Continuaba sometida a restricciones la libertad de expresión, asociación, religión y circulación. Decenas de personas a las que se había encarcelado tras juicios sin las debidas garantías continuaban en prisión, muchas de ellas en régimen de incomunicación. Al menos ocho objetores de conciencia cumplían penas de cárcel.
Las autoridades continuaron reprimiendo la disidencia. Los periodistas que trabajaban con medios de comunicación extranjeros conocidos por publicar críticas a las autoridades sufrían acoso e intimidación. Los activistas de la sociedad civil independientes no podían actuar abiertamente en Turkmenistán. Aumentó el temor por la seguridad de los disidentes después de que el presidente Berdimujamédov pidiese en septiembre al Ministerio de Seguridad Nacional que combatiese a quienes, según el sitio web del gobierno, “difaman a nuestro Estado laico y democrático basado en el derecho y tratan de destruir la unidad y la solidaridad de nuestra sociedad”.
Se controlaban estrictamente las actividades religiosas. En un informe presentado en enero al Comité de Derechos Humanos de la ONU, Turkmenistán declaró: “Se prohíben las actividades de las organizaciones religiosas que no están registradas”. Se continuaba denegando el registro, a menudo sin ofrecer ninguna explicación, a muchas minorías religiosas, lo que las hacía más vulnerables a las redadas y otros actos de acoso de las autoridades.
Continuaba siendo delito negarse a cumplir el servicio militar. Al menos ocho testigos de Jehová cumplían penas de prisión por objeción de conciencia, y a tres más les habían impuesto condenas condicionales.
Las autoridades seguían ocultando información sobre el paradero de decenas de personas detenidas y condenadas en relación con la presunta tentativa de asesinato del ex presidente Saparmurad Niyazov en 2002. Seguían sin respuesta los llamamientos a las autoridades para que hicieran pública la información sobre las personas que habían muerto bajo custodia.
ArribaEn muchos casos se impidió a disidentes y a personas que profesaban alguna religión viajar a otros países, en virtud de una “lista negra”.
A partir de julio, las autoridades no dejaron salir de Turkmenistán a decenas de personas con doble nacionalidad. Las obligaban a entregar uno de los pasaportes y solicitar un visado de salida si decidían conservar la nacionalidad turcomana. El intento de revocar la nacionalidad sin seguir un procedimiento judicial adecuado y sin que existiese la posibilidad de recurrir o solicitar que un tribunal independiente revisara la decisión podía constituir una violación del derecho humano a no ser privado de forma arbitraria de la nacionalidad.
El sistema de propiska (registro del lugar de residencia permanente) continuaba restringiendo el derecho a circular libremente por Turkmenistán y repercutía en el acceso a una vivienda, empleo, prestaciones sociales, asistencia médica y educación. La policía y los servicios de seguridad utilizaban la amenaza de retirar el registro para evitar que se interpusieran denuncias por malos tratos policiales.
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