Los continuos enfrentamientos entre grupos armados maoístas y fuerzas de seguridad estatales se intensificaron en Chhattisgarh, Jharkhand y Bengala Occidental. Más de 350 personas murieron en atentados con explosivos cometidos en estos estados y en ataques de motivación política perpetrados en Assam y otros estados. Las protestas de poblaciones adivasis (indígenas) y otras comunidades marginadas contra los intentos de adquirir sus tierras y recursos naturales sin su consentimiento y sin una consulta adecuada provocaron la suspensión de proyectos empresariales clave. Las personas que defendían los derechos humanos en este ámbito sufrían agresiones de agentes estatales y no estatales, y en algunos casos se presentaron contra ellas cargos de motivación política, como sedición. Más de 100 personas, en su mayoría jóvenes, murieron en el valle de Cachemira durante protestas registradas entre junio y septiembre. La tortura y otros malos tratos, las ejecuciones extrajudiciales, las muertes bajo custodia y las detenciones administrativas continuaban estando muy extendidas. Los mecanismos institucionales destinados a proteger los derechos humanos y a sus defensores y defensoras seguían siendo débiles, y los procesos judiciales no garantizaban justicia a las numerosas víctimas de abusos y violaciones de derechos humanos cometidos en el pasado. Al menos 105 personas fueron condenadas a muerte, pero, por sexto año consecutivo, no se llevaron a cabo ejecuciones.
El rápido crecimiento económico de India se limitaba a núcleos urbanos y suburbanos clave; grandes zonas de la India rural seguían sumidas en la más absoluta pobreza, agravada por la crisis agrícola y por la creciente escasez de alimentos disponibles para las personas más desfavorecidas. Según cálculos oficiales, entre el 30 y el 50 por ciento de la población vivía en la pobreza; de este porcentaje, a las personas que vivían en zonas rurales se les garantizaba un empleo durante un mínimo de 100 días anuales, pero el salario que pagaban las autoridades seguía siendo inferior al salario mínimo nacional.
La visita a India del presidente de Estados Unidos Barack Obama subrayó la posición cada vez más destacada del país en el ámbito regional e internacional. Sin embargo, en general India antepuso los intereses económicos y estratégicos a las cuestiones de derechos humanos. Las autoridades indias no se manifestaron en contra de las graves violaciones de derechos humanos cometidas por sus homólogas en la vecina Myanmar, y guardaron silencio ante las peticiones de que el gobierno de Sri Lanka rindiese cuentas por las violaciones de derechos humanos cometidas al finalizar la guerra en el país, en 2009.
Las relaciones entre India y Pakistán continuaban siendo delicadas debido a que éste seguía sin abordar adecuadamente los atentados perpetrados en noviembre de 2008 en Bombay. También se vieron afectadas por el aumento de las protestas a favor de la independencia en la región de Cachemira, administrada por India.
ArribaSe intensificaron los enfrentamientos en Chhattisgarh entre grupos armados maoístas y fuerzas estatales respaldadas por la milicia Salwa Judum, que, según la opinión generalizada, contaba con el apoyo del estado. En noviembre, durante la vista ante el Tribunal Supremo de unas demandas por impunidad que se habían presentado, las autoridades del estado afirmaron que esta milicia ya no estaba activa. Sin embargo, organizaciones de derechos humanos sostenían que se había reorganizado como “fuerza de paz” local.
En las zonas adivasis de Jharkhand y Bengala Occidental se registraron enfrentamientos similares y atentados con explosivos. El objetivo habitual de ambos bandos era la población civil, fundamentalmente la adivasi, que denunció homicidios y secuestros. Sólo en Chhattisgarh continuaban desplazados internamente en torno a 30.000 adivasis; 10.000 de ellos vivían en campos y 20.000 estaban desperdigados por los estados vecinos de Andhra Pradesh y Orissa.
Ni las autoridades ni las empresas interesadas garantizaron una consulta adecuada con las comunidades locales marginadas afectadas por diversos proyectos empresariales mineros, de irrigación y de otros tipos, y tampoco protegieron sus derechos. En varios estados, la población adivasi y otras comunidades locales marginadas organizaron protestas –algunas con éxito– por el hecho de que las autoridades no hubieran respetado sus reivindicaciones, garantizadas por la Constitución y por legislación reciente, con respecto a tierras amenazadas por operaciones empresariales.
La policía hizo uso excesivo de la fuerza para reprimir protestas de comunidades locales contra desalojos forzosos y contra la adquisición de sus tierras para proyectos empresariales. Tampoco protegió a los manifestantes cuando milicias privadas, que, según informes, estaban aliadas con partidos políticos gobernantes, reprimieron las protestas violentamente. En la mayoría de estos casos, las autoridades no llevaron a cabo investigaciones imparciales a su debido tiempo.
Las reiteradas protestas obligaron a las autoridades a reconsiderar las leyes vigentes sobre adquisición de tierras. En septiembre, las autoridades federales propusieron nueva legislación para el sector extractivo, con disposiciones sobre participación de las comunidades locales en los beneficios y nuevas normativas para solicitar el consentimiento libre, previo e informado de los adivasis y para realizar consultas con otras comunidades marginadas. En el Parlamento estaba pendiente de aprobación nueva legislación que establecía mejoras en los procedimientos de adquisición de tierras y políticas de rehabilitación y reasentamiento.
ArribaLas personas que defendían el derecho a la tierra de los adivasis y de otras comunidades marginadas, en algunos casos recurriendo a legislación reciente de la que obtenían información para proteger sus derechos, continuaban sufriendo graves amenazas y agresiones por parte de milicias privadas.
Las personas que hacían campaña contra violaciones de derechos humanos eran víctimas de hostigamiento, intimidación y detención por cargos falsos o de motivación política.
La impunidad por abusos y violaciones de derechos humanos continuaba siendo generalizada. A pesar de las persistentes protestas organizadas en el noreste, las autoridades seguían mostrándose reacias a derogar la Ley de Facultades Especiales de las Fuerzas Armadas de 1958, que facilitaba la impunidad. Continuaban eludiendo la acción de la justicia los responsables de desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales y otras violaciones de derechos humanos cometidas en Punyab desde 1984 hasta 1994 y en Assam desde 1998 hasta 2001. Miembros de comunidades dalits de diversos estados sufrieron agresiones y discriminación. Las autoridades no aplicaron la legislación especial vigente, que se había promulgado para procesar a los responsables de estos actos violentos.
En septiembre, el Tribunal Supremo ordenó que continuase el juicio contra Sajjan Kumar, dirigente del Partido del Congreso. En abril, un tribunal de Delhi sobreseyó las actuaciones contra Jagdish Tytler, otro ex dirigente del Partido del Congreso. Los dos hombres habían sido acusados de incitar a sus seguidores a cometer la matanza de Delhi, en la que murieron centenares de sijs, tras el asesinato en 1984 de la entonces primera ministra Indira Gandhi.
Apenas avanzaron las causas contra algunos de los responsables de los ataques perpetrados contra minorías musulmanas en Gujarat en 2002, en los que murieron en torno a 2.000 personas. Los procesos se vieron empañados por la actitud abiertamente hostil de las autoridades hacia los testigos, la negativa de los organismos encargados de la investigación a analizar indicios cruciales –como grabaciones telefónicas oficiales– y la destrucción de pruebas que relacionaban a dirigentes políticos clave con la violencia.
Continuaba reinando la impunidad por violaciones de derechos humanos cometidas en el pasado en Cachemira, como la desaparición forzada de miles de personas durante el conflicto armado mantenido allí desde 1989. Los progresos de las investigaciones oficiales sobre algunas de las violaciones de derechos humanos fueron escasos o nulos.
Las autoridades recurrieron de modo generalizado a la detención administrativa, y entre junio y septiembre detuvieron a 322 personas. Después de las protestas, las autoridades dejaron en libertad a dos líderes separatistas, Shabir Shah y Mohammad Nayeem Khan, basándose en las recomendaciones formuladas por un equipo de interlocutores designado por el gobierno que visitó el valle.
Información revelada hacía poco por la Comisión Nacional de Derechos Humanos sobre personas muertas en enfrentamientos con la policía desde 1993 hasta 2008 mostró que, de las 2.560 muertes denunciadas, 1.224 se habían producido en “falsos enfrentamientos”, dando a entender que se trataba de ejecuciones extrajudiciales. Al finalizar el año, la Comisión Nacional de Derechos Humanos había concedido una indemnización a los familiares de 16 víctimas. Era sumamente raro que se condenase a los responsables de ejecuciones extrajudiciales, y los procedimientos por estos casos seguían siendo lentos.
Más de 100 personas fueron detenidas sin cargos, durante periodos que oscilaron entre una semana y un mes, en relación con atentados con explosivos perpetrados en diversos estados, como Delhi, Uttar Pradesh y Rajastán. Los informes de tortura y otros malos tratos infligidos a personas detenidas provocaron protestas de organizaciones musulmanas e hindúes. Se recurrió a la legislación sobre seguridad, endurecida tras los atentados perpetrados en noviembre de 2008 en Bombay, para detener a personas sospechosas. A pesar de que continuaron las protestas, las autoridades se negaron a derogar la Ley de Facultades Especiales de las Fuerzas Armadas, de 1958, que, en determinados estados o zonas, otorgaba a las fuerzas armadas autoridad para disparar a matar en circunstancias que no implicaban necesariamente un riesgo inminente.
ArribaEn diciembre, India votó en contra de una resolución de la Asamblea General de la ONU que pedía una moratoria mundial de las ejecuciones. Había al menos 105 hombres condenados a muerte; entre ellos se encontraba Ajmal Kasab, único paquistaní superviviente acusado de participar en los atentados de Bombay de 2008. Sin embargo, por sexto año consecutivo, no se llevaron a cabo ejecuciones, y la condena a muerte de 13 personas se conmutó por cadena perpetua. La reforma de la legislación amplió la aplicación de la pena de muerte a los secuestradores aéreos. En virtud de la nueva legislación, 16 estados publicaron cifras sobre personas en espera de ejecución, pero al menos otros 5 se negaron a hacerlo.
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