Las salvaguardias contra la tortura consagradas en el derecho nacional no siempre se respetaron. La libertad de expresión continuó sujeta a restricciones. Las autoridades no aplicaron medidas efectivas para prevenir y combatir judicialmente la violencia contra las mujeres y proteger a las sobrevivientes.
Las fuerzas policiales y de seguridad continuaron recurriendo a la tortura y otros malos tratos con impunidad casi absoluta a pesar de que se había reformado la legislación en 2010. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos dictó medidas urgentes para impedir la extradición de un hombre a Tayikistán debido a que persistía la tortura allí. Al final del año, el gobierno anunció su intención de modificar el Código Penal y añadir una definición de tortura, de conformidad con el derecho internacional.
Según informaron grupos de derechos humanos internacionales y tayikos, siguieron entablándose causas civiles y penales contra periodistas y medios de comunicación independientes por criticar al gobierno o a funcionarios del Estado.
La violencia contra las mujeres seguía siendo un problema grave. Uno de los principales factores que contribuían a los elevados índices de violencia en el ámbito familiar era que el Estado no adoptaba medidas adecuadas para evitar el matrimonio precoz, que era ilegal. El 1 de enero se elevó por decreto presidencial de 17 a 18 años la edad mínima necesaria para contraer matrimonio. No obstante, continuaron siendo insuficientes los servicios para proteger a las sobrevivientes de violencia intrafamiliar, como casas refugio y viviendas alternativas adecuadas y seguras. En otoño se presentó al Parlamento un proyecto de ley sobre “protección social y jurídica frente a la violencia intrafamiliar”, en proceso de elaboración desde hacía varios años. Al final del año no se había sometido a debate ni a votación.
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