Continuaron las detenciones arbitrarias, las torturas y otros malos tratos y las desapariciones forzadas a manos del gobierno, que no abordó casi ningún caso de impunidad por violaciones del derecho internacional humanitario y de los derechos humanos y rechazó las repetidas denuncias de crímenes de guerra cometidos por ambas partes en el conflicto finalizado en 2009, provocando que Amnistía Internacional reiterase sus llamamientos en favor de una investigación independiente.
Sri Lanka siguió recurriendo a unas leyes sobre seguridad y a un aparato militar que perpetuaban las violaciones de derechos humanos. En junio, el gobierno se opuso a los intentos de aumentar la transparencia oficial al bloquear un proyecto de Ley del Derecho a la Información respaldado por la oposición. Continuó la tendencia a la violencia política en el país, y las iniciativas destinadas a la reconciliación entre etnias apenas avanzaron. El 30 de agosto, Sri Lanka levantó el estado de excepción, vigente durante decenios de forma casi ininterrumpida, pero conservó la represiva Ley de Prevención del Terrorismo e introdujo nuevos reglamentos con arreglo a ella para mantener la prohibición contra los Tigres de Liberación de Eelam Tamil, continuar recluyendo sin cargos ni juicio a personas sospechosas de pertenecer a este grupo y mantener las zonas de alta seguridad bajo control militar. Se recurrió al ejército para realizar funciones policiales civiles, y la Fuerza Especial de Operaciones, unidad policial de élite con antecedentes de abusos, actuó en toda la isla. El ejército restringió la libertad de asociación y reunión en el norte y el este, de forma que era preciso solicitar autorización previa incluso para las celebraciones familiares. Las fuerzas de seguridad exigieron a los habitantes tamiles de estas zonas que inscribieran en un registro a las personas que vivían en el domicilio familiar, a pesar de que una resolución judicial había declarado esta práctica discriminatoria.
Top of pageAl finalizar 2011, casi 400.000 personas desplazadas por el conflicto habían regresado al norte, pero muchas de ellas seguían viviendo en condiciones de inseguridad, con viviendas deficientes y escaso acceso a la atención a la salud y la educación. En torno a 16.000 personas continuaban en campos gestionados por el gobierno. Las autoridades tenían previsto cerrar el resto de los campos para personas desplazadas y reasentar a unas 5.500, trasladándolas de zonas de Mullaitivu que seguían bajo control militar a un lugar selvático de Kombavil. Quienes defendían a los desplazados expresaron preocupación por tratarse de un reasentamiento no voluntario.
Top of pageSe atribuyó a bandas vinculadas a las fuerzas de seguridad y partidos políticos alineados con el gobierno, como el Partido Democrático Popular de Eelam, los Tigres de Liberación del Pueblo Tamil y el Partido Srilankés de la Libertad, la comisión de robos, secuestros, violaciones, agresiones y asesinatos en Jaffna, el este de Sri Lanka y, cada vez más, otras partes del país. Estos abusos iban dirigidos contra activistas políticos, personas desplazadas que habían regresado y ex miembros de los Tigres de Liberación de Eelam Tamil.
Top of pageContinuaron denunciándose desapariciones forzadas y siguieron sin resolverse miles de casos de años anteriores. El gobierno no ratificó la Convención Internacional para la Protección de Todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas.
En enero, una serie de testigos declararon ante la Comisión de Experiencia Adquirida y Reconciliación srilankesa en Mannar y Madhu, en un intento de encontrar a seres queridos a quienes se había visto rendirse ante el ejército en mayo de 2009.
En julio, el Departamento de Policía informó de que 1.700 personas habían sido secuestradas desde 2009, en la mayoría de los casos para exigir un rescate.
Top of pageEn noviembre, el gobierno reconoció que 876 personas adultas seguían bajo detención administrativa con arreglo a la Ley de Prevención del Terrorismo; de ellas, 845 hombres y 18 mujeres eran tamiles. Estas personas figuraban entre los casi 12.000 presuntos integrantes de los Tigres de Liberación de Eelam Tamil que se habían rendido o habían sido capturados por el ejército y posteriormente, una vez finalizado el conflicto, habían permanecido recluidos sin cargos durante meses o años. Se fue poniendo en libertad por tandas a personas detenidas con fines de “rehabilitación”, pero al final del año seguían recluidas alrededor de 1.000; las liberadas continuaron sometidas a vigilancia militar y, según informes, fueron objeto de hostigamiento por parte de las autoridades.
A pesar de las leyes que prohibían la tortura, seguían siendo habituales la tortura y otros malos tratos a presuntos delincuentes y personas detenidas por su presunta vinculación con los Tigres de Liberación de Eelam Tamil. Las autoridades no se tomaban en serio la violación ni otros tipos de violencia de género que constituían tortura. La violencia sexual apenas se denunciaba, y, cuando se hacía, las investigaciones eran deficientes.
Top of pageEl 30 de mayo, la policía lanzó gas lacrimógeno y disparó fuego real contra trabajadores y sindicalistas que se manifestaban en la mayor zona franca industrial del país. Según informes, centenares de manifestantes y policías resultaron heridos; Roshan Chanaka, de 21 años, fue víctima de homicidio. El presidente Rajapaksa ordenó que se llevase a cabo una investigación. El inspector general de la policía dimitió tras lo sucedido y otros mandos policiales fueron trasladados.
Top of pageContinuaron registrándose muertes bajo custodia, muchas de ellas en circunstancias sospechosas. La policía declaró a menudo que las víctimas habían muerto al tratar de escapar.
El gobierno no investigó adecuadamente ni enjuició casi ninguna de las presuntas violaciones del derecho internacional humanitario y de los derechos humanos cometidas, que correspondían especialmente a la última etapa del conflicto armado y rechazó las conclusiones del Grupo de Expertos del secretario general de la ONU sobre la rendición de cuentas en Sri Lanka.
El Grupo de Expertos concluyó que existían denuncias creíbles de que ambas partes habían cometido crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad. Determinó que la Comisión de Experiencia Adquirida y Reconciliación, promocionada por las autoridades como mecanismo de rendición de cuentas adecuado para abordar lo ocurrido durante la guerra, adolecía de graves deficiencias y no tenía independencia e imparcialidad suficientes. Recomendó que el secretario general de la ONU iniciase una investigación independiente sobre las denuncias y ordenase un examen de la actuación de la ONU en el país. El Consejo de Derechos Humanos de la ONU no siguió las recomendaciones del Grupo de Expertos.
En el informe final de la Comisión de Experiencia Adquirida y Reconciliación, publicado el 16 de diciembre, se reconoció la existencia de graves problemas de derechos humanos en Sri Lanka, pero no se trataron de manera exhaustiva las denuncias de crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad cometidos en las fases finales del conflicto. Tampoco se examinaron en él de manera crítica las respuestas del gobierno, lo que puso de relieve la necesidad de una investigación internacional independiente.
Diversas autoridades de Sri Lanka, incluido el presidente del país y altos representantes diplomáticos, fueron objeto de denuncias ante tribunales suizos, alemanes y estadounidenses como responsables de asesinato, tortura y ataques del ejército contra la población civil.
La represión de la disidencia pacífica seguía siendo habitual. En los medios de comunicación estatales se tildaba de traidores a los defensores y defensoras de los derechos humanos que realizaban labores de promoción de ámbito internacional o se relacionaban con ONG internacionales o representantes diplomáticos; además, estas personas eran objeto de amenazas anónimas y campañas difamatorias.
Las autoridades atacaron y censuraron medios de comunicación y a quienes trabajaban en ellos, y no exigieron responsabilidades por agresiones a periodistas. El 7 de noviembre, el gobierno bloqueó sitios web cuyo contenido consideraba “perjudicial” para la imagen de Sri Lanka, y anunció que todos los sitios web con información sobre el país debían inscribirse en el Ministerio de Información y Medios de Comunicación o serían objeto de posibles acciones legales.