Un agente de cambio

Salil Shetty, secretario general de Amnistía Internacional

El cambio no es ajeno a Amnistía Internacional. Como organización nacida para transformar el mundo, lo llevamos en la sangre. Es nuestro ADN.

Es de cambio de lo que ha tratado Amnistía Internacional desde el primer momento.

Cuando el abogado británico Peter Benenson puso en marcha la organización con un artículo en el periódico The Observer en 1961, surgió la idea de que, unida solidariamente, la gente corriente podía trabajar en favor de la justicia y la libertad.

Fue un momento de gran estímulo en la búsqueda de justicia social.

La idea dio origen no sólo a un movimiento extraordinario, sino también a extraordinarios cambios sociales. El mundo no había visto nunca nada igual. Ha transcurrido ya más de medio siglo y los derechos humanos han pasado de la periferia al centro de los asuntos mundiales.

Como destacado agente de cambio, Amnistía Internacional ha estado siempre lista para reaccionar y para evolucionar.

El artículo de Benenson en The Observer, "Los presos olvidados", comenzaba con las palabras: "Abran el periódico cualquier día de la semana y encontrarán una noticia de algún lugar del mundo sobre alguien que ha sido detenido, torturado o ejecutado porque sus opiniones son inaceptables para su gobierno".

Fue una llamada a las armas para defender a los presos de conciencia, encarcelados simplemente por sus convicciones pacíficas, y a las víctimas de tortura. Los buzones de correos de los tiranos y los déspotas no tardaron en comenzar a llenarse de cartas de gente de todo el mundo que defendía en ellas los derechos de personas a quienes probablemente jamás conocería. Las conclusiones de las investigaciones de Amnistía Internacional empezaron en seguida a llamar la atención de los medios de comunicación de todo el mundo.

Por supuesto, la policía secreta, los torturadores y los escuadrones de la muerte –poco habituados a ser el foco de atención internacional y sometidos a una presión mundial implacable– trataron de ocultarse aún más.

Pero no había ningún sitio donde pudieran esconderse. Amnistía adaptaba constantemente su enfoque e iba siempre un paso por delante, aprovechando las oportunidades que brindaban las nuevas tecnologías. Aumentaron las visitas de investigación y su frecuencia, en búsqueda incesante de la verdad. A las cartas y llamadas telefónicas comenzaron a sumarse el télex, el fax, el correo electóonico y, más tarde, las redes sociales.

Amnistía Internacional tuvo que hacer adaptaciones más profundas aún, ampliando su cometido a medida que las tácticas de los gobiernos cambiaban y que aparecían cada vez más indicios de la relación entre las distintas violaciones de derechos humanos. Comenzamos a ocuparnos de la pena de muerte, y respondimos a las oleadas de "desapariciones".

Con el tiempo se hizo cada vez más evidente que la negación del derecho a los alimentos, la salud, la vivienda y la educación tenían que abordarse  por medio del acceso a la justicia también. Así que hoy día hacemos valer el espectro completo de derechos proclamados en la Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

Esta buena disposición para el cambio ha sido una de las mayores fortalezas de Amnistía Internacional. Ha dotado a nuestro movimiento de la capacidad de recuperación y la flexibilidad necesarias para evolucionar y adaptarse. El mundo no se ha quedado quieto durante los años turbulentos de finales del siglo XX y principios del XXI, y nosotros tampoco.

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