En Darfur y en Sudán del Sur, centenares de miles de civiles siguieron sufriendo las consecuencias del conflicto armado y restricciones en el acceso a la ayuda humanitaria. El conflicto de Darfur se intensificó, dando lugar a ataques contra pueblos que obligaron a desplazarse a miles de personas más. La violencia sexual contra las mujeres continuó siendo un fenómeno habitual en los campos de personas internamente desplazadas y en sus alrededores. Aumentaron también los secuestros y los ataques a convoyes de ayuda humanitaria. Siguieron perpetrándose con impunidad violaciones de derechos humanos, sobre todo por parte del Servicio de Inteligencia y Seguridad Nacional. Se detuvo y se torturó o maltrató a presuntos detractores del gobierno y se los procesó por ejercer su derecho a la libertad de expresión, asociación y reunión. Continuaron imponiéndose penas de muerte, incluso a menores de edad. En el norte se detuvo y flageló a hombres, mujeres y niñas por su “vestimenta” o “comportamiento” en lugares públicos.
En abril se celebraron elecciones a la presidencia y al Parlamento. El presidente Al Bashir resultó reelegido entre denuncias de fraude y amaño de votos, que llevaron a algunos de los principales partidos de la oposición a retirarse de los comicios.
Las disensiones entre el Partido del Congreso Nacional y el Movimiento de Liberación Popular de Sudán caracterizaron los preparativos del referéndum de autodeterminación de Sudán del Sur, previsto para el 9 de enero de 2011. Entre las cuestiones objeto de disputa figuraban el censo electoral y la demarcación de fronteras, sobre todo en la zona de Abyei, rica en petróleo y una de las tres zonas de transición (junto con el Nilo Azul y Kordofan Meridional).
En febrero, bajo el auspicio de la mediación conjunta de la ONU y la Unión Africana (UA) y del gobierno qatarí, se reanudaron en Doha (Qatar) las negociaciones entre el gobierno de Sudán y varios grupos armados de Darfur con vistas a la celebración de unas conversaciones de paz. El 23 de febrero, el gobierno y el Movimiento Justicia e Igualdad, grupo armado de oposición, firmaron en Doha un “acuerdo marco para resolver el conflicto de Darfur” similar al suscrito en 2009.
El 1 de octubre, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU renovó el mandato del experto independiente sobre la situación de los derechos humanos en Sudán.
En octubre, una delegación del Consejo de Seguridad de la ONU visitó Sudán para preparar el referéndum.
En diciembre se celebró en Kuwait una conferencia internacional de donantes e inversores para el este de Sudán. La marginación, la proliferación de armas y la inseguridad siguieron afectando a la región. Además, centenares de refugiados llegaban cada mes de los países vecinos, en concreto de Eritrea, Etiopía y Somalia.
ArribaEl 8 de febrero, la Corte Penal Internacional decidió no confirmar los cargos contra Bahar Idriss Abu Garda, líder del Frente Unido de Resistencia, grupo armado de Darfur. La Corte lo había citado en relación con tres crímenes de guerra cometidos en 2007, durante un ataque efectuado en Haskanita contra fuerzas de mantenimiento de la paz de la Misión de la Unión Africana en Sudán (AMIS). Bahar Idriss Abu Garda había comparecido voluntariamente el 18 de mayo de 2009. Tras rechazar el 23 de abril de 2010 un recurso presentado por la Fiscalía, la Sala de Cuestiones Preliminares de la Corte se negó de nuevo a confirmar los cargos.
El 17 de junio comparecieron ante la Corte Abdallah Banda Abbaker Nourein, comandante en jefe de la junta dirigente del Movimiento Justicia e Igualdad, y Saleh Mohammed Jerbo Jamus, ex jefe del estado mayor de Unidad –facción del Ejército de Liberación de Sudán– que posteriormente se había unido al Movimiento Justicia e Igualdad. La vista para confirmar los cargos presentados contra ambos se celebró el 8 de diciembre.
El 12 de julio, la Corte dictó una orden de detención adicional contra el presidente Al Bashir por genocidio. La Sala de Cuestiones Preliminares había llegado a la conclusión de que existían fundamentos razonables para formular contra él tres cargos de genocidio contra las comunidades étnicas fur, massalit y zaghawa.
En julio, la Asamblea de la UA se reafirmó en su decisión de no colaborar con la Corte en relación con la detención y entrega del presidente Al Bashir. La Asamblea pidió a los Estados miembros de la UA que acataran esta decisión. En julio y agosto, el presidente Al Bashir visitó Chad y Kenia, Estados Partes, ambos, en el Estatuto de Roma.
El gobierno sudanés no colaboró con la Corte. Las tres personas contra las que ésta había dictado órdenes de detención –el presidente Al Bashir; Ahmed Haroun, gobernador de Kordofan Meridional desde 2009, y Ali Kushayb, ex dirigente de los yanyawid– siguieron sin ser procesadas tampoco en Sudán.
ArribaEn febrero, coincidiendo con las conversaciones que mantenía en Doha con varios grupos armados de Darfur sobre un posible acuerdo de paz, el gobierno de Sudán inició una campaña militar en esta región. Según cálculos, los enfrentamientos armados entre tropas del gobierno y la facción de Abdel Wahid del Ejército de Liberación de Sudán provocaron entre febrero y junio el desplazamiento de unas 100.000 personas, sobre todo en la zona de Jebel Marra, en Darfur Occidental. Durante varios meses se impidió el acceso a dicha zona a la misión conjunta de la ONU y la UA en Darfur (UNAMID) y a las organizaciones humanitarias. Los enfrentamientos entre diversas comunidades, agudizados por las divisiones existentes en los grupos armados, se intensificaron también. Los combates entre comunidades y los enfrentamientos entre tropas del gobierno y el Movimiento Justicia e Igualdad y la facción de Abdel Wahid del Ejército de Liberación de Sudán ocasionaron centenares de víctimas en la población civil.
En febrero, en virtud de una cláusula sobre intercambio de prisioneros incluida en el acuerdo marco firmado en Doha, el gobierno puso en libertad a 57 presuntos miembros del Movimiento Justicia e Igualdad. Cincuenta de ellos habían sido condenados a muerte por tribunales especiales antiterroristas tras el ataque perpetrado por el Movimiento Justicia e Igualdad en mayo de 2008 contra Jartum.
Los gobiernos de Sudán y Chad crearon una fuerza conjunta encargada de vigilar la frontera entre ambos países, y el gobierno chadiano no permitió la entrada en su territorio a Khalil Ibrahim, dirigente del Movimiento Justicia e Igualdad, cuyas bases se encontraban principalmente en el este de Chad. En estas circunstancias, Khalil Ibrahim se refugió en Libia, y el Movimiento Justicia e Igualdad volvió a entrar en Darfur. El acuerdo entre el Movimiento y el gobierno sudanés saltó por los aires, lo que provocó enfrentamientos militares, por ejemplo, en la zona de Jebel Moon.
En el campo de Kalma, en Darfur Meridional, los enfrentamientos armados entre partidarios y detractores del proceso de paz de Doha ocasionaron en julio decenas de víctimas entre los residentes y obligaron a la mitad de éstos a abandonar el campo. Durante varias semanas, el gobierno no permitió a quienes vivían allí el acceso a ayuda humanitaria, y las organizaciones responsables de facilitarla tenían dificultades para conocer el paradero de quienes se habían marchado.
El gobierno adoptó en septiembre una nueva estrategia para limitar los efectos del conflicto de Darfur, fomentando el retorno “voluntario” de los desplazados internos a sus lugares de origen y planeando actividades de desarrollo en vez de recuperación. Varios grupos armados y partidos políticos rechazaron la nueva estrategia por considerar que el gobierno intentaba desmantelar los campos y obligar a los desplazados a volver a sus pueblos mientras buscaba una solución militar al conflicto.
La población de Sudán del Sur y de las tres zonas de transición siguió sufriendo las consecuencias de los enfrentamientos intercomunitarios por el ganado, la tierra y los recursos naturales, si bien el grado de violencia fue disminuyendo a lo largo del año. La proliferación de armas pequeñas y los abusos contra los derechos humanos perpetrados por varios grupos, incluido el Ejército de Liberación de Sudán, continuaron afectando a las comunidades y a los trabajadores de ayuda humanitaria.
No obstante, decenas de miles de desplazados internos y refugiados regresaron a Sudán del Sur desde el norte y desde los países vecinos, en especial de Uganda.
El Ejército de Resistencia del Señor atacó pueblos en Sudán del Sur. Según el ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados, hasta agosto 25.000 personas huyeron de sus hogares en Ecuatoria Occidental por el temor a los ataques de este grupo. La intensificación de los ataques restringió el acceso de la población a los pastos y campos de cultivo y aumentó la inseguridad alimentaria.
ArribaEn febrero entró en vigor la nueva Ley de Seguridad Nacional, aprobada en diciembre de 2009. La Ley mantenía las amplias facultades del Servicio de Inteligencia y Seguridad Nacional para practicar detenciones y mantener a los detenidos recluidos sin supervisión judicial por un periodo de hasta cuatro meses y medio.
El Servicio de Inteligencia y Seguridad Nacional siguió deteniendo, recluyendo en régimen de incomunicación, torturando, maltratando y persiguiendo judicialmente a activistas políticos y defensores de los derechos humanos por ejercer de manera pacífica su derecho a la libertad de expresión, reunión y asociación. Sus agentes continuaron sin tener que enfrentarse a procesamiento ni a medidas disciplinarias por violaciones de derechos humanos.
Como consecuencia de estas prácticas, continuaron huyendo de Sudán defensores de los derechos humanos, y los que se quedaban limitaban sus actividades.
En el norte, entre mayo y agosto, el Servicio de Inteligencia y Seguridad Nacional volvió a someter a la prensa a censura previa y clausuró varios periódicos. Algunos no pudieron imprimirse durante todo el periodo de la censura. Se detuvo a periodistas por sus actividades profesionales.
En Sudán del Sur, los periodistas sufrían también hostigamiento y detención arbitraria, sobre todo por su cobertura de las elecciones. Las fuerzas de seguridad y el Ejército de Liberación Popular de Sudán detuvieron a periodistas, observadores electorales y miembros de la oposición y los sometieron a actos de violencia. También se hostigó e intimidó a votantes en los colegios electorales.
En el norte, la policía de orden público siguió deteniendo a hombres, mujeres y niñas por comportarse o vestir de manera “indecente” o “inmoral”, y los tribunales impusieron numerosas penas de flagelación a lo largo del año. Se introdujeron más restricciones en lo tocante al modo de comportarse en público y, según los informes, la policía de orden público creó comités encargados de determinar los criterios por los que debían regirse las detenciones por conducta o vestimenta “indecente”.
Antes de las elecciones de abril, el presidente Al Bashir reiteró su compromiso con el régimen de orden público, nombre dado al conjunto de leyes y estructuras que permitían las detenciones y flagelaciones en el norte de Sudán. La policía de orden público siguió chantajeando a mujeres y acosándolas sexualmente durante su detención y reclusión y persiguiendo a mujeres de sectores vulnerables, como mujeres sumidas en la pobreza, desplazadas internas y mujeres eritreas y etíopes residentes en Jartum.
Tanto en el norte como en Sudán del Sur, los tribunales siguieron imponiendo penas de muerte, incluso a menores de edad. Después de que en febrero el gobierno sudanés y el Movimiento Justicia e Igualdad firmaran en Doha el acuerdo marco para la celebración de unas conversaciones de paz, se puso en libertad a 50 hombres, pero otros 55 siguieron en prisión a la espera del resultado de recursos presentados contra sus penas de muerte. Al parecer, 8 de los 55 condenados eran menores de edad y, a pesar de que el gobierno había dado garantías de que no se los ejecutaría, al finalizar el año no se les había conmutado la condena.