Las elecciones en Myanmar se celebraron en un clima de severas restricciones a la libertad de expresión, reunión pacífica y asociación. Las autoridades detuvieron a personas críticas con el gobierno y a activistas de minorías étnicas a causa de sus actividades políticas. En torno a 2.200 personas continuaban recluidas por motivos políticos, y el estado de salud de muchas de ellas era precario. El gobierno obligó a desplazarse a residentes de localidades y, en ocasiones, de zonas enteras para facilitar proyectos de infraestructuras y desarrollo gestionados o auspiciados por él.
En noviembre se celebraron en Myanmar las primeras elecciones nacionales en 20 años, en medio de información creíble sobre irregularidades y fraude generalizado. El proceso electoral se diseñó de modo que las fuerzas armadas pudieran mantener el control de la autoridad, y muchos oficiales de alta graduación se dieron de baja del ejército para presentarse como candidatos a las elecciones y participar en el nuevo gobierno como civiles. Según informes, un partido auspiciado por el gobierno ganó los comicios por abrumadora mayoría.
La Liga Nacional para la Democracia, ganadora de las elecciones de 1990 y encabezada por Daw Aung San Suu Kyi, boicoteó los comicios. Una semana después de las elecciones, el gobierno dejó en libertad a Daw Aung San Suu Kyi, que llevaba siete años y medio bajo arresto domiciliario.
Durante todo el mes de agosto, el gobierno continuó presionando a grupos armados de minorías étnicas que previamente habían acordado el cese de hostilidades para que se convirtiesen en Fuerzas de Guardias de Fronteras. Batallas esporádicas registradas antes y después de las elecciones provocaron desplazamientos internos y obligaron a algunas personas a buscar refugio cruzando la frontera con Tailandia.
A lo largo del año aumentaron los llamamientos para la creación de una Comisión de Investigación internacional de las denuncias de crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra en Myanmar.
ArribaLas leyes electorales promulgadas en marzo y nuevas directivas aprobadas posteriormente conculcaban el derecho a la libertad de expresión, reunión pacífica y asociación. Privaban del derecho a voto, o excluían de algún otro modo, a un gran número de personas y grupos, incluidos Aung San Suu Kyi y el resto de los presos políticos, al prohibirles unirse a partidos políticos, votar o presentarse a las elecciones. Se impidieron las críticas al gobierno o la mención a los problemas del país en los discursos de campaña emitidos en medios de comunicación estatales. Tanto antes como después de los comicios, las autoridades detuvieron a algunas personas que criticaron al gobierno o hablaron abiertamente sobre temas relacionados con las elecciones.
El gobierno continuó reprimiendo a las minorías étnicas que protestaban en relación con las elecciones y a las personas que se oponían pacíficamente al impacto medioambiental de los proyectos de desarrollo e infraestructuras. Las autoridades también persiguieron a minorías étnicas por su apoyo, real o supuesto, a grupos armados.
Durante 2010, el número de presos políticos en Myanmar ascendía a aproximadamente 2.200, y era probable que la cifra fuese mucho mayor teniendo en cuenta que se desconocían los nombres y casos de los presos de minorías étnicas. La mayoría eran presos de conciencia. Al menos 64 activistas políticos fueron condenados a prisión, entre los que había algunos de los 49 detenidos a lo largo del año, y 38 fueron trasladados entre prisiones, incluidas algunas en zonas remotas. Siguieron denunciándose casos de tortura y otros malos tratos en las prisiones y durante la detención previa al juicio.
Un total de 38 personas recluidas por motivos políticos quedaron en libertad, incluido el portavoz de la Liga Nacional para la Democracia U Win Htein, excarcelado dos meses después de terminar de cumplir su condena, y el vicepresidente de dicho partido, U Tin Oo, tras siete años de arresto domiciliario. El 13 de noviembre, Aung San Suu Kyi quedó en libertad sin condiciones tras haber cumplido su condena a arresto domiciliario. Myint Maung y Thura Aung, encarcelados en 2008 y 2009 por ayudar a agricultores a entablar causas judiciales contra la confiscación ilegal de sus tierras, quedaron en libertad en agosto tras la reducción de sus condenas en la fase de apelación.
Entre los presos de conciencia que continuaban recluidos se encontraban:
Siguieron denunciándose casos de falta o denegación del tratamiento médico necesario en las prisiones, muchas de las cuales carecían de instalaciones médicas. Un gran número de presos políticos tenía problemas de salud, especialmente los recluidos en cárceles remotas en las que a menudo se les negaba el tratamiento médico que necesitaban. Entre ellos se encontraba un grupo de políticos shan, todos ellos presos de conciencia condenados en 2005 por críticas a la Convención Nacional, a los que se negó la atención médica adecuada en prisión:
Las fuerzas armadas continuaron provocando el desplazamiento forzado de los habitantes de localidades enteras, que se sumaron a las aproximadamente 500.000 personas desplazadas internamente en el país.
Las fuerzas armadas fueron responsables de violaciones de derechos humanos –trabajo forzoso, homicidios, palizas y confiscación de tierras– vinculadas a proyectos de desarrollo hidroeléctrico, petrolífero, minero y de gas. Las autoridades continuaron persiguiendo a residentes en la zona sospechosos de oponerse a los proyectos o de cuestionarlos.
En febrero, el relator especial de la ONU sobre la situación de los derechos humanos en Myanmar realizó una visita de cinco días al país, la tercera desde su nombramiento en 2008. En marzo, su informe al Consejo de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra hizo hincapié en que las violaciones de derechos humanos eran el resultado de una política estatal “en la que participan las autoridades ejecutivas, militares y judiciales a todos los niveles”. Señaló que algunas de estas violaciones de derechos humanos podrían constituir crímenes de lesa humanidad o crímenes de guerra según el derecho internacional, y pidió que la ONU estableciese una comisión de investigación. En marzo, el Consejo de Derechos Humanos aprobó la Resolución 13/25 sobre Myanmar, en la que pedía al gobierno que garantizase elecciones libres y transparentes y dejase en libertad a todos los presos de conciencia. Al finalizar el año, 14 países habían apoyado públicamente la petición del relator especial para que se crease una comisión de investigación: Australia, Canadá, Eslovaquia, Estados Unidos, Estonia, Francia, Grecia, Hungría, Irlanda, Lituania, Nueva Zelanda, Países Bajos, Reino Unido y la República Checa. En junio se negó al relator especial el visado para su cuarta visita a Myanmar.
En marzo, en respuesta a la promulgación de leyes electorales, el secretario general de la ONU también escribió una carta al general en jefe Than Shwe en la que le instaba a que dejase en libertad a todos los presos políticos antes de las elecciones.
En abril, la Unión Europea (UE) prorrogó durante un año más las sanciones impuestas a Myanmar.
En mayo, Estados Unidos también prorrogó las sanciones, y en junio renovó la prohibición de importaciones desde Myanmar, a la vez que defendía su política de diálogo con las autoridades birmanas.
En mayo, el Grupo de Trabajo sobre la Detención Arbitraria también consideró que la reclusión de Aung San Suu Kyi era arbitraria y violaba los artículos 9, 10, 19 y 20 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que prohíbe la detención arbitraria y establece el derecho de toda persona a la libertad de expresión y reunión y a ser oída públicamente por un tribunal independiente e imparcial.
En septiembre, el secretario general de la ONU publicó su propio informe sobre la situación de los derechos humanos en Myanmar, en el que expresó que el hecho de que los presos políticos continuasen recluidos era motivo de grave preocupación y pidió que el proceso electoral fuese inclusivo y digno de crédito. A finales de noviembre, tras las elecciones, se permitió que el asesor especial del secretario general de la ONU visitase el país. El asesor especial recomendó que la transición política incluyese a quienes no habían podido ni querido participar en las elecciones y pidió de nuevo la liberación de todos los presos políticos.
A lo largo del año apenas hubo declaraciones de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), que se limitó a pedir un proceso creíble, inclusivo, “libre y justo”, aunque una declaración ministerial realizada conjuntamente por la UE y la ASEAN en mayo afirmó que la pronta liberación de personas recluidas contribuiría a que las elecciones fuesen más inclusivas y a una transición política pacífica. Esta declaración se reiteró en octubre, en la declaración de la presidencia de la octava Reunión Asia-Europa (ASEM).
En diciembre, la Asamblea General adoptó su 20 resolución sobre Myanmar, en la que lamentaba profundamente que el gobierno myanmaro no hubiera celebrado un proceso electoral libre, transparente e inclusivo. La resolución pedía que la fase posterior a las elecciones fuese inclusiva y que se dejase en libertad a todos los presos de conciencia.
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