El gobierno siguió centrado en el crecimiento económico, en ocasiones en detrimento de la protección y promoción de los derechos humanos en el país y en el extranjero. En torno a 250 personas murieron en los enfrentamientos entre maoístas armados y fuerzas de seguridad en varios estados del centro y el este del país. Al menos 40 personas murieron en atentados con explosivos en Bombay y Delhi. La campaña del activista Anna Hazare en favor de una legislación integral contra la corrupción dio sus frutos inicialmente, pero el Parlamento no aprobó las leyes propuestas. Las comunidades adivasis (indígenas) intensificaron sus protestas contra las iniciativas empresariales que pretendían adquirir y explotar sus tierras sin su consentimiento libre, previo e informado, lo que provocó la suspensión de algunos proyectos industriales. Las autoridades introdujeron nuevos marcos jurídicos para reformar la compra, rehabilitación y explotación minera de las tierras. Las personas que defendían los derechos humanos se enfrentaban a la cólera de organismos estatales y no estatales, y en algunos casos se presentaron contra ellas cargos de motivación política, como sedición. Muchas de ellas sufrieron amenazas, acoso e intimidación, y al menos cuatro activistas fueron víctimas de homicidio. Las autoridades cursaron una invitación permanente a todos los procedimientos especiales de la ONU para que visitasen el país. Sin embargo, la tortura y otros malos tratos, las ejecuciones extrajudiciales, las muertes bajo custodia y las detenciones administrativas seguían estando muy extendidas en algunos estados. Las nuevas iniciativas jurídicas para prohibir la tortura aún no habían arrojado resultados. A pesar de que se promulgó nueva legislación con el fin de garantizar justicia y reparación para las víctimas de actos de violencia entre comunidades religiosas perpetrados en el pasado, los mecanismos institucionales destinados a proteger los derechos humanos seguían siendo débiles, y los procesos judiciales avanzaban con lentitud a la hora de garantizar justicia a las víctimas de violaciones de derechos humanos cometidas en el pasado, como ejecuciones extrajudiciales y matanzas. En Nagaland y Assam se emprendieron iniciativas de paz que sin embargo continuaron sin abordar los abusos y violaciones de derechos humanos cometidos en el pasado. Al menos 110 personas fueron condenadas a muerte en los tribunales, pero, por séptimo año consecutivo, no hubo ejecuciones.
El rápido crecimiento económico en sectores urbanos clave se ralentizó, en parte debido al empeoramiento de la situación económica mundial y al aumento de la inflación. El crecimiento reciente apenas afectó a grandes zonas rurales de India cuyas comunidades vivían sumidas en una pobreza endémica, agravada por un sector agrícola estancado y problemas de seguridad alimentaria. Según cálculos oficiales, entre el 30 y el 50 por ciento de la población del país vivía en la pobreza. Al menos el 15 por ciento de la población llevaba una existencia precaria en barrios marginales urbanos y carecía de acceso adecuado a la atención a la salud, el agua, la alimentación y la educación.
La elección de India como integrante del Consejo de Seguridad y del Consejo de Derechos Humanos de la ONU puso de relieve su creciente importancia en los ámbitos regional e internacional. El país tomó medidas positivas para colaborar con los procedimientos especiales de la ONU. En enero, la relatora especial de la ONU sobre los defensores de los derechos humanos visitó India tras recibir una invitación oficial. En septiembre, en una iniciativa sin precedentes, las autoridades cursaron una invitación permanente a todos los procedimientos especiales temáticos de la ONU.
Las autoridades se mostraron reacias a hablar sobre las crisis de derechos humanos en la región y en otros lugares. India no se pronunció sobre las violaciones de derechos humanos cometidas durante los drásticos cambios registrados en Oriente Medio y el norte de África, ni sobre las perpetradas en el vecino Myanmar. Tampoco apoyó las peticiones de que Sri Lanka rindiese cuentas por las violaciones de derechos humanos cometidas cuando acabó la guerra en ese país, en 2009.
Top of pageContinuaron los enfrentamientos en el estado de Chhattisgarh entre grupos armados maoístas y fuerzas de seguridad respaldadas por la milicia Salwa Judum, que contaba con el apoyo del estado. Ambos bandos, cuyo objetivo habitual era la población civil, fundamentalmente la adivasi, fueron responsables de homicidios, secuestros e incendios. Sólo en Chhattisgarh, más de 3.000 personas, incluidos combatientes, habían muerto en enfrentamientos desde 2005. En torno a 25.000 personas continuaban desplazadas internamente, unas 5.000 vivían en campos y 20.000 estaban desperdigadas por los estados vecinos de Andhra Pradesh y Orissa.
En las zonas adivasis de Orissa, Jharkhand y Bengala Occidental se registraron enfrentamientos similares entre maoístas y fuerzas del estado. La suspensión de las actividades antimaoístas en Bengala Occidental a partir de mayo se vio empañada por las detenciones y la violencia política; las iniciativas de paz fracasaron en noviembre tras la muerte del líder maoísta Koteshwar “Kishenji” Rao, al parecer víctima de ejecución extrajudicial.
En julio, el Tribunal Supremo de India dictó una resolución histórica al ordenar el desmantelamiento de todas las milicias antimaoístas respaldadas por el estado de Chhattisgarh, a las que se acusaba de haber cometido graves violaciones de derechos humanos. Las autoridades del estado hicieron caso omiso de estas denuncias y respondieron desmantelando las milicias e incorporando a sus miembros a una fuerza auxiliar integrada por 6.000 personas.
En varios estados, las protestas de adivasis y otras comunidades marginadas bloquearon proyectos empresariales mineros, de irrigación y de otros tipos, previstos o ya en marcha, que afectaban a sus derechos sobre las tierras ancestrales. Como respuesta, las autoridades propusieron reformar los marcos jurídicos obsoletos y crear prácticas ad hoc para la adquisición y explotación de tierras, ofreciendo a las comunidades acuerdos controlados de rehabilitación y reparto de beneficios. Sin embargo, las protestas continuaron, pues las comunidades se quejaban de que la reciente legislación que garantizaba sus derechos sobre las zonas forestales no se estaba aplicando debidamente, y sostenían que las nuevas leyes no abordaban la necesidad de obtener su consentimiento libre, previo e informado para los proyectos.
En varios casos, la policía hizo un uso excesivo de la fuerza para reprimir las protestas de comunidades locales marginadas, tales como pequeños agricultores, adivasis y dalits. Además, en la mayoría de estos casos, las autoridades no llevaron a cabo investigaciones imparciales y a su debido tiempo.
Organismos estatales y no estatales perseguían a las personas que defendían los derechos de los adivasis y de otras comunidades marginadas y a quienes recurrían a legislación reciente para obtener información con el fin de proteger sus derechos. Los activistas exigieron legislación especial que los protegiese frente a esos ataques, circunstancia que la relatora especial de la ONU sobre los defensores de los derechos humanos puso de relieve en enero.
La impunidad por los abusos y las violaciones de derechos humanos seguía siendo generalizada. A pesar de que continuaron las protestas en el noreste y en Jammu y Cachemira, las autoridades seguían mostrándose reacias a derogar la Ley de Facultades Especiales de las Fuerzas Armadas de 1958, o a revocar la Ley de Zonas en Conflicto, que, en determinadas áreas, otorgaba a las fuerzas de seguridad autoridad para disparar a matar aun cuando no corriesen un peligro inminente.
Los responsables de desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales y otras violaciones de derechos humanos cometidas en el pasado en Punyab (en 1984 y 1994), Assam (en 1998 y 2001), Nagaland y Manipur continuaban eludiendo la acción de la justicia. Miembros de comunidades dalits de diversos estados sufrieron agresiones y discriminación. Apenas existía voluntad política para aplicar la legislación especial vigente y procesar a los responsables de estos actos violentos.
Tras casi 10 años desde que ocurrieran los hechos, se anunciaron las primeras condenas por los disturbios de 2002, en los que alrededor de 2.000 musulmanes murieron en Gujarat.
Continuaban sufriendo hostigamiento las personas que trabajaban para garantizar justicia para las víctimas de violaciones de derechos humanos cometidas en Gujarat en el pasado.
Continuaba reinando la impunidad por las violaciones de derechos humanos cometidas en Cachemira, como homicidios ilegítimos, tortura y la desaparición de miles de personas durante el conflicto armado que se libraba en la zona desde 1989. También seguían impunes la mayoría de los homicidios de más de 100 jóvenes cometidos por fuerzas de seguridad durante las protestas de 2010.
En marzo, Amnistía Internacional presentó un informe en Srinagar y pidió el fin de la detención administrativa en la zona y la derogación de la Ley de Seguridad Pública. Posteriormente, las autoridades propusieron la modificación de esta ley, para limitar el periodo de detención, y de la ley estatal sobre justicia de menores, para prohibir la detención de toda persona menor de 18 años. Sin embargo, las detenciones con arreglo a la Ley de Seguridad Pública continuaron siendo habituales, y algunos activistas y líderes políticos seguían recluidos sin cargos ni juicio. Varios menores de edad quedaron en libertad tras la intervención de Amnistía Internacional.
Más de 50 hombres fueron detenidos sin cargos, durante periodos de entre una semana y un mes, en relación con atentados con explosivos perpetrados en Bombay y Delhi. Se recurrió a la legislación sobre seguridad, endurecida tras los atentados perpetrados en Bombay en noviembre de 2008, para detener a personas sospechosas. Sin embargo, las investigaciones y los procesos judiciales sobre la mayoría de los casos de atentados terroristas cometidos en el pasado apenas avanzaron.
Al menos 110 personas fueron condenadas a muerte. Sin embargo, por séptimo año consecutivo no se llevaron a cabo ejecuciones. No obstante, los temores de que se reanudasen las ejecuciones aumentaron cuando las autoridades rechazaron las peticiones de indulto de cinco condenados a muerte, tres de ellos por el asesinato del ex primer ministro Rajiv Gandhi.
En diciembre se aprobaron nuevas leyes que prescribían la pena de muerte a las personas condenadas por ataques “terroristas” contra oleoductos y gasoductos que causasen muertes, y en el estado de Gujarat, por elaborar y vender bebidas alcohólicas ilegales.
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