Se reprimieron implacablemente las protestas convocadas a raíz de los acontecimientos de otras zonas de la región. Se detuvo a cientos de personas por manifestarse o atreverse a pedir reformas, y algunas fueron enjuiciadas por cargos políticos o relacionados con la seguridad. Continuaron en prisión miles de personas sospechosas de delitos contra la seguridad. El sistema de justicia y la situación de las personas detenidas, entre las que había presos de conciencia, siguieron rodeados de hermetismo, aunque era evidente que persistían la tortura y los juicios manifiestamente injustos. Siguieron imponiéndose y aplicándose penas crueles, inhumanas y degradantes, en especial de flagelación. Las mujeres y las niñas sufrían grave discriminación en la ley y en la práctica, así como violencia. La intensificación de las actividades de campaña en favor de los derechos de las mujeres tuvo como consecuencia detenciones, aunque también pequeñas mejoras. Los trabajadores y trabajadoras migrantes siguieron siendo víctimas de explotación y abusos, cometidos en general impunemente por sus empleadores. Al menos 82 personas fueron ejecutadas, cifra muy superior a la registrada los dos años anteriores.
A principios de 2011, ante la convocatoria de manifestaciones en favor de reformas, el gobierno ofreció a la ciudadanía nuevas ayudas que, según informes, sumaban unos 127.000 millones de dólares estadounidenses. No obstante, continuaron celebrándose protestas de forma esporádica, protagonizadas sobre todo por musulmanes chiíes de la Provincia Oriental, que denunciaban sufrir discriminación y pedían la liberación de presos políticos. El 5 de marzo, el Ministerio del Interior reiteró la prohibición absoluta de las manifestaciones públicas, y las amenazas y un amplio despliegue de fuerzas de seguridad impidieron la celebración de un “día de la ira” convocado para el 11 de marzo por quienes propugnaban reformas. Aun así, a lo largo de 2011 cientos de personas fueron detenidas en relación con protestas, en su mayoría miembros de la minoría musulmana chií, activistas en favor de las reformas y activistas de los derechos de las mujeres. Muchas de ellas quedaron en libertad sin cargos.
A instancias, al parecer, de la familia gobernante de Bahréin, el 15 de marzo el gobierno envió allí a 1.200 soldados saudíes, que cruzaron la carretera elevada que unía ambos países en tanques y otros vehículos blindados, para ayudar a aplastar las protestas en demanda de reformas.
Top of pageEl Consejo Consultivo o Shura –organismo asesor del rey– debatió un nuevo anteproyecto de ley antiterrorista, pero al concluir el año éste no se había promulgado aún. En una versión del anteproyecto filtrada a Amnistía Internacional se proponía añadir amplias facultades nuevas a las concedidas ya al Ministerio del Interior y prescribir penas de prisión para toda persona que criticara al rey o expresara oposición al gobierno. Asimismo, permitía recluir a los presuntos delincuentes sin cargos ni juicio por un periodo potencialmente indefinido o, en caso de ser juzgados, celebrar juicios y vistas de apelación sin las debidas garantías, incluso por delitos penados con la muerte. Además, el anteproyecto de ley facultaba al ministro del Interior para ordenar escuchas telefónicas y registros domiciliarios sin autorización judicial. Preocupaba que la definición excesivamente imprecisa de “terrorismo” incluida en él pudiera utilizarse para castigar o suprimir la disidencia legítima.
Continuaban recluidas miles de personas sospechosas de delitos relacionados con la seguridad, muchas de las cuales llevaban largo tiempo privadas de libertad sin cargos, a pesar de que el límite legal de reclusión sin juicio era de seis meses. Entre ellas había adversarios del gobierno que llevaban meses o años recluidos sin juicio. Muchas personas recluidas por motivos de seguridad llevaban meses o años sin haber sido juzgadas ni condenadas o tras haber sido condenadas por actos que no constituían delitos reconocibles internacionalmente como tales.
En general, tras la detención y durante los interrogatorios, las personas sospechosas de delitos relacionados con la seguridad eran recluidas en régimen de incomunicación, con frecuencia durante meses, y no se les permitía recibir visitas de sus familiares. Muchas eran torturadas o sometidas a otros malos tratos. Normalmente permanecían recluidas hasta que las autoridades determinaban que no constituían una amenaza para la seguridad o hasta que se comprometían a no llevar a cabo actividades de oposición. Algunas quedaban en libertad, pero volvían a ser detenidas al poco tiempo, y muchas quedaban recluidas sin cargos ni juicio.
Siguió siendo imposible determinar de forma independiente el número de personas encarceladas por motivos de seguridad o por su presunta implicación en actividades terroristas, pero algunas declaraciones hechas por el gobierno en años anteriores permitían deducir en cierta medida su magnitud. En febrero, el ministro de Justicia anunció que el Tribunal Penal Especial de Riad había dictado sentencia en 442 causas que afectaban a 765 personas sospechosas de delitos relacionados con la seguridad. En abril, el Ministerio del Interior manifestó que en los últimos años habían sido puestas en libertad 5.831 personas detenidas por motivos de seguridad, 184 de ellas desde principios de 2011; se había interrogado y remitido a los tribunales a 5.080 y se estaba interrogando aún a 616; se había interrogado a otras 1.931 que podrían ser remitidas al Tribunal Penal Especial, y se había declarado culpables de “delitos de terrorismo” a 1.612. Además, el Ministerio del Interior aseguró que se había indemnizado a 486 personas condenadas por delitos contra la seguridad que habían permanecido recluidas tras haber cumplido condena.
Top of pageLa Ley de Prensa y Publicaciones se hizo extensiva en enero a las publicaciones web y se modificó de nuevo en abril con disposiciones que restringieron aún más la libertad de expresión. Muchas de las personas detenidas sin cargos ni juicio o condenadas en juicios injustos en los que no habían tenido asistencia letrada eran activistas de los derechos humanos, defensores pacíficos del cambio político, miembros de minorías religiosas o ciudadanos que pedían reformas.
Las autoridades impidieron los intentos de organizar protestas, y quienes trataron de manifestarse fueron detenidos o sufrieron otras formas de represión.
Cientos de musulmanes chiíes fueron detenidos a raíz de protestas celebradas en la Provincia Oriental. La mayoría quedaron en libertad, pero algunos continuaron recluidos.
Las mujeres siguieron sufriendo grave discriminación en la ley y en la práctica. Para viajar, aceptar trabajo remunerado, matricularse en centros de educación superior y casarse, necesitaban la autorización de un tutor varón, y su testimonio tenía menos peso en un tribunal que el de los hombres. Se estimaba que la violencia intrafamiliar seguía siendo muy común.
Las mujeres se unieron a las reivindicaciones en favor de las reformas y se organizaron para defender sus derechos. Un grupo lanzó en Internet la campaña "Women 2 Drive" (Mujeres al volante), que instaba a las saudíes con permiso internacional de conducción a empezar a conducir por las carreteras del país a partir del 17 de junio. Según informes, decenas de mujeres siguieron la consigna, y algunas fueron detenidas y obligadas a comprometerse por escrito a dejar de conducir. Al menos dos se enfrentaban a juicio. Esta campaña se integró posteriormente en un movimiento nuevo y más amplio en favor de los derechos de las mujeres y con el lema de “Mi derecho, mi dignidad”.
En septiembre, el rey anunció que a partir de 2015 las mujeres podrían votar y presentarse como candidatas en las elecciones municipales, únicos comicios públicos del país, así como ser designadas miembros del Consejo Consultivo.
Los trabajadores y trabajadoras migrantes seguían siendo víctimas de explotación y abuso a manos de empleadores privados y públicos, y sus posibilidades de obtener reparaciones eran escasas o nulas. Entre los abusos más extendidos figuraban la imposición de largas jornadas laborales, el impago de salarios y la violencia, sobre todo contra trabajadoras domésticas. Las mujeres empleadas en el servicio doméstico que huían de su patrocinador debido a los abusos de que eran objeto acababan con frecuencia en peores condiciones en el mercado de trabajo ilegal.
Excepcionalmente, en el caso de Sumiati binti Salan Mustapa, empleada doméstica indonesia que había necesitado tratamiento hospitalario en 2010 tras haber sufrido cortes, quemaduras y golpes, presuntamente a manos de su empleadora, ésta fue condenada a cuatro meses de prisión en octubre, pero posteriormente quedó en libertad, habida cuenta del tiempo que llevaba ya recluida.
Top of pageSe recibieron nuevamente informes de tortura y otros malos tratos, reiterada forma de abuso que parecía seguir utilizándose de manera habitual en los interrogatorios para obtener “confesiones” de los sospechosos.
Los tribunales imponían de manera habitual penas de flagelación, ya fuera como condena principal o suplementaria. Más de un centenar de hombres y mujeres fueron condenados a flagelación.
El número de ejecuciones registradas creció drásticamente, hasta situarse al menos en 82, más del triple de las registradas en 2010. Entre las personas ejecutadas figuraban al menos 5 mujeres y 28 extranjeros. Había como mínimo 250 presos condenados a muerte, en algunos casos por delitos no violentos, como apostasía y brujería. Muchos eran extranjeros, condenados por delitos relacionados con drogas en juicios manifiestamente injustos.
Los hermanos Muhammad y Saud Jaber Shahbah al Jaid, de nacionalidad saudí, fueron ejecutados el 30 de julio. Habían sido condenados a muerte por asesinato en 1998. En el juicio no habían tenido acceso a un abogado y, según informes, Saud había confesado bajo coacción, al detener las autoridades a su anciano padre para presionarlo. Al parecer, no se informó a sus familias previamente de las ejecuciones.