El contundente éxito de la iniciativa popular para prohibir los minaretes en Suiza ha llamado la atención en todo el mundo. Pero ¿qué significa realmente para los musulmanes suizos, y cuáles son las implicaciones y reflexiones que deben tener en cuenta otros países europeos?
Desde un punto de vista estrictamente jurídico, la construcción de minaretes está actualmente prohibida en Suiza. No se necesita ninguna otra ley para aplicar esta disposición constitucional y no hay nada que las autoridades federales o cantonales puedan hacer para impugnarla.
La única vía que les queda a los musulmanes suizos para anular la prohibición es recurrir a los tribunales la próxima vez que se rechace una solicitud de construcción de una mezquita por su causa. No cabe duda de que esta oportunidad se presentará pronto. También debe tener éxito.
Tal y como han manifestado numerosos juristas suizos e internacionales, la prohibición incumple claramente las obligaciones contraídas por Suiza en virtud del derecho internacional, por las que debe respetar la libertad de religión y la no discriminación a causa de las creencias religiosas. Aunque el Tribunal Supremo Federal suizo no rechace la ley, es casi seguro que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo sí lo hará.
Mientras tanto, sin embargo, la prohibición seguirá vigente. Y ya se habrá causado un gran daño. La popularidad de la prohibición dañará, incluso más que la propia medida, las relaciones entre la pequeña minoría musulmana en Suiza y el resto de la población. Dará alas a extremistas de todas las ideologías. La integración de los musulmanes suizos, el necesario proceso de doble sentido que supone respeto y adaptación, sufrirá inevitablemente las consecuencias.
El éxito del referéndum conlleva algunas duras y largas reflexiones para las autoridades suizas que otros países y dirigentes políticos europeos harían bien en tener en cuenta.
En primer lugar, el sentimiento xenófobo y, en concreto, la islamofobia, es mucho más generalizado de lo que habían previsto hasta los observadores más pesimistas. Los sondeos de opinión realizados antes del referéndum mostraron sistemáticamente que una mayoría de los votantes se oponía a la prohibición.
Qué equivocados estaban. En la intimidad de la cabina de votación, los prejuicios silenciosos encontraron la forma de expresarse. Probablemente la situación es similar en toda Europa; desde luego, el éxito de los partidos de extrema derecha en las últimas elecciones al Parlamento Europeo así lo indica. De hecho, lo único sorprendente que ocurrió en Suiza fue lo sorprendidos que nos quedamos todos.
En segundo lugar, está claro que el hecho de que la sociedad civil y los principales partidos políticos no llevasen a cabo una campaña activa contra el referéndum fue un grave error.
Con menos prejuicios por parte de la población, la reticencia a dar más relevancia a las opiniones xenófobas debatiéndolas y cuestionándolas podría haber funcionado.
Pero en Suiza no ocurrió así. La ausencia de una oposición unida, coherente y elocuente contra la iniciativa dio claramente vía libre a la exageración y la incitación al miedo de las que se nutren las ideologías islamofóbicas. Otros países no deben cometer el mismo error.
Ya se están pidiendo políticas similares en otros países europeos. Por lo tanto, el éxito del referéndum suizo debe servir de llamada de atención, no sólo para Suiza, sino también para el resto de Europa.
Son necesarias medidas mucho más exhaustivas, en toda Europa, para combatir la discriminación y promover la integración de las comunidades de musulmanes e inmigrantes. Se necesita un compromiso mucho más firme por parte de los dirigentes políticos, de la sociedad civil –de todas las voces moderadas, tolerantes– para hacer frente a todas las opiniones xenófobas, ponerlas en evidencia y rebatirlas. La indiferencia nos hace cómplices.
El coste del error es enorme. La intolerancia es la base de la violación de derechos humanos más omnipresente en toda Europa: la discriminación. La discriminación desgarra las sociedades. Si hay un continente que debería conocer bien esa realidad, es Europa.
Escrito por Claudio Cordone, director general de Amnistía Internacional.
Una versión de este artículo apareció el 2 de diciembre de 2009 en la edición impresa de The International Herald Tribune.
Decenios después del conflicto armado de El Salvador, centenares de familias siguen buscando a niños y niñas que les arrebataron en medio de los combates.
Noticias
2 diciembre 2009
Comentario: La llamada desde el minarete suizo
El contundente éxito de la iniciativa popular para prohibir los minaretes en Suiza ha llamado la atención en todo el mundo. Pero ¿qué significa realmente para los musulmanes suizos, y cuáles son las implicaciones y reflexiones que deben tener en cuenta otros países europeos?
Desde un punto de vista estrictamente jurídico, la construcción de minaretes está actualmente prohibida en Suiza. No se necesita ninguna otra ley para aplicar esta disposición constitucional y no hay nada que las autoridades federales o cantonales puedan hacer para impugnarla.
La única vía que les queda a los musulmanes suizos para anular la prohibición es recurrir a los tribunales la próxima vez que se rechace una solicitud de construcción de una mezquita por su causa. No cabe duda de que esta oportunidad se presentará pronto. También debe tener éxito.
Tal y como han manifestado numerosos juristas suizos e internacionales, la prohibición incumple claramente las obligaciones contraídas por Suiza en virtud del derecho internacional, por las que debe respetar la libertad de religión y la no discriminación a causa de las creencias religiosas. Aunque el Tribunal Supremo Federal suizo no rechace la ley, es casi seguro que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo sí lo hará.
Mientras tanto, sin embargo, la prohibición seguirá vigente. Y ya se habrá causado un gran daño. La popularidad de la prohibición dañará, incluso más que la propia medida, las relaciones entre la pequeña minoría musulmana en Suiza y el resto de la población. Dará alas a extremistas de todas las ideologías. La integración de los musulmanes suizos, el necesario proceso de doble sentido que supone respeto y adaptación, sufrirá inevitablemente las consecuencias.
El éxito del referéndum conlleva algunas duras y largas reflexiones para las autoridades suizas que otros países y dirigentes políticos europeos harían bien en tener en cuenta.
En primer lugar, el sentimiento xenófobo y, en concreto, la islamofobia, es mucho más generalizado de lo que habían previsto hasta los observadores más pesimistas. Los sondeos de opinión realizados antes del referéndum mostraron sistemáticamente que una mayoría de los votantes se oponía a la prohibición.
Qué equivocados estaban. En la intimidad de la cabina de votación, los prejuicios silenciosos encontraron la forma de expresarse. Probablemente la situación es similar en toda Europa; desde luego, el éxito de los partidos de extrema derecha en las últimas elecciones al Parlamento Europeo así lo indica. De hecho, lo único sorprendente que ocurrió en Suiza fue lo sorprendidos que nos quedamos todos.
En segundo lugar, está claro que el hecho de que la sociedad civil y los principales partidos políticos no llevasen a cabo una campaña activa contra el referéndum fue un grave error.
Con menos prejuicios por parte de la población, la reticencia a dar más relevancia a las opiniones xenófobas debatiéndolas y cuestionándolas podría haber funcionado.
Pero en Suiza no ocurrió así. La ausencia de una oposición unida, coherente y elocuente contra la iniciativa dio claramente vía libre a la exageración y la incitación al miedo de las que se nutren las ideologías islamofóbicas. Otros países no deben cometer el mismo error.
Ya se están pidiendo políticas similares en otros países europeos. Por lo tanto, el éxito del referéndum suizo debe servir de llamada de atención, no sólo para Suiza, sino también para el resto de Europa.
Son necesarias medidas mucho más exhaustivas, en toda Europa, para combatir la discriminación y promover la integración de las comunidades de musulmanes e inmigrantes. Se necesita un compromiso mucho más firme por parte de los dirigentes políticos, de la sociedad civil –de todas las voces moderadas, tolerantes– para hacer frente a todas las opiniones xenófobas, ponerlas en evidencia y rebatirlas. La indiferencia nos hace cómplices.
El coste del error es enorme. La intolerancia es la base de la violación de derechos humanos más omnipresente en toda Europa: la discriminación. La discriminación desgarra las sociedades. Si hay un continente que debería conocer bien esa realidad, es Europa.
Escrito por Claudio Cordone, director general de Amnistía Internacional.
Una versión de este artículo apareció el 2 de diciembre de 2009 en la edición impresa de The International Herald Tribune.
Página de opinión de The International Herald Tribune
Más información
Suiza vota contra la libertad religiosa (noticia, 30 de noviembre de 2009)La prohibición de construir minaretes infringiría la obligación de Suiza de respetar la libertad de religión (noticia, 25 de noviembre de 2009)
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