Informe anual 2013
El estado de los derechos humanos en el mundo

8 agosto 2008

No debemos retroceder en Myanmar

No debemos retroceder en Myanmar
Por Benjamin Zawacki, investigador de Amnistía Internacional sobre Myanmar

"Debemos seguir adelante, avanzando, en Myanmar. No podemos retroceder”. Estas palabras me las dijo una persona participante en el alzamiento del "8888" de Myanmar que se vio obligada a huir del país. Sin embargo, veinte años después del breve florecimiento del poder popular en Myanmar, apenas ha mejorado nada para los millones de personas que continúan sufriendo, sometidas a un gobierno represivo.

Para que el futuro sea mejor, el Consejo de Seguridad de la ONU y los vecinos asiáticos de Myanmar deben dejar de pasar por alto las violaciones de derechos humanos que se cometen en el país y comenzar a tomar medidas audaces y efectivas para ponerles fin.

El 8 de agosto de 1988, los estudiantes se echaron a la calle en Yangón (entonces todavía Rangún) para exigir democracia y derechos humanos al gobierno. Durante las seis semanas siguientes, las manifestaciones, cada vez más multitudinarias y con más apoyo popular, se extendieron por todo el país, hasta que intervinieron las fuerzas de seguridad y reprimieron violentamente el alzamiento: mataron a más de 3.000 personas y causaron la desaparición forzada de muchas otras, cuyo número exacto se desconoce.

La masacre conmocionó al mundo hasta el punto de que, dentro y fuera del país, muchas personas creyeron que con ella se ponía el punto final en Myanmar y que la comunidad internacional no iba a tolerar ya que se cometieran violaciones de derechos humanos en una escala tan atroz. Pero, por desgracia para la población de Myanmar, esas personas estaban equivocadas.

Durante casi 13 de los últimos 19 años, Daw Aung San Suu Kyi, líder del principal partido de oposición, galardonada con el Nobel de la Paz e icono del movimiento de derechos humanos birmano, ha estado sometida a alguna forma de detención. U Win Tin, de 78 años, alto cargo de su partido, lleva encarcelado los 19 años enteros. Desde 1988 se ha detenido a millares de presos políticos más; y 137 han muerto bajo custodia, en algunos casos por tortura o falta de atención médica.

En estos momentos hay más de 2.000 personas encarceladas, más de un tercio de las cuales fueron detenidas por el gobierno durante la represión violenta de las manifestaciones dirigidas por monjes en otoño del año pasado: la tercera gran serie de manifestaciones que ha organizado la población birmana desde el alzamiento del “8888” parareivindicar sus derechos, pese a encontrar implacable e intimidante resistencia. Sólo días después de la represión, monjes y disidentes llegados a la frontera entre Tailandia y Myanmar me contaron terribles relatos de la reciente violencia y de su huida a duras penas del país.

Fuera de las ciudades –y sin llamar la atención internacional– durante los últimos 20 años el ejército de Myanmar ha seguido también haciendo la guerra a las minorías étnicas del país, entre ellas los karen. Las campañas contra el Ejército de Liberación Nacional Karen son incesantes desde principios de la década de 1990. Hace tres años, el ejército comenzó otra gran ofensiva contra esta etnia, que continúa todavía, aunque esta vez evita activamente a dicho grupo y ataca, en su lugar, a campesinos indefensos.

El ejército está perpetrando de manera generalizada y sistemática diversas violaciones graves de los derechos humanos contra los karen, como ejecuciones extrajudiciales, tortura, desapariciones forzadas, detenciones arbitrarias, trabajo forzado, destrucción y confiscación de cultivos, restricción de la libertad de circulación, levas arbitrarias, imposición de multas y colocación de minas terrestres antipersonal.

Otro efecto de la represión del alzamiento del “8888” y de la persecución étnica es que en los dos últimos decenios centenares de miles de personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares para buscar refugio en otras partes de Myanmar o en países vecinos. Al menos medio millón de personas, de una nación de alrededor de 51 millones de habitantes, están desplazadas internamente en Myanmar. Como yo mismo he comprobado, la mayoría viven en condiciones lamentables y con miedo constante, preguntándose si el mundo sabe siquiera que existen.

Algo menos de la mitad de ese número de personas están reconocidas como refugiados en los países vecinos, pero un número varias veces superior no están reconocidas oficialmente y tienen, por tanto, menos derechos todavía. Mientras otra generación entera de niños y niñas nacía en el exilio, muchos refugiados se han convertido en activistas de los derechos humanos –los miembros de la “generación del 88” de Myanmar– y figuran entre los más comprometidos y valientes del mundo.

Hace tres meses, el gobierno dejó abandonada intencionadamente a la población cuando el ciclón Nargis arrasó Myanmar. Trabajadores de agencias de ayuda humanitaria, diplomáticos, periodistas y supervivientes birmanos me dijeron una y otra vez con horror e incredulidad que el gobierno había violado los derechos humanos de sus propios ciudadanos, entre ellos el derecho a alimentos, abrigo y salud, y a la vida misma en escala masiva.

El gobierno se negó a desplegar su muy necesitado ejército de 400.000 soldados en las zonas afectadas y rechazó la ayuda internacional. En cambio, las autoridades consideraron adecuado obligar a una población traumatizada, desconsolada y hambrienta a “votar” en favor de una nueva Constitución que no protege los derechos humanos y que codifica la impunidad de los funcionarios que los violan.

El éxodo de refugiados de Myanmar y la respuesta del gobierno al ciclón han generado el tipo de sufrimiento humano para el cual se concibió el sistema de la ONU. Ésta ha enviado numerosas misiones oficiales y no oficiales a Myanmar desde 1988 —dos de ellas este mismo mes— y tiene una gran presencia humanitaria allí ahora, pero con muy poco o ningún impacto en los derechos humanos.

No obstante, el único órgano de la ONU con auténtico poder, el Consejo de Seguridad, no ha podido tomar medidas efectivas o no ha estado dispuesto a hacerlo. Ni ha visitado Myanmar para conseguir información de primera mano sobre la situación sobre el terreno ni ha impuesto un embargo exhaustivo y obligatorio de armas al país. La única resolución en que se condenaba el historial de Myanmar en materia de derechos humanos fue vetada en enero de 2007 por China y Rusia, dos de los miembros permanentes, mientras que Indonesa, que era miembro no permanente en ese momento, se abstuvo.

Desde entonces, el Consejo de Seguridad ha emitido sólo dos declaraciones de la Presidencia sobre Myanmar, una en octubre de 2007, en la que se lamentaba terriblemente la represión de ese otoño, y otra en mayo de 2008, en la que se subrayaba la necesidad de que Myanmar garantizara la participación y la credibilidad en el referéndum constitucional que iba a celebrarse ese mes. China, Indonesia y Vietnam, entre otros Estados, se opusieron al uso de un lenguaje más contundente.

Aunque hay que expresar satisfacción por las declaraciones de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) críticas con la represión de otoño del año pasado y con el hecho de que Daw Aung San Suu Kyi continúe detenida, esta organización y sus países miembros han sido inexcusablemente indulgentes con el historial de Myanmar en materia de derechos humanos durante los últimos veinte años. India, que es un poderoso Estado vecino y una de las mayores democracias del mundo, también se ha mostrado alarmantemente comprensiva.

Como ocurrió con el alzamiento del “8888”, muchas personas esperan que la respuesta del gobierno al ciclón Nargis marque el final de tan enormes violaciones de derechos humanos en Myanmar. Sin embargo, que en esta ocasión sea así depende no sólo de la población birmana, cuya “Generación del 88" continúa abriendo con gran valor el camino, sino también de la voluntad política del Consejo de Seguridad de la ONU y de los vecinos asiáticos de Myanmar. Veinte años son mucho tiempo, pero no es demasiado tarde.

Este artículo se publicó originalmente en el Bangkok Post de Tailandia el 8 de agosto de 2008.

Tema

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Asia y Oceanía 

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