Informe anual 2013
El estado de los derechos humanos en el mundo

21 noviembre 2008

Testigo incansable de homicidios a manos del Estado

Testigo incansable de homicidios a manos del Estado
“Cuando salí de la cámara de ejecución, acababa de ver cómo un hombre era electrocutado hasta la muerte. Él me miró a la cara antes de que lo mataran. Me causó una gran impresión la frialdad con que todos los guardias siguieron el protocolo. Salí de la cárcel, estaba oscuro y vomité.”  

En la extraordinaria vida de la hermana Helen Prejean ha habido muchos momentos decisivos, pero el más importante fue la madrugada del 5 de abril de 1984, cuando presenció la ejecución de un hombre que había llegado a ser su amigo.

Fue un momento crítico para la hermana Prejean, cuya vida había cambiado para siempre cuando a principios de los 80 se marchó a vivir entre los afroamericanos pobres de Nueva Orleans. Abandonó su cómoda vida en un barrio de clase media para descubrir “otra América, una que mis ojos no habían sabido ver”. Recuerda vívidamente la consternación que le produjo ver tanta pobreza, la injusticia y los abusos policiales.

Poco después empezó su correspondencia con Patrick Sonnier, preso en el corredor de la muerte. Las cartas pronto se convirtieron en visitas y dos años y medio más tarde llegó el momento de no retorno: acompañar a Patrick Sonnier en su ejecución.

“Aquello dio un vuelco completo a mi vida. Había sido testigo de un homicidio a manos del Estado y tenía que contarlo. También me impliqué con la familia de la víctima y vi que la pena de muerte no contribuía para nada a su curación. En todo caso, aplazaba el momento en que se produciría esa curación ilusoria, que presuntamente debía llegarles cuando se sentaran en la primera fila y viesen a Patrick morir.”

Su implicación con Patrick Sonnier convirtió a la hermana Prejean en una destacada activista contra la pena capital. La monja relató su experiencia en un libro, Pena de Muerte, que fue candidato al premio Pulitzer y sirvió de base a la película escrita y dirigida por Tim Robins.

La hermana Prejean también se ha enfrentado, con éxito considerable, a dos de las instituciones más poderosas del mundo –la iglesia católica y el gobierno de Estados Unidos– y no da señales de flaqueza. Próxima a cumplir los 70 años, sigue haciendo campaña incansablemente en todo el mundo para poner fin a la pena capital. Pronuncia unas 100 conferencias al año y continúa visitando a hombres y mujeres condenados a muerte.

La hermana Prejean habla con pasión de los numerosos niveles de injusticia que, en su opinión, concurren en la pena capital: su aplicación es racista, victimiza a la gente pobre, hace daño a los que la administran y a la sociedad en su conjunto, mata a personas inocentes y priva a los seres humanos de su dignidad.

“No hay nada digno en matar a una persona indefensa –afirma–. Esto fue la esencia de mi conversación con el Papa Juan Pablo II en 1997. Le dije que, a diferencia de la iglesia católica, Amnistía Internacional tiene una postura basada en principios, sin excepciones. Le mostré dónde había dejado en su encíclica Evangelium Vitae (Evangelio de la Vida) un resquicio para la pena de muerte, al afirmar ‘salvo en casos de absoluta necesidad’ . Le dije que no se podía dejar al arbitrio de los gobiernos, porque éstos siempre dicen que es absolutamente necesaria.”

“Cuando el Papa vino a San Luis en 1999, por primera vez situó a la pena de muerte junto al resto de asuntos a favor de la vida. Dijo ‘no’ a la pena de muerte porque es cruel, e innecesaria ya que tenemos prisiones y luego añadió que ‘incluso aquellos de nosotros que han cometido un delito terrible tienen su dignidad’.”

“Así que nuestra labor es enseñar a la gente, ahora que hemos conseguido tener clara la política –afirma la hermana Prejean–. Hay 65 millones de católicos en Estados Unidos. Los estados con mayor número de católicos son los que menos utilizan la pena de muerte. Si conseguimos movilizar a los 65 millones de católicos podemos acabar con la pena capital.”

Afirma que Amnistía Internacional le enseñó que los derechos humanos son inalienables, que no son los gobiernos los que se los otorgan a la gente por buena conducta, y tampoco se los pueden quitar si la conducta es mala.

“Amnistía Internacional se convirtió en mi maestra, mucho más rápidamente que mi propia iglesia católica, que por aquel entonces mantenía una postura ambigua sobre la pena de muerte. Amnistía Internacional también me ha enseñado mucho sobre el esfuerzo y sobre cómo organizan a la gente y se ocupan de educar a las personas.”

Una de las lecciones más importantes que aprendió la hermana Prevean fue empezar con cosas muy simples. “Escribir una carta a alguien –sugiere–. Si dejamos que esa rosa florezca del todo, cambiará nuestra vida por completo, ya que se trata de defender la dignidad de cada persona. No son tanto ellos [los presos condenados a muerte] los que deben cambiar, sino nosotros. Una cosa así nos enseña que tenemos una sola vida, y que esa vida importa. Tenemos que hacer cosas esenciales, no banales.”

Tema

Pena de muerte 

País

EE. UU. 

Región

América 

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