Graves inundaciones desplazaron a millones de paquistaníes, que sufrieron falta de alimentos, atención médica y albergue. Los grupos insurgentes cometieron homicidios ilegítimos en el Noroeste y en Baluchistán, zonas muy afectadas por el conflicto. Infligieron castigos crueles a civiles y perpetraron atentados suicidas mortales en las principales ciudades, causando cientos de muertos y heridos en la población civil. El conflicto del noroeste de Pakistán desplazó a más de 2 millones de personas. Las torturas, las muertes bajo custodia, los homicidios en nombre del “honor” y la violencia intrafamiliar persistieron, a pesar de nuevos compromisos internacionales de salvaguardar derechos. Miembros de las fuerzas armadas siguieron deteniendo arbitrariamente a civiles, que en algunos casos fueron víctimas de ejecución extrajudicial. Aumentaron los casos de desaparición forzada, sobre todo en Baluchistán, donde muchas de las víctimas aparecieron sin vida, y siguieron sin resolverse casos anteriores. La violencia contra las minorías religiosas se intensificó sin que el gobierno impidiera los ataques ni castigara a los autores. Continuó la moratoria no oficial de las ejecuciones, no obstante lo cual fueron condenadas a muerte más de 300 personas.
Unas inundaciones que comenzaron en el noroeste de Pakistán en julio causaron la muerte de casi 2.000 personas y afectaron directamente a más de 20 millones. Esta aguda crisis humanitaria agravó el sufrimiento de quienes ya estaban desplazados por el conflicto. El ejército paquistaní había expulsado a las fuerzas talibanes del valle de Swat y del Waziristán Meridional en 2009, y en 2010 las expulsó también de las agencias de Bajaur y Orakzai. A pesar de los éxitos en el campo de batalla, las autoridades militares y civiles no abordaron las causas subyacentes del conflicto. No hicieron nada para paliar el significativo subdesarrollo de la zona, pues no reconstruyeron infraestructura básica, como escuelas, ni atendieron el restablecimiento de los negocios. La ayuda humanitaria para las personas desplazadas seguía siendo insuficiente. En las zonas de conflicto se impidió actuar con eficacia a las organizaciones humanitarias y a los observadores independientes.
En 2010 se duplicaron con creces –hasta alcanzar la cifra de 118, según informes– los ataques de vehículos aéreos estadounidenses no tripulados contra presuntos insurgentes de Al Qaeda y talibanes en las regiones fronterizas de Pakistán, lo que intensificó los sentimientos antiestadounidenses en la población.
El 24 de marzo Pakistán ratificó el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y la Convención de la ONU contra la Tortura con amplias reservas. No se adoptó ninguna medida para incorporar estos compromisos internacionales a la legislación nacional.
En abril, la decimoctava enmienda constitucional puso fin a la facultad del presidente de disolver el Parlamento, introdujo el derecho de los ciudadanos a la libertad de información, mejoró la autonomía de las provincias y obligó a éstas a dar educación gratuita a todos los niños y niñas.
En octubre, Asma Jahangir, destacada defensora de los derechos humanos, fue elegida presidenta del Colegio de Abogados Acreditados ante el Tribunal Supremo. Era la primera mujer que ocupaba este cargo.
ArribaCentenares de civiles perdieron la vida en las operaciones realizadas por el ejército contra los insurgentes en el Noroeste. Decenas de presuntos insurgentes murieron a manos de lashkars, milicias tribales auspiciadas por el ejército, pero sin adiestramiento ni supervisión adecuados.
Según informes, las fuerzas de seguridad mataron a presuntos miembros de grupos armados en el Noroeste y en Baluchistán, casi siempre con impunidad. La ONG Comisión de Derechos Humanos de Pakistán informó del hallazgo de 282 cadáveres de presuntos insurgentes en el tiempo transcurrido entre el final de las operaciones militares en el valle de Swat, en julio de 2009, y mayo de 2010. Los habitantes de la zona atribuían estas muertes a las fuerzas de seguridad. Varios activistas que hacían campaña contra las desapariciones forzadas en Baluchistán fueron a su vez víctimas de desaparición forzada y asesinados.
En el Noroeste, los grupos armados infligieron castigos crueles e inhumanos, atacaron a la población civil y destruyeron estructuras civiles, incluidas escuelas.
Los grupos armados antigubernamentales mataron o hirieron a miles de civiles en atentados suicidas con bomba y ataques selectivos.
Según la Comisión de Derechos Humanos de Pakistán, entre 1.000 y 2.600 personas, entre ellas menores de edad relacionados con presuntos insurgentes, seguían bajo custodia militar tras las operaciones de búsqueda y militares de Swat, provincia de Khyber Pakhtunkhwa.
La policía torturó e infligió otros malos tratos a personas bajo su custodia. No adoptó medidas suficientes para proteger a personas de la violencia de multitudes y en algunos casos actuó aparentemente en connivencia con éstas.
En marzo, una comisión de tres miembros creada por el Tribunal Supremo comenzó a estudiar los casos de desaparición forzada. Su mandato incluía recabar datos de personas liberadas e investigar el papel de las agencias de inteligencia. Concluyó su labor el 31 de diciembre y presentó sus conclusiones y recomendaciones al gobierno federal. El informe de la comisión estaba clasificado como secreto al finalizar el año.
Había centenares de hombres en paradero desconocido, aparentemente tras haber estado bajo la custodia de los servicios de inteligencia o del ejército. La mayoría de los casos se produjeron en Baluchistán. Cientos de peticiones de hábeas corpus seguían pendientes de ejecución en los tribunales superiores provinciales, pero los servicios de inteligencia se negaban a acatar las órdenes judiciales. Algunas familias de personas desaparecidas recibieron amenazas por hablar sobre ellas.
Agentes del Estado y miembros de grupos armados antigubernamentales hostigaron, maltrataron y mataron a periodistas. Los agentes estatales no protegían a los periodistas de los ataques de los grupos armados: fueron víctimas de homicidio 19 trabajadores de medios de comunicación, lo que convirtió a Pakistán en el país más peligroso para estos profesionales en 2010, según el Sindicato Federal de Periodistas de Pakistán y el Comité para la Protección de los Periodistas. Las autoridades bloquearon algunos sitios web de noticias.
El Estado no impidió ni enjuició la discriminación, el hostigamiento y la violencia contra las minorías religiosas, que afectó de forma creciente también a los musulmanes suníes moderados. Se agredió y mató a ahmadíes, chiíes y cristianos en claros ataques de violencia interreligiosa. Según informes, grupos religiosos vinculados a los talibanes atacaron impunemente a chiíes, ahmadíes y sufíes. Se siguieron aplicando las leyes sobre la blasfemia contra ahmadíes y cristianos, así como contra musulmanes chiíes y suníes.
Persistió el uso abusivo de las leyes sobre la blasfemia. Al menos 67 ahmadíes, 17 cristianos, 8 musulmanes y 6 hindúes fueron acusados formalmente de blasfemia, y varios casos se desestimaron tras acusaciones discutibles o investigaciones inadecuadas de las autoridades, según la Comisión Nacional de Justicia y Paz.
El Estado no protegió de ataques posteriores a varias personas contra las que se habían presentado cargos de blasfemia.
La violencia de género –incluidas violaciones, matrimonios forzados, homicidios en nombre del “honor”, agresiones con ácido y otras formas de violencia en el ámbito familiar– se cometía impunemente, pues la policía era reacia a registrar e investigar las denuncias. Según la línea de ayuda telefónica Madadgaar, a finales de noviembre habían sido asesinadas 1.195 mujeres, 98 de las cuales habían sido violadas antes de su muerte. Las cifras de Madadgaar mostraban un total de 321 mujeres violadas y 194 violadas en grupo.
El 22 de diciembre, el Tribunal Federal de la sharia (ley islámica) decidió revocar varias disposiciones de la Ley de Protección de la Mujer de 2006. Con este fallo se trataba de restablecer unas disposiciones de la Ordenanza (islámica) Hudud de 1979 que eran sumamente discriminatorias para las mujeres.
Continuó la moratoria no oficial de las ejecuciones declarada a finales de 2008. Sin embargo, se impuso la pena de muerte a 356 personas, una de ellas menor de edad, en la mayoría de los casos por asesinato. Según la Comisión de Derechos Humanos de Pakistán, había unas 8.000 personas condenadas a muerte.
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