Durante la “Revolución del 25 de Enero”, que precipitó la caída del presidente Hosni Mubarak en febrero, al menos 840 personas perdieron la vida y 6.000 resultaron heridas, en su mayoría a manos de la policía y otras fuerzas de seguridad. El Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, presidido por Mohamed Hussein Tantawi, sustituyó a Hosni Mubarak, que fue enjuiciado junto con sus hijos y otros altos cargos. Sin embargo, las protestas continuaron, y el ejército y la policía respondieron en algunos casos haciendo uso excesivo de la fuerza. El Consejo Supremo liberó a personas detenidas por motivos políticos y legalizó partidos políticos y sindicatos independientes previamente prohibidos, pero mantuvo el estado de excepción vigente desde hacía 30 años, penalizó las huelgas, endureció el control de los medios de comunicación y utilizó tribunales militares para enjuiciar y condenar a más de 12.000 civiles, muchos de ellos detenidos en relación con las manifestaciones que seguían celebrándose para protestar por el ritmo de las reformas, que consideraban lento. El conocido y denostado organismo de inteligencia del Departamento de Investigaciones de la Seguridad del Estado de Hosni Mubarak fue disuelto, pero la tortura de personas detenidas siguió siendo una práctica común y generalizada, que adquirió nuevos y perturbadores tintes cuando oficiales del ejército obligaron a un grupo de mujeres detenidas a someterse a una “prueba de virginidad”. El ejército desalojó por la fuerza a residentes de asentamientos informales de El Cairo y otros lugares, así como a ocupantes ilegales de viviendas públicas vacías. Las mujeres desempeñaron un papel destacado en las protestas, pero continuaron siendo discriminadas en la ley y en la práctica. Las minorías religiosas también siguieron siendo víctimas de discriminación, sobre todo los cristianos coptos. Se impusieron como mínimo 123 condenas de muerte, y al menos una persona fue ejecutada. Los guardias de fronteras siguieron disparando contra personas migrantes, refugiadas y solicitantes de asilo que trataban de pasar a Israel por la frontera egipcia del Sinaí; según informes, en 2011 mataron a 20, también en la frontera con Sudán, y otras fueron procesadas o devueltas a sus países, donde corrían peligro de sufrir violaciones graves de derechos humanos. Según la información recibida, algunas fueron víctimas de trata.
Tras 18 días de protestas masivas y en su mayoría pacíficas por todo Egipto, a las que las fuerzas de seguridad respondieron con medios letales y haciendo uso excesivo de la fuerza, el presidente Mubarak dimitió el 11 de febrero, después de 30 años en el poder. Según los informes oficiales, al menos 840 personas fueron víctimas de homicidio o murieron en relación con las protestas, y más de 6.000 resultaron heridas. Miles de personas fueron recluidas y muchas sufrieron torturas o abusos. El ejército, representado por el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, asumió el poder, pero designó a civiles como primeros ministros y ministros interinos hasta la celebración de elecciones parlamentarias. Éstas empezaron en noviembre y debían concluir a principios de 2012. Se prometió que a mediados de 2012 se celebrarían elecciones presidenciales.
Inmediatamente después de la caída de Hosni Mubarak, el Consejo Supremo suspendió la Constitución de 1971, disolvió el Parlamento y emitió una Declaración Constitucional, por la que garantizaba varios derechos. También dejó en libertad a cientos de detenidos administrativos. En marzo se legalizaron la poderosa pero largamente proscrita Hermandad Musulmana y otras organizaciones prohibidas, que posteriormente concurrieron a las elecciones parlamentarias. El Partido de la Libertad y la Justicia, grupo político de la Hermandad Musulmana, se alzó como vencedor en los primeros resultados electorales. La formación política de Hosni Mubarak, el Partido Nacional Democrático, quedó disuelta en abril.
En marzo, el Ministerio del Interior cedió a la presión de semanas de protestas y desarticuló el Departamento de Investigaciones de la Seguridad del Estado, organismo de inteligencia tristemente conocido por sus torturas y otros abusos. Antes de su desarticulación, numerosos activistas irrumpieron en sus sedes de El Cairo y Alejandría, tras haberse propagado la noticia de que sus agentes estaban destruyendo pruebas de abusos contra los derechos humanos. El Departamento de Investigaciones fue sustituido por la Agencia de Seguridad Nacional, pero no estaba claro si se había establecido algún mecanismo de investigación de antecedentes para impedir el reclutamiento o traslado de agentes suyos implicados en torturas u otras violaciones de derechos humanos. No obstante, se presentaron cargos contra su director en relación con los homicidios de manifestantes en enero y febrero.
El Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas mantuvo el estado de excepción y, en septiembre, amplió la Ley del Estado de Excepción para penalizar actos como bloquear vías, difundir rumores y llevar a cabo acciones que constituyeran “atentados contra la libertad de trabajar”. En virtud de la reforma del Código Penal se endurecieron las penas por “matonería”, secuestro y violación, que en adelante se castigarían con la pena de muerte. Además, se promulgó la Ley 34 de 2011, que penalizaba las huelgas y cualquier forma de protesta que “obstruyera el trabajo”. Tras producirse en octubre actos de violencia en los que perdieron la vida 28 personas, en su mayoría coptos, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas prohibió la discriminación por motivos de género, origen, idioma, religión o credo.
Top of pagePese a la disolución del Departamento de Investigaciones de la Seguridad del Estado, cuyos funcionarios habían practicado impunemente la tortura, siguieron recibiéndose denuncias de tortura y otros malos tratos a manos de la policía y las fuerzas armadas, y varios detenidos murieron bajo custodia en circunstancias poco claras. En junio, la fiscalía estableció un comité de tres jueces para examinar las denuncias de tortura. Si bien se investigaron algunas de las interpuestas contra la policía, ninguna de las presentadas contra las fuerzas armadas se examinó de forma adecuada ni dio lugar a acciones judiciales.
Desde el 28 de enero, cuando se desplegó al ejército para contener las manifestaciones una vez retirada la policía de las calles, se recurrió a tribunales militares que no eran independientes ni imparciales, más que a tribunales penales ordinarios, para enjuiciar delitos y actos de violencia relacionados con las manifestaciones pese a ser los acusados civiles. Según la judicatura militar, en agosto ya se había enjuiciado a unas 12.000 personas ante los tribunales militares por cargos como “matonería”, violaciones del toque de queda, daños materiales, “insultos al ejército” u “obstrucción del trabajo”. Muchas quedaron en libertad con condenas condicionales de prisión o en virtud de un indulto, pero miles continuaban recluidas al concluir el año.
Las fuerzas de seguridad emplearon medios letales y fuerza excesiva contra manifestantes antes de la caída de Hosni Mubarak. Asimismo, guardias penitenciarios mataron a tiros a algunos presos condenados. Posteriormente, el ejército, la policía militar y las fuerzas centrales de seguridad continuaron utilizando la fuerza, en ocasiones excesiva, para dispersar nuevas protestas de manifestantes indignados y frustrados por la lentitud de las reformas políticas y de derechos humanos. En ocasiones los manifestantes fueron atacados por “matones” (hombres armados vestidos de civil y, según se creía, vinculados a la policía o simpatizantes del partido del anterior gobierno) y se enfrentaron a ellos. En numerosos casos, las fuerzas de seguridad dispararon de forma irresponsable gas lacrimógeno, perdigones y balas de goma contra los manifestantes; también emplearon munición real y, en al menos una ocasión, se abalanzaron con vehículos blindados contra manifestantes y los atropellaron.
Antes de la caída de Hosni Mubarak, las autoridades trataron de impedir que los manifestantes se organizaran, y para ello cortaron las líneas telefónicas y de Internet. Con el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas se impusieron nuevas restricciones a los medios de comunicación, y las fuerzas de seguridad irrumpieron en cadenas de televisión y amenazaron con la cárcel a periodistas y blogueros. Además, el Consejo Supremo emprendió acciones contra ONG de derechos humanos.
Las autoridades anunciaron que tenían previsto examinar la situación legal y la financiación de unas 37 organizaciones de derechos humanos, y que la fiscalía del Tribunal Supremo de Seguridad del Estado estaba considerando la posibilidad de presentar cargos de “traición” o “conspiración” contra las que operaran sin estar legalmente inscritas, recibieran fondos del extranjero sin permiso de las autoridades o llevaran a cabo actividades políticas “no permitidas”. El Banco Central ordenó a todos los bancos que facilitaran al Ministerio de Solidaridad y Justicia Social información sobre las transacciones económicas de las ONG y de los activistas. En diciembre, las fuerzas de seguridad registraron unas 17 ONG de derechos humanos y se incautaron de ordenadores y documentación.
Top of pageLas mujeres seguían discriminadas en la ley y en la práctica, aunque tuvieron un papel destacado en las protestas tanto antes como después de la caída de Hosni Mubarak. Algunas activistas y periodistas fueron víctimas de abusos sexuales y de otros tipos.
El Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas eliminó el sistema de cuotas de la ley electoral, que previamente reservaba 64 escaños (el 12 por ciento) para mujeres; en contrapartida exigió a todos los partidos políticos incluir al menos a una mujer en la lista de candidatos electorales, pero no necesariamente en los primeros puestos.
Top of pageSe incrementó la violencia entre los musulmanes y la comunidad cristiana copta, que seguía siendo víctima de discriminación y no se sentía adecuadamente protegida por las autoridades. Los ataques sectarios de presuntos islamistas contra personas e iglesias coptas parecieron aumentar después de que el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas asumiera el poder, y los homicidios de coptos en la manifestación de Maspero, en octubre, agudizaron las tensiones.
Las autoridades procesaron a algunos de los presuntos promotores de los homicidios de enero y febrero, pero por lo demás no impartieron justicia a los familiares de las personas muertas y heridas durante la “Revolución del 25 de Enero”. Los policías y miembros de las fuerzas de seguridad acusados de matar o causar lesiones a manifestantes o implicados en tales actos continuaron en sus puestos o fueron trasladados a puestos administrativos dentro del Ministerio del Interior; según informes, muchos trataron de presionar o persuadir a las familias de las víctimas y los testigos para que retiraran las denuncias. Miembros de las fuerzas armadas y de la policía cometieron impunemente abusos contra los derechos humanos, como torturas y homicidios ilegítimos.
Miles de personas continuaron viviendo en partes de asentamientos informales de El Cairo y de otros lugares calificadas oficialmente de “zonas inseguras” de residencia debido a desprendimientos de rocas y otros peligros. Corrían además riesgo de desalojo forzoso. El ejército desalojó a la fuerza a residentes de algunas “zonas inseguras” y a ocupantes ilegales de viviendas públicas vacías sin consultar con ellos ni avisarlos con antelación razonable. En muchos casos, las personas desalojadas quedaron sin hogar.
Las gobernaciones, en colaboración con el Centro para la Mejora de Asentamientos Informales, fondo implantado en 2008, elaboraron planes oficiales para realojar a los residentes de las “zonas inseguras”, pero no se consultó ni se dio siquiera información sobre los planes a las personas afectadas. El plan Cairo 2050 no se publicó ni se sometió plenamente a consulta de las comunidades de los asentamientos informales, probablemente las más afectadas, aunque en agosto el Ministerio de Vivienda afirmó que el plan no conllevaría desalojos forzosos.
Tras la “Revolución del 25 de Enero” aumentó la ocupación ilegal de edificios gubernamentales vacíos. Como respuesta, las autoridades locales llamaron al ejército y a la policía antidisturbios para desalojar a los ocupantes, tarea que se llevaba a cabo sin previo aviso.
Las fuerzas de seguridad siguieron disparando contra personas migrantes, refugiadas y solicitantes de asilo extranjeras que trataban de entrar en Israel a través de la frontera egipcia del Sinaí, y mataron al menos a 10. También acabaron con la vida de 10 eritreos que trataban de pasar de Sudán a Egipto. Muchas otras personas resultaron heridas por disparos, algunas gravemente, o fueron detenidas, juzgadas ante tribunales militares por “entrada ilegal en el país” y condenadas a prisión. Al menos 83 refugiados y solicitantes de asilo fueron expulsados a países donde corrían peligro de sufrir violaciones graves de derechos humanos; muchos de ellos eran eritreos. Al finalizar el año había más de 100 refugiados y solicitantes de asilo expuestos a ser expulsados.
Según la información recibida, los traficantes de personas extorsionaron, violaron, torturaron y mataron a refugiados, solicitantes de asilo y migrantes que trataban de cruzar la península del Sinaí hacia Israel, o les extirpaban órganos por la fuerza para venderlos en el mercado negro.
Top of pageAl menos 123 personas fueron condenadas a muerte, incluidas al menos 17 enjuiciadas sin las debidas garantías ante tribunales militares. Al menos una persona fue ejecutada.