Continuó la intolerancia de las autoridades con la disidencia. Quienes criticaban al gobierno, incluidos defensores y defensoras de los derechos humanos, se exponían a ser detenidos y encarcelados tras juicios injustos, y a que se les prohibiera salir del país. Algunas de estas personas eran presos de conciencia. Se negaba a las ONG de derechos humanos y a los partidos políticos de la oposición la autorización necesaria para desarrollar sus actividades. Las fuerzas del Estado y la policía siguieron perpetrando torturas y otros malos tratos con impunidad, y al menos ocho personas murieron bajo custodia en circunstancias sospechosas. El gobierno no aclaró la suerte que habían corrido 49 presos desaparecidos desde un violento incidente registrado en 2008 en la prisión militar de Saydnaya, ni tomó tampoco medidas para esclarecer los millares de casos de desaparición forzada de años anteriores. Las mujeres sufrían discriminación y violencia de género. Al menos 22 personas, en su mayoría mujeres, fueron víctimas de homicidio en nombre del “honor”. Siguió negándose a los miembros de la minoría kurda el acceso en condiciones de igualdad a los derechos sociales, económicos y culturales. Se ejecutó al menos a 17 personas, incluida una mujer que había sido víctima al parecer de abusos sexuales y físicos.
Siria continuó bajo el estado de excepción vigente ininterrumpidamente en todo el país desde 1963, que daba a las autoridades amplias facultades en materia de detención y reclusión.
En enero se adoptó una progresista ley para prohibir y penalizar la trata de personas.
En julio, el Ministerio de Educación Superior prohibió a las mujeres llevar el niqab (velo del rostro) en la universidad.
En septiembre, el relator especial de la ONU sobre el derecho a la alimentación expresó su preocupación por el hecho de que, según los cálculos, entre 2 y 3 millones de personas vivieran en Siria sumidas en una pobreza extrema e instó al gobierno a poner en marcha una estrategia integral a escala nacional para hacer realidad el derecho a una alimentación adecuada.
En octubre se dictaron órdenes de detención contra 33 ciudadanos libaneses y de otras nacionalidades en respuesta a una demanda interpuesta por Jamil al Sayyed, alto funcionario libanés que, junto con otros tres, había permanecido más de tres años recluido en Líbano sin cargos ni juicio en relación con la investigación del asesinato del ex primer ministro libanés Rafiq Hariri en 2005. En 2009, las autoridades libanesas habían puesto en libertad a los cuatro después de que el fiscal del Tribunal Especial para el Líbano confirmara que éste no podía dictar acta de acusación formal contra ellos en el plazo previsto en las leyes.
Se recibieron informes según los cuales se estaba estudiando una nueva ley para reforzar al parecer el control sobre los medios de comunicación en Internet.
ArribaLas autoridades siguieron utilizando las facultades que les confería el estado de excepción para castigar y silenciar a sus detractores, incluidos activistas políticos, defensores de los derechos humanos, autores de blogs y activistas de los derechos de la minoría kurda. A las personas que se mostraban críticas se las detenía de forma arbitraria y se las mantenía recluidas sin juicio durante largos periodos, o se las encarcelaba después de ser juzgadas sin las debidas garantías por el Tribunal Supremo de Seguridad del Estado o por tribunales militares o penales. Al no poder obtener las ONG de derechos humanos la autorización necesaria para desarrollar su trabajo, los abogados afiliados a ellas corrían el riesgo de ser objeto de medidas disciplinarias por parte del Colegio de Abogados, institución controlada por el gobierno. Centenares de presuntos disidentes, incluidos ex presos políticos y familiares suyos, tenían prohibido viajar al extranjero y, en algunos casos, trabajar en el sector público.
Las personas sospechosas de ser islamistas o miembros de la organización prohibida Hermandad Musulmana estaban expuestas a ser detenidas de manera arbitraria, recluidas por tiempo prolongado, sometidas a tortura y otros malos tratos y juzgadas sin las debidas garantías, principalmente ante el Tribunal Supremo de Seguridad del Estado, que rara vez imponía penas inferiores a cinco años de cárcel. Las que eran declaradas culpables de pertenecer a la Hermandad Musulmana eran condenadas a muerte, aunque se les conmutaba de inmediato la pena por 12 años de prisión. En la prisión militar de Saydnaya, donde las condiciones eran muy duras, permanecían recluidos centenares de islamistas convictos.
La tortura y otros malos tratos eran comunes en las comisarías de policía y en los centros de detención de los cuerpos de seguridad, y se cometían con impunidad. Según los informes, los abusos contra presuntos islamistas y miembros de la minoría kurda eran especialmente duros. El Tribunal Supremo de Seguridad del Estado y otros tribunales dictaban a menudo sentencias condenatorias basadas en “confesiones” obtenidas presuntamente bajo tortura u otros medios de coacción.
En mayo, el Comité de la ONU contra la Tortura expresó su preocupación por las “numerosas, continuas y concordantes” denuncias de uso frecuente de la tortura por los agentes del orden o los funcionarios encargados de las investigaciones, o a instigación suya o con su consentimiento, en particular en los centros de detención, y criticó que el estado de excepción se hubiera convertido en una situación “cuasipermanente” y permitiera “la suspensión de derechos y libertades fundamentales”. El gobierno no respondió, y al finalizar el año no había aplicado todavía ninguna de las muchas recomendaciones del Comité.
ArribaSe produjeron al parecer ocho muertes bajo custodia, posiblemente como consecuencia de torturas. No se tuvo noticia de que las autoridades las investigaran.
Las autoridades no adoptaron medidas para aclarar los casos de millares de personas, en su mayoría islamistas, que habían desaparecido a finales de la década de 1970 y principios de la siguiente, o habían sido secuestradas en Líbano por fuerzas sirias o por milicias palestinas y libanesas prosirias y entregadas después a las fuerzas sirias durante los años previos a la retirada de éstas del país en abril de 2005. Las autoridades no explicaron tampoco los sucesos ocurridos en la prisión militar de Saydnaya en julio de 2008: según informes, 17 presos y 5 personas más habían sido víctimas de homicidio y desde entonces no se tenía información sobre 49 personas recluidas allí en aquel momento ni se sabía que se hubiera tenido contacto con ellas. En mayo, el Comité de la ONU contra la Tortura instó al gobierno a llevar a cabo una investigación independiente y “comunicar a los familiares de los reclusos involucrados en el incidente si sus parientes están vivos y permanecen todavía en prisión”.
Las mujeres sufrían discriminación en la ley y en la práctica, así como altos niveles de violencia, sobre todo en el ámbito familiar. Continuaron en vigor leyes que asignaban a la mujer una condición inferior a la del hombre, en especial la Ley de la Condición Personal, que regulaba el matrimonio y su disolución, la herencia y otros asuntos. Los usos sociales reforzaban esta discriminación.
Las mujeres y las niñas no estaban protegidas adecuadamente frente a la violencia intrafamiliar. El Código Penal prescribía penas más leves de lo normal por asesinato y otros delitos violentos cometidos contra mujeres si se consideraba circunstancia atenuante la defensa del “honor” de la familia. Según los informes, al menos 16 mujeres, 2 hombres y 4 menores de 18 años fueron víctimas de homicidios en nombre del “honor”. Un estudio conjunto del gobierno y el Fondo de Población de la ONU, hecho público en noviembre, reveló que una de cada tres mujeres sufría violencia intrafamiliar en Siria. Se tuvo noticia de que el gobierno estaba estudiando crear dos nuevas instituciones, la Unidad Nacional de Protección de la Familia y el Observatorio Nacional de Violencia Doméstica.
ArribaLa minoría kurda, que constituía hasta el 10 por ciento de la población y vivía en su mayor parte en el noreste del país, continuó sufriendo discriminación por motivo de su identidad, incluidas restricciones al uso de su lengua y cultura. Decenas de miles de sus miembros eran en la práctica apátridas, lo que restringía aún más su acceso a los derechos sociales y económicos.
Siria continuó albergando a centenares de miles de refugiados iraquíes, que tenían acceso a su sistema educativo y de salud, pero seguían privados del derecho al trabajo.
El 1 de febrero, las autoridades y los organismos de la ONU cerraron de forma permanente el desolado campo de Al Tanf, en la frontera entre Siria e Irak, que había acogido a refugiados palestinos residentes en Irak desde hacía mucho tiempo. De los 1.300 palestinos que habían llegado a vivir en el campo, se había reasentado a unos 1.000 en terceros países y trasladado temporalmente a los demás al campo de Al Hol, en el noreste de Siria.
ArribaSiguieron imponiéndose penas de muerte y se ejecutó al menos a 17 personas, aunque posiblemente la cifra real fuera mucho más alta. Las autoridades rara vez informaban sobre las ejecuciones.
Siria fue uno de los pocos Estados que en diciembre votaron en contra de una resolución de la Asamblea General de la ONU en la que se pedía una moratoria de las ejecuciones en todo el mundo.
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