han pervivido las relaciones. Un ejemplo son los musulmanes bosnios que tratan de ayudar a su ex vecina serbia a encontrar a su marido «desaparecido», o el soldado del Ejército Nacional Yugoslavo (ENY) que telefoneó a una madre croata para informarle de que su hijo seguía vivo porque estaba «harto de la Gran Serbia, harto de esta guerra».
Štefica Krstić es presidenta de una asociación local de familiares de «desaparecidos» de Osijek, Croacia. Su hijo de 18 años «desapareció» en noviembre de 1991. Štefica Krstić ahora vive a unos kilómetros de su antigua casa, al otro lado de la zona designada como tierra de nadie, donde comienza el territorio croata controlado por los serbios. Sigue telefoneando a sus vecinos serbios, hacia los que no alberga rencor alguno ya que no son responsables de la situación en que se encuentra.
La esperanza de futuro de esta región está en personas como ella, personas normales que buscan la verdad, luchan por la justicia y se aferran a ideales que trascienden el antagonismo nacionalista. Hay infinidad de personas así, que libran una lucha francamente desigual, en una oscuridad relativa, apenas sin ayuda. Son los defensores de los derechos humanos en la antigua Yugoslavia. Y necesitan nuestra ayuda.
Pies de foto:
Manifestación semanal de las Madres de Vukovar en Zagreb. En la pancarta se lee: «Devolvednos a nuestros hijos e hijas».
© Marc French/Panos Pictures
Civiles masacrados por las fuerzas serbias en Croacia, noviembre de 1991
© Horvat/SABA-REA/Katz Pictures
Cita:
Quienes hicieron esto dicen que son serbios. Yo soy serbio, pero no tengo nada en común con ellos. No quiero vivir donde sólo haya personas como ellos.
Nenad Radojčić, perdió ambas piernas durante un ataque serbio a Tuzla, junio de 1995
(Páginas 2 y 3)
Las personas no «desaparecen»
Infinidad de personas han desaparecido en los cuatro años que dura ya la guerra en la antigua Yugoslavia. El gobierno bosnio afirma que hay unas 17.000 personas en paradero desconocido. El gobierno croata calcula los desaparecidos en unos 2.700, y las autoridades serbias en 900. Aunque nadie puede ofrecer una cifra exacta, es seguro que a un alto porcentaje de ellos les han hecho «desaparecer» de manera deliberada.
«Se calculan hasta veinte mil personas, pero nadie conoce las dimensiones reales de la tragedia ─afirmaba el experto de la ONU sobre personas desaparecidas en la antigua Yugoslavia, Manfred Nowak─. Debido a la continuación de las hostilidades, los familiares no están bien organizados y a menudo no se atreven a informar sobre personas desaparecidas por miedo a las represalias ... la cuestión de las personas desaparecidas suele desempeñar un papel importante en las negociaciones políticas de las partes enfrentadas».
Los miles de víctimas de «desaparición» en la antigua Yugoslavia pertenecen a todas las condiciones sociales. Muchos son civiles, atrapados en un conflicto en el que ellos no han intervenido. Se les hace «desaparecer» por pertenecer a una determinada nacionalidad y vivir en una zona dominada en un momento dado por un bando contrario. Han «desaparecido» periodistas, amas de casa, taxistas, estudiantes, economistas y camareros. Se ha hecho «desaparecer» a decenas de mujeres después de violarlas en campos habilitados como burdeles por las fuerzas paramilitares serbias.
Algunos de los «desaparecidos» eran voluntarios y reservistas, soldados no profesionales que intentaban defender sus ciudades y pueblos. Otros pertenecían a las fuerzas armadas, como Rasim Kahrimanović, oficial del Ejército de Bosnia-Herzegovina (EBH). Fue abandonado a su suerte en Croacia cuando estallaron las hostilidades entre el EBH y las fuerzas croatas de Bosnia a principios de 1993. La policía croata le autorizó verbalmente a permanecer en Croacia, pero en julio de 1993 le citaron en la comisaría. Desde entonces se encuentra «desaparecido».
Hrvaćani era un municipio medianamente importante de Bosnia-Herzegovina, con una población mayoritariamente musulmana. Las relaciones con los pueblos serbios de los alrededores eran armoniosas hasta 1992, cuando los enfrentamientos entre el gobierno bosnio y las fuerzas serbias se extendieron a esta zona.
En junio de 1992, las fuerzas serbias de los pueblos cercanos realizaron una batida en Hrvaćani. Reunieron a los profesores y a otros vecinos del pueblo y se los llevaron, sin que se haya vuelto a saber nada de ellos. Unos días antes, el ejército y las fuerzas paramilitares serbobosnias atacaron Hrvaćani. El pueblo quedó arrasado y sus habitantes huyeron a pueblos cercanos o durmieron al aire libre. Se dirigieron a Večići, donde cada vez era mayor el número de refugiados que esperaban obtener protección de las fuerzas musulmanas bosnias acuarteladas en el pueblo.
Večići era el principal foco de resistencia de la zona y en octubre fue sometida a duros ataques. A principios de noviembre los soldados decidieron salir de Večići con la intención de atravesar las líneas serbias y alcanzar la relativa seguridad de Proboj y Travnik. Las mujeres más jóvenes iban a acompañarlos por temor a lo que pudiera ocurrir si las capturaban los agresores.
Uno de los que intentó romper el cerco se llamaba Ševal Opakić, de 17 años, que había dejado los estudios para incorporarse al ejército bosnio. Su madre, convertida en refugiada, le recuerda con orgullo: «Sabía tanto como un catedrático». Desconoce la suerte que ha corrido.
Cerca del pueblo de Grabovica, soldados serbios tendieron una emboscada al grupo que se dirigía a Travnik. Lo integraban 163 hombres, la mayoría miembros del ejército bosnio, acompañados de mujeres y niños.
Los soldados serbios amenazaron con matar a 150 de ellos en el acto. Obligaron a todos a echarse al suelo con las manos detrás de la cabeza. Luego los llevaron a una escuela, donde separaron a los varones de las mujeres. A ellas las interrogaron pero no las maltrataron, aunque oían cómo pegaban a los hombres. Por la mañana temprano introdujeron a las mujeres en un autobús y se las llevaron al pueblo de Vrbanjci. Antes les permitieron ver a los hombres un momento. Fue la última vez que los vieron.
Los familiares de los varones que «desaparecieron» en Grabovica creen que los tienen prisioneros en campos de trabajo en el norte de Bosnia. Han intentado averiguar qué les ha sucedido a través de las autoridades locales y del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), sin éxito.
Las «desapariciones» masivas han sido un rasgo característico de las guerras de Croacia y Bosnia-Herzegovina. En mayo de 1992, millares de personas que no pertenecían a la etnia serbia fueron detenidas en el noroeste de Bosnia y llevadas a campos de detención en Omarska, Trnopolje y otros lugares. Miles de detenidos fueron torturados o maltratados. Posteriormente muchos quedaron en libertad, pero se desconoce la suerte que han podido correr más de tres mil prisioneros.
Cientos de personas «desaparecieron» en noviembre de 1991, cuando la ciudad croata de Vukovar cayó en manos del Ejército Nacional Yugoslavo (ENY) después de un asedio de tres meses. Siniša Glavaševic «desapareció» el 20 de noviembre de 1991. Este periodista de treinta y tres años había trabajado para Radio Vukovar durante tres años. El verano de 1991 se convirtió en director gerente de la emisora cuando el serbio que ocupaba el puesto fue despedido en una purga. En los últimos días del asedio, la plantilla de Radio Vukovar se trasladó al hospital por motivos de seguridad. Cuando Vukovar se rindió al ENY, detuvieron a cientos de trabajadores de la salud, pacientes y civiles que se habían refugiado en las dependencias del hospital.
A muchos los trasladaron a centros de detención ubicados en Serbia, lo cual violaba el acuerdo de que la evacuación del hospital se realizaría bajo la supervisión del CICR. Siniša Glavaševic se encuentra entre las 200 personas detenidas en el hospital que han «desaparecido».
Alenka Mirković era compañera de trabajo de Siniša Glavaševic. Actualmente dirige una campaña en favor de éste y de otras personas que han «desaparecido». «No llevo mucho tiempo ejerciendo de periodista, pero sé que revelar la verdad es lo más importante de esta profesión─ afirma─. La experiencia de dar a conocer la verdad ha cambiado mi vida. He aprendido que en aras de la verdad tienes que perder a los amigos, la familia, la casa, la vida y la identidad. También he aprendido que a veces tienes que decir la verdad a gritos para que el mundo preste atención y que, algunas veces, el mundo no quiere oír por mucho que grites.»
Mile Magdić, camarero de profesión, también «desapareció» después de que le sacaran del hospital de Vukovar. Se unió a las fuerzas de defensa de Vukovar en agosto de 1991 como guardia nocturno. El 3 de noviembre resultó herido de gravedad por una granada. Un reservista serbio le dijo a Bronka Magdić que se habían llevado a su marido del hospital a Ovčara, una cooperativa agraria cercana. «Después de eso escribí muchas cartas, pero nunca me dijeron dónde estaba detenido o si lo habían matado.»
La esperanza de Bronka Magdić de encontrar a su esposo creció cuando el CICR le comunicó en febrero de 1992 que había sido liberado en un intercambio de prisioneros. Desgraciadamente se trataba de un error, ya que el prisionero no era Mile Magdić.
Los «desaparecidos» no han desaparecido en realidad. Alguien sabe dónde pueden estar detenidos o cómo han muerto y dónde se encuentran sus cadáveres. Alguien dio unas órdenes que decidieron su destino.
Las autoridades políticas han hecho muy poco para localizar a los «desaparecidos» o poner a los responsables de las «desapariciones» a disposición judicial, incluso cuando se conoce su identidad.
La familia de Rasim Čevan conoce los nombres de los serbios armados que irrumpieron en su vivienda y le secuestraron en junio de 1992. Rasim Čevan era gerente de unos grandes almacenes propiedad del Estado y dirigía una autoescuela en Vrbanjci, en el noreste de Bosnia-Herzegovina. Es uno de los 55 varones musulmanes del pueblo que «desaparecieron».
No se ha esclarecido su suerte, pero sus familiares temen que los mataran a todos el mismo día. Un vecino del pueblo afirma haber visto cómo los mataban y que le obligaron a enterrar los cadáveres.
La familia de Rasim Čevan se encuentra desplazada y dividida. Su esposa y dos de sus hijos viven en Croacia; una hija está en Alemania. Como otras muchas familias, viven entre el dolor y la esperanza, atormentados por el recuerdo de un ser querido cuya suerte desconocen.
Recuadro:
Secuestrados a punta de pistola
En mayo de 1992, el Ejército Nacional Yugoslavo (ENY) se retiró de Vlasenica, localidad de Bosnia oriental. Dejó gran cantidad de armas en manos de las fuerzas serbias locales que controlaban la ciudad. En los meses siguientes se produjo una oleada de arrestos, detenciones y homicidios.
Vahda Ibišević, de diecinueve años, y su hermano Salih, de trece, se encontraban entre las decenas de personas que buscaron refugio en Vlasenica cuando la guerra llegó a las inmediaciones de su pueblo. Vivían con su tíos, Ruždija y Muska Šestović.
En julio de 1992, unos hombres armados irrumpieron en el piso de la familia Šestović. Secuestraron a Muska Šestović y a Vahda y Salih Ibišević y les obligaron a subir a un microbús repleto de mujeres y niños musulmanes. Los llevaron al campo de Sušica, cerca de Vlasenica, donde permanecieron diez días.
A fines de julio, Muska Šestović y Vahda y Salih Ibišević se encontraban entre un grupo de mujeres y niños al que trasladaban en autobús desde el campo hasta Kladanj, ciudad controlada por el gobierno. Por el camino, unos hombres armados detuvieron el autobús. Seleccionaron a 13 mujeres de entre catorce y veinte años de edad y se las llevaron a punta de pistola, diciendo: «Vamos a hacer unos bebés serbios estupendos con estas chicas». Vahda Ibišević estaba en el grupo y desde entonces ha «desaparecido».
Recuadro:
Echo de menos a mi marido
Sead Rahmamović es uno de los hombres que «desaparecieron» en Grabovica. Había trabajado como maquinista y operador de excavadoras en Croacia, Eslovenia y Bosnia-Herzegovina.
Cuando comenzó la guerra, Sead Rahmamović fue a Travnik e ingresó en las fuerzas armadas bosnias, donde permaneció durante tres meses y medio, hasta que se enteró de que su esposa Hajrija estaba en el pueblo asediado de Večići. Se desplazó hasta allí para rescatarla y la pareja se unió al grupo que fue víctima de la emboscada en Grabovica. Se habían casado hacía poco tiempo, según afirma Hajrija Kahrimanović.
«Decidimos no tener hijos hasta que no terminara la guerra, y ahora fíjese... Han pasado tres años y no he tenido noticias ... Echo de menos mi hogar y a mi marido.»
Recuadro:
Vivir con la esperanza
La mayoría de las personas que «desaparecieron» en el conflicto armado de Croacia eran croatas y de otras etnias no serbias, aunque también «desaparecieron» serbios. Uno de ellos es Bogdan Grgić, del pueblo de Sadilovac, cerca de Slunj. Trabajaba como camionero en Zagreb. No participaba en política y tanto él como su esposa Sofija siguieron manteniendo buenas relaciones con sus vecinos croatas después de estallar la guerra.
El 1 de noviembre de 1991, policías croatas que se desplazaban en un automóvil sin distintivos sacaron a Bogdan Grgić de su casa. Le interrogaron sobre un ataque serbio a Slunj y le conectaron a un detector de mentiras. Al parecer, le detuvieron exclusivamente porque era oriundo de Slunj. Tenía una coartada para el momento en que se produjo el ataque y le permitieron volver a casa.
Tres semanas después, dos hombres armados y uniformados con ropa de camuflaje secuestraron a Bogdan Grgić en su domicilio. Dijeron a los vecinos que eran agentes de policía, aunque no se identificaron, y que permitirían a Bogdan Grgić volver a casa después de interrogarle. Sin embargo «desapareció».
Sofija Grgić ha intentado encontrar a su esposo. Acudió a la comisaría de policía, donde le comunicaron que no le habían llevado allí. Se ha puesto en contacto con el CICR, la Cruz Roja Croata, el parlamento croata y el Ministerio del Interior entre otros, sin éxito.
Sus llamamientos en la prensa tampoco han dado resultado. Sin embargo, Sofija Grgić vive con la esperanza de encontrar a su marido. Guarda un artículo publicado a mediados de 1993 en el periódico Većernji List. En él se describe la reconstrucción de un puente dañado en la guerra y aparece la fotografía de unos hombres trabajando en el lugar. Sofija Grgić cree que uno de ellos es su marido.
Pies de foto:
Soldados del Consejo Croata de Defensa (HVO), las fuerzas croatas de Bosnia, se desplazan al frente en 1992
© Marc French/Panos Pictures
Fuerzas paramilitares serbias toman Bijeljina, en Bosnia-Herzegovina, en abril de 1992
© Ron Haviv/SABA/Katz
Policías croatas arrestan a un civil serbio en Petrinja, septiembre de 1991
© Filip Horvat/SABA/Katz
Citas:
Es imposible que alguien «desaparezca». O está bajo tierra o sobre ella, en la cárcel.
Časlav Nikšić, presidente de una comisión de intercambio de prisioneros croatas y serbios
Si están vivos, están vivos. Y si están muertos, bueno, así es la guerra y hay que aceptarlo. Pero queremos saber la verdad.
Sedjida Menzi, cuyo primo Ševal Turan «desapareció» en junio de 1992.
(Páginas 4 y 5)
La lucha por la verdad y la justicia
En mayo de 1994, un grupo de 200 mujeres croatas de Bosnia llevaron a cabo acciones directas para dar un impulso a la búsqueda de sus familiares «desaparecidos»: bloquearon durante dos días el paso de convoyes de ayuda de Croacia a Bosnia central.
Su protesta, cerca de Tomislavgrad, en el suroeste de Bosnia-Herzegovina, iba dirigida a presionar al gobierno bosnio para que respondiera a sus peticiones de información. «Si los han matado, queremos sus cadáveres ─declaraba una mujer─. Si siguen vivos queremos que el CICR los visite».
Los familiares de estas mujeres eran prisioneros de guerra en manos del gobierno bosnio, que «desaparecieron» entre octubre y noviembre de 1993. Pertenecían a la fuerzas croatas de Bosnia ─el Consejo Croata de Defensa (HVO)─ de Bugojno, Bosnia central. En una de las numerosas ironías trágicas que caracterizan esta guerra, el año anterior los soldados del HVO habían luchado en el mismo bando que el ejército ahora responsable de su «desaparición».
Bugojno era en otro tiempo una ciudad de población mixta, con mayoría de musulmanes y croatas. Cuando el Ejército Nacional Yugoslavo (ENY) bombardeó Bugojno en mayo de 1992, musulmanes y croatas cooperaron en la defensa de la ciudad. A principios de 1993, esta incómoda alianza se desmoronaba en la mayoría del territorio de Bosnia-Herzegovina.
En julio de 1993, el ejército del gobierno bosnio en Bugojno actuó contra el HVO y sus colaboradores en la ciudad, arrestando a un gran número de civiles y soldados del HVO. Los detenidos fueron llevados a centros de detención habilitados al efecto, a garajes y al sótano de la escuela local de enseñanza secundaria, así como al estadio deportivo, donde fueron recluidos la mayoría de los prisioneros; 26 de ellos «desaparecieron».
Las personas que buscan a familiares «desaparecidos» deben superar numerosos obstáculos. Muchos están desplazados y ahora viven lejos de sus hogares. Muchos son refugiados. Hay familias repartidas por distintos continentes, sus miembros separados por miles de kilómetros de distancia. Intentar conseguir información en estas circunstancias se convierte en una pesadilla. ¿Por dónde empezar? ¿A quién escribir? ¿Quién tiene la dirección? Cartas y llamadas telefónicas atraviesan continentes y zonas en guerra buscando desesperadamente la verdad.
Mirjana Radojević vivía en Sarajevo. Ahora reside en Ontario, Canadá, y trata por todos los medios de obtener información sobre su marido, Budimir Radojević, un serbio que «desapareció» después de ser detenido por la policía militar del gobierno bosnio.
Cuando estalló la guerra en Bosnia en abril de 1992, Budimir Radojević y su familia vivían en Sarajevo, donde él trabajaba para una compañía eléctrica. La familia planeaba emigrar a Canadá y había obtenido los visados antes de empezar la guerra. Budimir Radojević envió a su esposa y a su hijo de trece años a Belgrado por razones de seguridad, con la intención de reunirse con ellos en cuanto solucionara sus asuntos de trabajo. El 28 de julio fue la última vez que Mirjana Radojević habló con él. Al día siguiente cortaron las líneas telefónicas.
Mirjana Radojević ha oído que su esposo era uno de los 20 serbios conducidos a un centro de detención habilitado al efecto en Hrasnica, barrio de las afueras de Sarajevo. Varios de los detenidos fueron liberados posteriormente, pero Budimir Radojević ha «desaparecido». Su esposa dice que ha escrito al menos 15 cartas a las autoridades de Hrasnica, pero lo único que le han dicho es que su esposo no se encontraba entre los detenidos. «Si está muerto, quiero saber cuál fue la causa, cuándo ocurrió y dónde está su cadáver».
Cuando alguien «desaparece», no saber si está vivo o muerto produce un sufrimiento inimaginable a sus familiares. Sin conocer la suerte de sus seres queridos no es posible lamentarse o llorarlos y superar la pérdida; los familiares se encuentran sumidos eternamente en la incertidumbre. Slavko Živković, cuya esposa Marija «desapareció» en 1991, quiere saber la verdad, aunque ésta sea que su esposa está muerta.
Si tuviera alguna prueba auténtica, aunque fuera de que la han matado, al menos sabría que ya no está. Naturalmente que lo sentiría, pero necesito saber algo con certeza.
Slavko Živković participó activamente en la defensa de Vukovar y fue hecho prisionero cuando la ciudad cayó el 19 de noviembre. Ha estado buscando a Marija desde que lo liberaron de un campo serbio de prisioneros en abril de 1992.
Marija Živković era ama de casa y tenía dos hijos adolescentes. En octubre de 1991, reservistas serbios la detuvieron junto con otras personas que se ocultaban en un sótano. Los llevaron al almacén de Velepromet, sede central de una empresa local que se utilizaba como centro de interrogatorio y detención. Bronka Magdić, una vecina, recuerda haber oído que le preguntaban a Marija dónde estaba su marido. «Diez minutos después se la llevaron en un automóvil. Desde entonces no he vuelto a verla.»
Slavko Živković ha oído que su esposa está en la cárcel. En 1992 recibió una carta anónima de un serbio según la cual Marija había sido juzgada de forma sumaria y condenada a seis años de prisión. El autor de la carta decía que se la acusaba de pertenecer a la Unión Democrática Croata ─partido en el poder─, de suministrar y distribuir armas y de estar en posesión de una pistola.
No hay forma de saber si esta información es exacta a menos que se permita el acceso a las actas judiciales. Slavko Živković afirma que Marija no pertenecía a la Unión Democrática Croata ni participaba en política de ninguna otra forma. «Marija nunca se metía en política. Y desde luego no es una delincuente.» Cree que es posible que se hubiera llevado una pistola, que le pertenecía a él y para la cual tenía licencia, con el fin de protegerse si era necesario.
Desde que Slavko Živković recibió la carta anónima, le han llegado rumores de que habían matado a su esposa. Dado que también han circulado rumores semejantes sobre él y su hermano, aún abriga esperanzas de encontrarla viva. En la actualidad, él y sus dos hijos tienen alojamiento en un campo de refugiados de Kosnica, en las afueras de Zagreb. Marija Živković no es la única persona que ha «desaparecido» del almacén de Velepromet en Vukovar. El lugar se hizo tristemente famoso por los informes de tortura y homicidios de detenidos.
Goran Ledić «desapareció» en noviembre de 1991, cuando se lo llevaron al almacén de Velepromet. Era ingeniero agrícola de profesión, pero el desempleo le obligaba a aceptar cualquier trabajo. Su madre le describe como «bondadoso».
No tenía enemigos. Solía recorrerse todo el pueblo, los pueblos serbios; tenía amigos en todas partes. Durante el asedio ayudó en las barricadas y en todo lo que podía: apagando incendios, recogiendo agua, haciendo recados. No quería llevar armas. Podía haberlo hecho, pero no quería.
Cuando cayó Vukovar, Goran Ledić y su madre fueron con otras personas a refugiarse en un gran sótano del centro de la ciudad. Fueron detenidos por fuerzas paramilitares serbias y llevados al almacén de Velepromet. Allí separaron a los serbios de los no serbios y a las mujeres de los hombres. Fue la última vez que Ivanka Ledić vio a su hijo. Ella y las demás mujeres fueron trasladadas a Belgrado y liberadas. Ahora vive en Zagreb.
Ivanka Ledić ha dedicado los tres últimos años de su vida a buscar a su hijo. La búsqueda le ha concebir esperanzas pero también le ha causado muchos sufrimientos. Al principio buscó información sobre su hijo a través del CICR, esperando encontrar su nombre en una lista de presos o inscrito en el registro de algún centro de detención.
El CICR no tenía registrado a Goran Ledić. Ivanka Ledić continuó su búsqueda a través de la prensa. En mayo de 1992 publicó un anuncio solicitando información en el diario croata Većernji List. Al día siguiente recibió la llamada de un hombre que decía telefonear desde Alemania y llamarse Zlatko. Le contó que Goran estaba vivo y que habían estado en la misma cuadrilla de trabajos forzados, cavando zanjas en el área de Vojvodina. Zlatko dijo que él había conseguido escapar con la ayuda de un amigo que estaba en el ejército.
En febrero de 1993, Ivanka Ledić publicó otra petición de información en Većernji List. Un mes después recibió otra llamada anónima en la que le dijeron que Goran estaba vivo y se encontraba bien, trabajando en una montaña al sur de Čačak, en Serbia. La persona que llamaba dijo pertenecer al ejército yugoslavo destacado en Vukovar. Ivanka Ledić le suplicó que acudiera a Zagreb y le ofreció dinero, pero el individuo se negó por el riesgo que entrañaba para su seguridad.
Ivanka Ledić volvió a ponerse en contacto con el CICR y otros organismos, sin éxito. En julio de 1993 recibió otra llamada; en esta ocasión le dijeron que Goran estaba vivo y realizaba trabajos forzados en Deletovci, un pueblo situado diez kilómetros al sur de Vukovar. Desde entonces no ha tenido noticias de Goran. Ivanka Ledić tiene una fe inquebrantable en que encontrará a su hijo. «Estoy completamente segura de que mi hijo está vivo. Sólo es cuestión de dar con él.»
Otras personas anónimas han llamado ofreciendo información a los familiares a cambio de dinero. Hay quien ha conseguido obtener datos a través de estos contactos, pero en otros casos se trataba de una simple estafa.
Citas:
Los medios de comunicación de todo el mundo no prestan la menor atención a nuestra situación y nosotros poco podemos hacer.
Si está muerto, quiero saber cuál fue la causa y dónde está su cadáver.
Recuadro:
Los medios de comunicación de todo el mundo no nos prestan atención
Muchos de los que buscan a sus familiares «desaparecidos» creen que sus acciones recibirían un apoyo mucho mayor si les dieran más publicidad. Son críticos con los medios de comunicación, que sólo parecen interesados en obtener noticias del último conflicto y hacen caso omiso de las víctimas de conflictos anteriores.
Uno de los «desaparecidos» en Bugojno es Zdravko Juričić, profesor que al principio se había ofrecido voluntario al HVO para realizar tareas de señalización en 1992. Jamás había participado en política y tenía buenas relaciones con sus vecinos musulmanes. En julio de 1993, las fuerzas del gobierno bosnio le capturaron y trasladaron a un campo de prisioneros en un estadio deportivo, donde también estaba detenido su hermano Milenko, y fue registrado como prisionero de guerra por el CICR en septiembre de 1993.
En octubre, la policía militar se llevó a Zdravko Juričić del campo. Su hermano Milenko le vio por última vez a través de una ventana mientras se lo llevaban.
Milenko Juričić fue liberado en un intercambio de prisioneros del CICR en marzo de 1994. Desde entonces ha visitado Bugojno en cuatro ocasiones para obtener información de su hermano, sin éxito. El CICR le dijo que Zdravko había quedado en libertad en un intercambio de prisioneros. Milenko lo duda: «No hemos tenido noticias de él. Llevo meses intentando descubrir qué le ha ocurrido. Otro hermano que teníamos murió en Sarajevo... Para mí lo peor es que los medios de comunicación de todo el mundo no prestan la menor atención a nuestra situación ... no dicen nada de nuestro sufrimiento y nosotros poco podemos hacer.»
Pies de foto:
Funeral por un soldado musulmán muerto en Tuzla, Bosnia-Herzegovina. Los familiares de los «desaparecidos» quieren conocer la verdad, aunque ésta sea que sus seres queridos han muerto. «Al menos tendré una tumba que visitar», decía una madre.
©Ron Haviv/SABA/Katz
Familias de refugiados croatas de Bosnia viviendo en vagones de tren en Čapljina, Bosnia-Herzegovina
©Marc French/Panos Pictures
Leyendo las últimas esquelas clavadas en un árbol en Sokolac, cerca de Sarajevo
©Chris Stowers/Panos Pictures
(Páginas 6 y 7)
Falta de acción oficial
Nadie nos ha preguntado si necesitamos ayuda. Dimos a nuestros hijos y a cambio hemos recibido sufrimiento e insultos. Nos lamentamos entre nosotros, nadie nos escucha.
Estas palabras son de una madre serbia, Gordana Jakšić, cuyo hijo Milan «desapareció» en mayo de 1992. Representa los sentimientos de miles de personas que intentan obtener información sobre amigos y familiares «desaparecidos». La falta de actuaciones y de voluntad política para facilitar esta información por parte de los gobiernos y las autoridades competentes ha causado frustración, infelicidad y desesperación a miles de personas.
Muchos de los que intentan dar con el paradero de sus seres queridos reciben información falsa de sus propias autoridades. Gordana Jakšić acudió al cuartel general del Ejército Nacional Yugoslavo (ENY) en Belgrado porque su hijo era recluta del ENY en Bosnia-Herzegovina cuando él y otros 14 soldados «desaparecieron». Gordana afirma que las autoridades le dieron varias versiones sobre la suerte que había corrido su hijo: que estaba detenido en un campo de prisioneros; que él y sus compañeros habían «muerto como héroes, evitando caer en manos del enemigo»; y que los nacionalistas croatas los habían matado.
Tres de estos soldados fueron canjeados posteriormente y declararon que habían sido detenidos junto con Milan en Bosanski Brod, en la frontera de Bosnia con Croacia. Cuando la familia Jakšić recibió la noticia trató de entrevistarse con el jefe del estado mayor del Ejército Yugoslavo, general Milan Panić, pero éste se negó a verlos. Tampoco les recibió el primer ministro, Radoje Kontić, ni obtuvieron ayuda de los representantes de la República Federal de Yugoslavia (RFY).
La familia Jakšić ha hecho todo lo posible por conseguir información sobre Milan. Han visitado la Academia Médica Militar de Belgrado para examinar cadáveres procedentes de intercambios y se han hecho miembros de una asociación de familiares de «desaparecidos» y personas en paradero desconocido de la RFY. Este grupo intentó organizar una reunión con diversas organizaciones humanitarias y con la comisión croata de intercambio de prisioneros. Pero la reunión fue cancelada porque, aunque acudió el representante de Croacia en Belgrado, el gobierno de la RFY no envió ninguna representación.
La falta de cooperación entre los gobiernos ha frustrado muchos intentos de descubrir la suerte o el paradero de los «desaparecidos». Se han formado comisiones y comités para recoger e intercambiar información, pero las sospechas entre todas las partes hace que muchas veces esta tarea resulte imposible.
En noviembre de 1991, los gobiernos de Croacia y la RFY establecieron la Comisión Conjunta para la Búsqueda de Personas Desaparecidas y de Restos Mortales. Esta comisión, creada por iniciativa del CICR, celebró ocho reuniones en Hungría y, en agosto de 1992, organizó el intercambio de 1.200 prisioneros de guerra y otros detenidos. Luego los debates derivaron en recriminaciones mutuas. Tadeusz Mazowiecki, el relator especial para la antigua Yugoslavia, ha observado «una increíble falta de voluntad política de las partes en conflicto para intercambiar información sobre prisioneros de guerra».
Ante la dificultad de obtener información de las autoridades de la antigua Yugoslavia, los familiares empezaron a recurrir a la ayuda de la comunidad internacional.
El CICR es la primera organización no gubernamental que trabaja para localizar a personas en paradero desconocido y «desaparecidas». Intenta elaborar un registro de los prisioneros recluidos en centros y campos de detención e informar a los familiares de su paradero. El CICR también ha permitido el intercambio de miles de mensajes entre los prisioneros y sus familias, lo que ha llevado al esclarecimiento de numerosos casos de personas desaparecidas. Sin embargo, su trabajo se ve dificultado por la falta de cooperación de las partes implicadas. Todos los bandos que intervienen en el conflicto han obstaculizado repetidamente los esfuerzos del CICR para registrar a todas las personas detenidas en centros de detención, cárceles y campos.
Esta actitud tiene su reflejo en la experiencia de personas que han recurrido a organizaciones como el CICR para localizar a sus familiares. Josip Živkovič, croata que buscaba a su hijo Damir y estuvo detenido en un campo de prisioneros en Stakićevo, Vojvodina, norte de Serbia, intentó ponerse en contacto con su hijo varias veces a través del CICR. Un portavoz le comunicó que la falta de cooperación estaba limitando seriamente sus esfuerzos: «Somos una organización humanitaria, pero dependemos de que la buena voluntad y la cooperación. Sin cooperación no hacemos nada».
La Comisión de Derechos Humanos de la ONU también ha participado en la búsqueda de personas en paradero desconocido y «desaparecidas». En 1994, a instancias del relator especial Tadeusz Mazowiecki, la Comisión estableció un «Proceso Especial» para ayudar a clarificar la suerte que habían corrido las personas desaparecidas en la antigua Yugoslavia. El principal organismo de la ONU dedicado a las «desapariciones» que ocurren en todo el mundo, el Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas o Involuntarias, no se ocupa de casos producidos en conflictos armados internacionales.
El «Proceso Especial» tiene el mandato de abordar todos los casos de desaparición de personas que se denuncien, ya sean civiles o combatientes, independientemente de quiénes sean los autores.
Manfred Nowak, experto nombrado por el grupo de trabajo de la ONU sobre «desapariciones», está a cargo del «Proceso Especial». Visitó la región a mediados de 1994; a finales de año había obtenido información sobre más de 5.000 casos, de los cuales había remitido 600 a las autoridades pertinentes. El trabajo del «Proceso Especial» se ha visto obstaculizado, por ejemplo, al habérsele impedido la entrada a la República Federal de Yugoslavia (RFY). Otro problema importante es la falta de recursos asignados al «Proceso Especial».
La función del «Proceso Especial» termina cuando se encuentra el rastro de una persona. Su labor no es investigar las circunstancias de su pérdida de contacto o su «desaparición», ni tampoco identificar a los responsables.
El esclarecimiento de los casos de «desaparición» es un paso fundamental para hacer justicia a las víctimas y a sus familiares. Pero mientras no se investigue ni sancione a los perpetradores, nada impedirá que repitan sus crímenes. Los bandos en conflicto pocas veces investigan casos de «desaparición» en los que estén implicadas sus propias fuerzas. La sociedad podrá comenzar a sanar cuando los responsables estén dispuestos a dar cuenta de las violaciones de los derechos humanos cometidas en el pasado. La impunidad sólo alimentará el ciclo de violencia.
La ONU ya ha tomado medidas para procesar a los autores de abusos contra los derechos humanos en la antigua Yugoslavia. En mayo de 1993, el Consejo de Seguridad estableció un tribunal internacional ad hoc para juzgar violaciones graves del derecho humanitario cometidas en el curso de conflictos. Aunque Amnistía Internacional cree que las «desapariciones» son un crimen de lesa humanidad, la definición de estos crímenes en el estatuto del tribunal no incluye la «desaparición».
Además, los estados han actuado con lentitud a la hora de ofrecer su ayuda, y la limitada capacidad del tribunal unida a las dificultades que puede encontrar a la hora de pedir el traslado de sospechosos dan lugar a que su efecto sea muy limitado en la resolución de casos de «desaparición».
Uno de los pasos más urgentes y esenciales para la resolución de muchos casos de «desaparición» es la exhumación de fosas comunes. En su informe de 1994, el relator especial Tadeusz Mazowiecki describió la tarea de exhumar las fosas e identificar los cadáveres como «hercúlea», ya que exige una voluntad política incondicional; no obstante solicitó a la ONU que emprendiera esta tarea, que buscara peritos técnicos y obtuviera financiación.
En mayo de 1994 la ONU había recibido información sobre 143 fosas comunes en Bosnia-Herzegovina y 44 en Croacia. Hasta la fecha, los esfuerzos de los investigadores internacionales para exhumar las fosas se han visto obstaculizados por la dificultad de acceso y de obtener garantías para la seguridad de los investigadores.
Incluso en las zonas de Croacia bajo la supervisión de la ONU, las exhumaciones han sido bloqueadas y paralizadas. En octubre de 1993, la ONU envió un equipo internacional de peritos técnicos a Croacia para exhumar dos fosas comunes. Se cree que una de ellas, situada en Ovćara, cerca de Vukovar, contiene los cadáveres de unas doscientas personas a las que las fuerzas paramilitares serbias mataron después de sacarlas del hospital de Vukovar. Las autoridades serbocroatas impidieron el acceso del equipo a las fosas comunes.
Sí se le concedió permiso para acceder a otra fosa común en Parkraćka Poljana, zona controlada por el gobierno croata. Se cree que allí están enterrados varios serbios ejecutados extrajudicialmente por efectivos croatas. La exhumación se llevó a cabo y se descubrieron 19 cadáveres. La mayoría habían recibido un disparo en la cabeza cuando tenían las manos atadas a la espalda. Prácticamente no pudo identificarse a ninguno porque los desacuerdos entre las autoridades croatas y las serbias de facto impidieron la realización de autopsias. Los cadáveres volvieron a enterrarse.
La investigación y el esclarecimiento de la suerte y el paradero de los «desaparecidos» es un requisito indispensable para iniciar un proceso de reconciliación que pueda llevar a una paz duradera, basada en la justicia y el respeto de los derechos humanos. Las asociaciones de familiares y allegados de «desaparecidos» y otras organizaciones no gubernamentales pueden desempeñar un papel fundamental a la hora de iniciar un proceso de ese tipo. Sin embargo, lo más importante es que exista voluntad política por parte de los gobiernos y las autoridades de facto de la antigua Yugoslavia, así como de la comunidad internacional, para cooperar en la realización de investigaciones exhaustivas sobre todos los casos de «desaparición».
Recuadro:
Familiares perseguidos
La falta de voluntad política para buscar a los «desaparecidos» se hace aún más patente cuando se produce la persecución de los propios familiares que buscan información.
La familia de Ljubomir Pašić, economista de unos cuarenta años que trabajaba para una compañía minera de Mostar, en Bosnia-Herzegovina, cree que conoce a los responsables de su secuestro. Pašić era serbio y estaba casado con una mujer musulmana. La pareja tenía dos hijas pequeñas.
Ljubomir Pašić no había sido movilizado por ninguno de los ejércitos destacados en Mostar. Fue secuestrado por la policía del Consejo Croata de Defensa (HVO) en julio de 1992, cuando estalló el conflicto que enfrentaba a las fuerzas bosnias y croatas contra los paramilitares serbios y el Ejército Nacional Yugoslavo (ENY).
Su esposa estaba visitando a unos parientes en Dalmacia cuando se produjeron los hechos. Volvió inmediatamente y comenzó a buscarlo, visitando todos los campos de prisioneros que pudo de Bosnia-Herzegovina. Oyó que le habían visto en campos de Rodoć y Gabela, pero no tuvo suerte en sus intentos de dar con él. Buscó la ayuda del CICR. Solicitó información al HVO y a las fuerzas paramilitares croatas (HOS). Sus esfuerzos no dieron ningún resultado.
Tal vez a causa de sus pesquisas, el HVO la detuvo por un breve espacio de tiempo. Huyó a Mostar en 1993 y ahora es refugiada en el extranjero. En Banja Luka, la hermana de Ljubomir Pašić continúa la búsqueda.
Recuadro:
¿Terminará alguna vez?
La simple necesidad de conocer la verdad sobre la situación de un ser querido les ha sido negada a miles de familias de todas las nacionalidades, familias desgarradas por la guerra.
Mientras escribo esto ni siquiera me doy cuenta de las lágrimas que caen por mi rostro cansado y ojeroso, lágrimas de dolor e impotencia. Están sufriendo en Bosnia y yo estoy sufriendo aquí, y me pregunto: «¿Terminará alguna vez todo esto?»
Ésta es la carta que escribió la hermana de Husein Hotić, agente de policía de Bosanski Novi, en la frontera de Bosnia-Herzegovina con Croacia.
En julio de 1992, unos serbios uniformados que se hacían pasar por policías militares secuestraron a Husein Hotić. Bosanski Novi estaba bajo control serbio. A su familia le dijeron que había resultado muerto al intentar escapar, pero nunca han visto su cadáver ni ha habido confirmación oficial de estos hechos. La familia duda que Husein esté muerto. Conocen a los serbios que lo secuestraron y dicen que eran miembros de un banda de delincuentes anterior a la guerra. Los familiares de Husein Hotić insisten en que la policía serbobosnia no hizo ningún intento serio de descubrir a los responsables.
Citas:
Nos lamentamos entre nosotros, nadie nos escucha.
Pies de foto:
Prisioneros de guerra musulmanes y croatas detenidos en un campo en Manjaća, Bosnia-Herzegovina, en agosto de 1992.
©Brogi/Contrasto/REA/Katz
Prisioneros intercambiados se reúnen con sus familias en Osijek, Croacia, agosto de 1992
©Horvat/SABA/REA/Katz
Cuerpos mutilados de 24 varones serbios, exhumados de una fosa común en el pueblo de Kamenica, este de Bosnia-Herzegovina, en febrero de 1993
©Paul Popper
(Página 8)
Hay que organizarse
En junio de 1995, representantes de la Asociación de Familias de Defensores Croatas Encarcelados y Desaparecidos intentaron entregar una carta en el negociado de la República Federal de Yugoslavia (RFY) en Zagreb, pero se les impidió la entrada.
La presidenta de la asociación, Ljubica Butula, leyó la carta en voz alta a las puertas del edificio. Era un llamamiento a las autoridades serbias para que liberaran a los soldados croatas encarcelados y entregaran los cadáveres de los muertos. Las familias también pedían que se permitiera el acceso del CICR a todos los centros de detención de la RFY.
Ljubica Butula ingresó en la asociación en junio de 1993. Estaba intentando encontrar a su hijo Robert Butula-Durbabić, voluntario de las fuerzas armadas croatas que «desapareció» al ser capturado por efectivos irregulares serbios el 3 de enero de 1992.
Ljubica Butula estuvo diecinueve meses dedicada a una agotadora búsqueda de su hijo. Sólo en 1992 hizo once veces el recorrido de 340 kilómetros desde Zagreb a Zadar, donde su hijo estaba destinado. Se puso en contacto con la sede del CICR en Ginebra, la Cruz Roja Croata y el delegado del CICR en Knin, donde las fuerzas serbias tenían su cuartel general. También recurrió al comandante de la Fuerza de Protección de las Naciones Unidas en Bosnia-Herzegovina (UNPROFOR). Escribió al gobierno de Croacia, al jefe del estado mayor del Ejército Croata y al presidente de la comisión croata de intercambio de prisioneros. Asimismo escribió al jefe de las fuerzas armadas serbocroatas en Knin y viajó a Belgrado, donde contrató a abogados para buscar a Robert.
Ljubica Butula encontró a su hijo un mes después de entrar en la asociación. A fines de julio, un oficial de la misma brigada que Robert le comunicó que habían devuelto su cadáver acompañado de una fotografía tomada en el hospital de Knin el 4 de enero de 1992, donde se veía que Robert había recibido un disparo en la cabeza. «Al menos ahora sé que hay una tumba que visitar ─afirma─. En cierto modo es más fácil de soportar que la tremenda incertidumbre de estos diecinueve meses sin noticias».
La asociación de familias continúa su campaña en favor de los «desaparecidos» y las personas en paradero desconocido. Ha organizado manifestaciones en Estados Unidos, Ginebra y Zagreb. En julio de 1994, representantes de la asociación se reunieron con el experto de la ONU sobre personas desaparecidas. Ljubica Butula sigue participando en la asociación a pesar de que ya sabe qué le ocurrió a su hijo. «Si resulta que esas personas han muerto será una gran tragedia, pero queremos conocer la verdad».
Se han formado muchas organizaciones de familiares en la antigua Yugoslavia. No dejan de ejercer presiones y hacen campaña en demanda de la verdad.
En la RFY, los familiares de personas desaparecidas aún no tienen acceso al «Proceso Especial» de la ONU. Al comentar la negativa de las autoridades a permitirle la entrada en el país, Manfred Nowak observa que «mientras las familias y todas las instituciones gubernamentales y no gubernamentales pertinentes desconozcan el Proceso Especial, no podré servirles de ayuda».
Aunque han prometido actuar, lo cierto es que las autoridades de la antigua Yugoslavia suelen hacer caso omiso de las peticiones de información. Varias organizaciones de familiares han llevado a cabo acciones directas con protestas públicas para dar un impulso a sus campañas, y algunas critican a la comunidad internacional por haber dado una respuesta insuficiente a sus peticiones de ayuda.
Los miembros de Amnistía Internacional están haciendo campaña en favor de víctimas concretas de una «desaparición» en la antigua Yugoslavia: apoyan las campañas de los familiares dando publicidad a los casos, publicándolos en los medios de comunicación y solicitando actuaciones de las autoridades competentes.
En la conferencia bienal de Amnistía Internacional, celebrada en la capital de Eslovenia, Lubiana, en agosto de 1995, los delegados de más de setenta países firmaron una declaración en la que se instaba a los gobiernos de todo el mundo a apoyar las acciones encaminadas a resolver «desapariciones» en la antigua Yugoslavia.
A pesar de los reiterados llamamientos de sus propios asesores, la comunidad internacional ha ofrecido un apoyo político y financiero insuficiente para resolver el problema de las «desapariciones» en la antigua Yugoslavia.
Cualquiera que sea el futuro del territorio que en otro tiempo fue Yugoslavia, una sociedad desgarrada por el conflicto no podrá sanar hasta que se hayan realizado todos los esfuerzos posibles para encontrar a los «desaparecidos» y procesar a los responsables. La paz no es sólo cuestión de buscar una solución militar o diplomática al conflicto. Sin el respeto de los derechos humanos y la justicia ni la apertura en que debe basarse la reconciliación, no hay perspectivas de paz.
Cita:
La gente no puede perdonar si no saben qué o a quién deben perdonar.
Richard Goldstone, Fiscal del Tribunal de Crímenes de Guerra
Pies de foto:
«La Asociación de Familias de Defensores Croatas Encarcelados y Desaparecidos quiere que sus familiares sean liberados de los campos serbios» se lee en este cartel en una vigilia celebrada en Zagreb
©Marc French/Panos Pictures
Refugiándose de los francotiradores que abrieron fuego contra esta manifestación pacífica en Sarajevo, abril de 1992
©Haviv/SABA/REA/Katz Pictures
(Solapa de la contraportada)
Recomendaciones
La comunidad internacional debe proporcionar los recursos necesarios a las agencias de la ONU encargadas de esclarecer la suerte de las personas «desaparecidas» y en paradero desconocido en la antigua Yugoslavia, en particular al «Proceso Especial».
El CICR debe poder acceder sin restricciones a todos los lugares en que haya prisioneros de guerra y otros detenidos.
La ONU debe formar y financiar a un equipo internacional de peritos técnicos que se encargue de exhumar fosas comunes y llevar a cabo autopsias, para identificar a las víctimas y determinar cómo murieron y quiénes fueron los autores. Los restos mortales de las víctimas deben ser entregados a sus familias para que les den un entierro digno.
Todas las partes enfrentadas deben cooperar con el «Proceso Especial» de la ONU para buscar a personas desaparecidas, permitiendo el acceso a registros y visitas a los centros de detención.
Todas las partes enfrentadas deben investigar los casos de «desaparición» atribuidos a sus fuerzas.
Todas las partes enfrentadas deben poner a disposición judicial a los responsables de «desapariciones» y otras violaciones de derechos humanos. Los juicios deben cumplir las debidas garantías procesales y nunca deben imponerse ni ejecutarse penas de muerte. Los autores no deben beneficiarse de ninguna medida legal que les exima del procesamiento o la condena.
Todas las partes del conflicto deben tomar las medidas necesarias para impedir acciones que puedan derivar en «desapariciones». Debe informarse a todos los miembros de las fuerzas armadas de que tienen el derecho y el deber de negarse a obedecer órdenes que puedan implicar «desapariciones» u otras violaciones de los derechos humanos.
La víctima de una «desaparición» o las personas a su cargo deben tener derecho a una reparación justa y adecuada de las autoridades competentes, que deberá incluir una indemnización económica, si fuera necesario con financiación de la comunidad internacional.
(Contraportada)
En la portada de este informe aparecen las fotografías de algunas de los varios miles de personas que han «desaparecido» en la antigua Yugoslavia.
Primera fila, de derecha a izquierda:
Said Alagić, Duško Kologranić, Mustafa Turan, Mehmadalija Pašić, Rasim Čevan, Vladimir Madjura
Segunda fila, de derecha a izquierda:
Bogdan Grgić, Ševal Opakić, Sadik Alagić, Goran Dabić, Goran Ledić, Mustafa Medinić
Tercera fila, de derecha a izquierda:
Goran Jularić, Željko Krstić, Damir Živković, Goran Živković, Ibro Menzil, Branko Pahor
Cuarta fila, de derecha a izquierda:
Sead Rahmanović, Šavel Turan, Sead Aganbegović, Pejo Čicak, Mile Magdić, Budimir Radojević
Quinta fila, de derecha a izquierda:
Ekren Jakšić, Sakib Pašić, Mustafa Pašić, Marija Živković, Samir Menzil, Adimir Medinić